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27 de mayo del 2012 | 18 °C
El prestigioso economista venezolano conversó con El Comercio sobre la crisis financiera, la globalización y los efectos de una sobre la otra
Por Juan Zegarra/Luis Davelouis
En una época en que el mundo avanza y se detiene al ritmo de las noticias de todos los días, Moisés Naím, editor en jefe de la prestigiosa revista “Foreign Policy” desde hace diez años y reconocido columnista internacional, comparte con nosotros una visión panorámica, y por ello distinta, de la situación actual. No es un gurú ni un profeta. Es un intérprete que saca conclusiones.
¿Qué nos ha revelado la crisis financiera actual? ¿Que no funciona el modelo?
Reveló que había creencias equivocadas, una profunda crisis intelectual en el mundo de la economía y las finanzas, así como una gran debilidad en la capacidad de regulación financiera. Reveló también cuán conectado está el mundo y demostró que nadie saldrá ileso.
No se pudo prever…
Todo el mundo anticipaba una crisis, pero ni los más acertados anticiparon que sería de estas proporciones.
¿Cómo quedará el mundo tras la crisis? ¿Quiénes pagarán la mayor parte de la factura?
No olvidemos que aún estamos en medio de la crisis y que no conocemos el desenlace. Hay señales de que el mundo será otro, pero no profundamente distinto.
¿Cómo distinto?
La regulación financiera global será mucho más potente, los grandes márgenes de utilidades que obtenían las instituciones financieras pasarán a quienes tengan la oportunidad de intermediar el enorme gasto público que se está inyectando en la economía, es decir, los empresarios que entiendan cómo aprovechar al máximo las nuevas actividades empresariales y financieras del Estado y cómo usufructuar de ellas. Que el sistema financiero esté más regulado no quiere decir que no haya quienes tengan los conocimientos, la tecnología y el capital para seguir haciendo negocios. Los márgenes están en donde está el dinero y el dinero ahora está en los gobiernos.
¿Qué es lo que dispara la crisis?
Son cuatro elementos en realidad. La innovación financiera, la innovación tecnológica, la desregulación en materia financiera y el proceso de globalización. La innovación financiera empieza en la década de 1990 como resultado del proceso de desregulación en EE.UU. Todos esos instrumentos financieros derivados que se compraban y vendían sin que nadie los entendiera del todo, ni el riesgo que representaban. También la innovación tecnológica, que permitía, por primera vez, mover inmensas cantidades de dinero a través del mundo a la velocidad de la luz. Cuando se ponen esas cuatro cosas juntas y se mezclan, la velocidad a la que va el mundo financiero aumenta y se dispara mucho más allá de la capacidad y jurisdicción de los reguladores en cada país.
Pero debió haber señales que permitieran prever todo esto.
Si las hubo, no fueron leídas, y por eso aquí hay un gran fracaso de la economía como ciencia. Una ciencia hubiera sido capaz de leer las señales y transformarlas en políticas públicas.
Usted dice que, en esencia, la manera en que se han venido manejando las cosas no cambiará...
Cambiará muchísimo. Hoy un banco no puede hacer muchas de las cosas que solía hacer ni puede tomar ciertos riesgos porque hay muchos controles y regulaciones con los que debe cumplir. Una de las grandes víctimas de la crisis es, por ello mismo, la competencia.
Por el proceso de consolidación y concentración del sistema…
Que los gobiernos intervengan en los bancos ha creado un fuerte proteccionismo financiero como subproducto de su salvataje. Por ejemplo, los bancos canadienses no sufrieron mucho por la crisis, pero en este momento esos bancos tienen que competir con bancos en los que otros estados debieron intervenir y, por eso, tienen costos de capital muy bajos. ¿Cómo compites con un banco a cuyos depositantes el Estado les dice “yo garantizo todos sus depósitos” y tú eres un banco extranjero? ¿Cómo entras en un nuevo mercado? Se van a congelar muchas de las estructuras de competencia.
¿No es esto una zancadilla para el capitalismo, basado precisamente en la competencia?
