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EL CAMPEÓN DE CHINCHA

Gloria y caída del gran Mauro Mina

Por David Hidalgo Vega

Los amantes del combate reglamentado no van a superar jamás la nostalgia por el único rey mago de los guantes nacido en esta tierra. Mauro Mina, 'El Expreso de Chincha', cinceló a combazos una de las mayores autobiografías de la superación popular: la del hombre que nació en un relegado distrito afroperuano del sur y con talento --y una dieta que, según el mito, en algún momento incluyó un vaso diario de sangre de vaca-- olfateó la gloria en los atrios pontificios del boxeo mundial. La hazaña tuvo el ingrediente de haberse materializado casi siempre sobre pómulos extranjeros, porque desde el inicio quedó claro que no tenía adversario local para contenerlo. De modo que a su condición de error estadístico hubo que agregarle la de héroe emocional. Habitó entre nosotros y todavía reina, parecen decir sus feligreses.

El camino de partir orgullos vecinos, con pocas derrotas intermedias, lo llevó a la corona sudamericana en 1960. Mina había vencido a rivales argentinos, chilenos, pero también a un antillano, un uruguayo, un holandés, algunos norteamericanos. Adversarios con récords impecables conocían la derrota por sus guantes, hombres rankeados a nivel mundial cayeron por sus golpes. La rentabilidad de sus músculos estimulaba a la afición nacional en octubre de 1962, cuando empezó su camino mitológico. Mina tenía la mira puesta en los cuadriláteros mayores del box, pero antes debía vencer a uno de sus arcángeles: Eddie Cotton, número uno del ránking mundial, un tipo cuyo único defecto, según cronistas de la época, era ser "demasiado bueno".

BATALLAS CRUCIALES
El titular de El Comercio adelantaba la angustia: "Mauro Mina frente a Cotton tiene la pelea más difícil de su carrera". Esa noche, el chinchano le faltó el respeto a la experiencia. El combate fue parejo, pero hacia el noveno round Mina sorprendió con un ataque feroz. "Cotton sangraba a consecuencia de los golpes", narró el cronista de este Diario.

Fue el pase libre al olimpo. Un mes después, Mina viajó a Nueva York para enfrentar a Henry Hank, su penúltima valla antes de pelear la corona. La pelea fue pactada para la noche del 24 de noviembre. Era el debut del héroe peruano en el Madison Square Garden. La expectativa era tremenda. Dos representantes del sindicato de apuestas vieron un entrenamiento de Mina y lo pusieron a favor por ocho a cinco. El legendario campeón mundial Jack Dempsey le invitó la primera tajada de su pavo de acción de gracias. "Todos los informes que tengo sobre este muchacho peruano son buenos y me dicen que probablemente hará sensación en los rings norteamericanos", dijo. Era palabra de ganador.

La pelea fue difícil. Hank dominó los dos primeros rounds, como quien hace respetar la casa. Mina se tomó hasta el quinto para despertar. Entonces se impuso "tanto en la pelea a distancia como en el cuerpo a cuerpo". Hacia el décimo y último round, Mina tuvo un fogonazo de furia y durante 30 segundos zamaqueó a su antojo al estadounidense, que solo aguantaba para no caer. Dos jueces dieron la victoria a Mauro Mina y uno a Henry Hank. "Cuando se conoció la decisión, la multitud irrumpió en gritos en favor del peruano".

Quedaba un solo peldaño a la gloria. Un último esfuerzo para el guerrero del sur, el combate que le daría derecho a disputar la corona con el campeón de los semipesados de entonces, Willie Pastrano. Ese peldaño se llamaba Allen Thomas. "Es un buen boxeador, pero Mauro se adapta bien a las circunstancias", declaró el mánager de Mina, Óscar Terán. Un año después de su hazaña, el chinchano regresaba a la metrópoli del box con 50 victorias en 54 encuentros. "Está en perfectas condiciones físicas", dijo Terán. Si alguna frase desgraciada podía decir, esa fue la peor.

Tres días antes de la pelea, pactada para el 23 de noviembre de 1963, la comisión médica que le realizó los chequeos de ley detectó que Mina había sido operado de la retina del ojo izquierdo. El descubrimiento motivó la cancelación inmediata del permiso que tenía para pelear con Thomas. Fue un escándalo. El mánager había ocultado la intervención. Entonces reaparecieron las sospechas surgidas tras una serie de malestares que aquejaron al boxeador meses antes. Hubo lamentos y críticas. "Ha habido engaño y en consecuencia debe haber un responsable, que no es Mina", señaló un editorial de El Comercio.

El Comité Nacional del Deporte contrató al doctor Ramón Castroviejo, el oftalmólogo más famoso del mundo, para evaluar al campeón. Su veredicto fue positivo, pero la oportunidad de Mina ya había sido tomada por otro retador. Los conocedores dicen que esa fue la gran ocasión perdida. Y no hubo otra. Mina se retiró dos años después. Con la gloria incompleta para lo que merecía. En el ocaso de su carrera el antiguo ídolo Sonny Liston acuñó un lamento que merece bronce: "Algún día se escribirá el blues de los boxeadores: será para guitarra lenta, trompeta suave y una campana". Mina tuvo el suyo, que todavía suena.

Últimas noticias del pasado
4Jueves, 18 de octubre de 1962.El campeón peruano vence al rankeado Eddie Cotton y confirma su viaje a Nueva York.
4Miércoles, 20 de noviembre de 1963. El anuncio de la lesión conmociona a los aficionados. La foto de portada es elocuente.

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