Un héroe en el infierno: las lágrimas del paraguayo Óscar Cardozo

El delantero guaraní lloró desconsoladamente tras la eliminación de su país de la Copa del Mundo. Ni sus compañeros ni los españoles lograron calmarlo

Sábado 03 de julio de 2010 - 06:01 pm
Imagen

Johannesburgo (DPA). El futbolista Óscar Cardozo, héroe en la clasificación de Paraguay a los cuartos de final de Sudáfrica 2010, cayó hoy al infierno, al errar un penal que pudo dejar a su país besando la página más grande de su historia deportiva.

El delantero tuvo la gloria a los 58’ desde los 11 metros, pero la atajada del español Iker Casillas lo obligó a dejar la cancha del Ellis Park llorando, inconsolable.

Caminó sin rumbo por el césped de Johannesburgo, aceptando de mala gana el consuelo de sus compañeros y de los rivales, que a la postre vencieron 1-0 en el epílogo y accedieron a semifinales.

Avergonzado, tapó su cara con la camiseta. Lloró sin fin, se le doblaron las piernas.

Pero no era el único. Tampoco contenían las lágrimas Nelson Haedo Valdez, Edgar Benítez y Cristian Riveros, los hombres que pusieron a Paraguay al borde del cielo.

Cardozo, resistido en su país por no convertir en la selección los goles que hace en el Benfica de Portugal, venía de marcar el gol con que Paraguay derrotó a Japón (5-3) en la serie de penales.

“Le sobra garra”, dijo el técnico de los paraguayos, el argentino Gerardo Martino, después de ese partido.

TODO SE DERRUMBÓ
Y este sábado parecía que todo caminaba igual. Gerard Piqué le cometió una falta en el área y Cardozo pidió el balón, sin saber que la tragedia lo aguardaba.

Tiro débil y anunciado, Casillas ataja y en el contragolpe España consiguió otro penal, que tras doble tiro falló también Xabi Alonso.

Esos segundos fueron interminables para Cardozo que vio la opción española en cuclillas, sin fuerzas.

Martino optó por dejarlo en el campo, pero Cardozo nunca más fue el mismo. No corría, no marcaba, no creaba peligro, estaba al borde del llanto.

El gol de David Villa los 82’ fue la sentencia final. La vida para Cardozo dejó una herida, de esas que no sanan.