Absolutamente. Hay tres grandes víctimas de esta crisis: la competencia, la clase media y la estabilidad política. Ya mencioné la competencia. Otra es la clase media. Uno de los cambios más notables fue la inmensa expansión, sin precedentes en la historia, de la clase media en el ámbito mundial. Hablamos de una nueva clase media en India, China, Brasil o el Perú, gente que hasta hace poco vivía por debajo de los linderos de la pobreza y que ahora ya tiene capacidad de consumo, ya puede comer tres veces al día y tiene acceso a ciertos productos y a la salud. El crecimiento de esa clase media ha sido fuertemente golpeado por la crisis, y por eso ahora vislumbran la posibilidad de volver a la pobreza. Por eso, esta clase es políticamente mucho más explosiva que la de los pobres, que siempre han sido tales y que siempre han sido golpeados por las crisis.
¿Más revolucionaria?
Si ya lograste el sueño de que tu hijo pueda comer tres veces al día para siempre, la posibilidad de volver a la situación en que eso no es así te desespera mucho más que si nunca alcanzaste el sueño. Tener bajos estándares de vida es siempre un caldero social. Pero ese caldero se amplifica enormemente cuando esos estándares de vida disminuyen. Eso me lleva a mi tercera víctima, que es la estabilidad política.
¿Afectaría a la democracia?
No lo hemos visto aún. Hemos visto caer, contra todo pronóstico, diez gobiernos en Europa como resultado de la crisis, pero en América Latina solo el de Honduras y no por la crisis. Eso es una sorpresa en medio de todo, no lo hubiéramos apostado.
¿Hemos progresado socialmente o la crisis nos tomó con la billetera llena y las cuentas en orden nos salvaron de un terremoto social?
América Latina ha podido capear esta crisis mucho mejor que otras del pasado gracias a que el contagio ha sido menor que otras veces, pero también porque tiene las cuentas más ordenadas. Pero tenerlas ordenadas no es casualidad, supone instituciones y políticas que hacen que la gente haya tomado previsiones. Eso no quiere decir que no nos haya impactado, pero lo ha hecho de distintas maneras según el país y sus características. A Argentina le afecta más que al Perú, por ejemplo, porque ya antes venía mucho más desconectada del sistema financiero internacional.
Sin embargo, el debate entre izquierda y derecha continúa…
Hoy el tema de América Latina ya no es izquierda y derecha, es autoritarismo y democracia, esa es la verdadera división. Porque yo puedo encontrar en el Brasil de Lula elementos de izquierda mucho más fuertes que los que encuentro en Venezuela, donde hay una concentración de la riqueza extraordinaria entre aquellos cercanos al régimen, hay una explosión de capitalismo…
Estatal…
¡No! Personal, porque quienes se están haciendo más ricos son aquellos vinculados al régimen que se logran colocar cerca de ese gasto público financiado por el Estado. O sea que no se trata de derecha e izquierda. Chávez tiene el mejor TLC del mundo: ingreso libre de petróleo a EE.UU., a la vez que importa todo de ese país. Se puede hacer una descripción de la Venezuela de Chávez que corresponde a la descripción de un real capitalismo salvaje y feroz impuesto por el gobierno. Eso no es izquierda. Y, por otro lado, puedo encontrar en el Brasil de Lula o en el Chile de Bachelet elementos de izquierda muy interesantes que están funcionando, elementos progresistas. Decir qué es izquierda y derecha en la región confunde la conversación, lo importante es qué gobiernos respetan la Constitución y cuáles no. Y respetar la democracia no es lo que ocurre el día de las elecciones, sino lo que ocurre en los años a partir de esas elecciones.
¿Y en el Perú?
He quedado sorprendido de lo que ha hecho el Perú para enfrentar la crisis. Cuando vine a la CADE el año pasado, me fui con la impresión, por conversaciones sostenidas en el peor momento de la crisis, de que había cierta complacencia y sentí que los peruanos no estaban entendiendo lo duro que iba a ser el impacto. Pero lo hizo muy bien. Yo tengo optimismo con el Perú, pero eso no quiere decir que no haya muchos problemas, tareas pendientes y riesgos sociales por los millones de personas que no se están beneficiando de la situación y que siguen viviendo en una pobreza inaceptable. La lista de cosas pendientes es conocida.
LA FICHA
Nombre: Moisés Naím.
Edad: 52 años.
Profesión: Economista.
Cargo: Editor jefe de la revista de economía y política internacional “Foreign Policy”.
Cargos anteriores: Fue ministro de Fomento (Industria y Comercio) de Venezuela a inicios de la década de 1990, director ejecutivo del Banco Mundial, miembro del Consejo Internacional de Medios del Foro Económico Mundial y director de los programas sobre reformas económicas.