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HISTÓRICA

La caída del muro de Berlín

Por Miguel Ángel Cárdenas M.

Se llamaba República Democrática Alemana (RDA) y la palabra 'democrática' era un sarcasmo histórico. Su instauración empezó después de la Segunda Guerra Mundial cuando, derrotado el nazismo, Berlín fue dividido por las cuatro potencias triunfadoras. En 1949 las tres zonas occidentales que quedaron bajo el amparo de Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos dieron origen a la República Federal Alemana (RFA). El choque de sistemas con el lado soviético de la RDA consolidó la separación política y militar; y comenzaron las barreras que serían infranqueables desde los años 60.

El Muro de Berlín se empezó a levantar la noche del domingo 13 de agosto de 1961 cuando 40 mil soldados y policías del lado este instalaron las primeras alambradas y cemento en 169 kilómetros. Los líderes políticos reaccionaron con cautela. John Kennedy dijo: "Una solución poco elegante, aunque mil veces preferible a la guerra". Y el primer ministro británico, Harold Macmillan, declaró: "Alemania del Este detiene el flujo de refugiados y se atrinchera tras un grueso telón de acero. No se trata de nada ilegal".

HISTORIA DE LIBERACIÓN
El muro se construyó para frenar la huida no solo de alemanes --sino de polacos y checos, en su mayoría profesionales-- del bando oriental; porque desde 1949 habían fugado tres millones de personas por ahí. El argumento oficial para su construcción era frenar "la inmigración, la infiltración, el espionaje, el sabotaje, el contrabando, las ventas y la agresión de los occidentales".

En sus primeros años hubo asesinatos dramáticos cuando los berlineses orientales intentaron burlar las 300 torres de vigía con campos minados --en los que se desgarraron 33 personas--, los 252 caminos para perros, el bastión de 52 búnkeres y los entrenados soldados que eran premiados si evitaban las fugas. El 17 de agosto de 1962 el mundo presenció la muerte de la primera víctima del oprobioso muro.

El obrero de construcción Peter Fechter fue baleado y murió desangrado ante la vista e impaciencia de los espectadores del oeste cuando intentó escapar junto con su compañero Helmut Kulbeik, quien sí logró cruzar. Pero fue de película lo que ocurrió entre el 3, 4 y 5 de octubre de 1964 cuando lograron huir 57 personas a través de un túnel --que tuvo una extensión de 145 metros-- cavado por alemanes occidentales.

El Muro de Berlín, por esto, se convirtió en un símbolo de la Guerra Fría. Y más aun su caída: uno de los hechos más importantes y significativos de la historia del siglo XX y de la humanidad; que representa el derrumbe de una utopía ideológica dictatorial.

En los años 80, las reformas planteadas en la Unión Soviética por Mijaíl Gorbachov fueron un acicate para la insatisfacción de la población de alemanes orientales que fue perdiendo el miedo. El viernes 3 de noviembre de 1989 más de 50 mil alemanes orientales tomaron las calles para exigir reformas democráticas. En Leipzig, donde las protestas se concentraron todos los lunes durante seis decisivas semanas, renunció el alcalde luego de que 300.000 manifestantes se lo exigieran. El gobierno comunista no resistía el descontento popular de un mundo que cambiaba de rumbo, en un año que lo carcomió: 167.000 personas habían logrado escapar hacia el Occidente y la rabia era incontenible.

El 4 de noviembre miles huyeron a Praga cuando inesperadamente el gobierno abrió la frontera con Checoslovaquia.

Pese a que una semana antes había afirmado en Moscú que el muro contribuía a mantener la paz en Europa y protegía a Alemania Oriental de un "saqueo capitalista", el presidente Egon Krenz --quien había reemplazado desde el 18 de octubre al antiguo dictador Erich Honecker-- hacía llamados para que permanecieran en el país y tuvieran fe en las reformas.

Serían palabras vanas antes de ser devorado por el ciclón liberador. Ese 4 de noviembre fue el acabose simbólico para el régimen: tuvo que autorizar una marcha de protesta --la más grande en tres décadas-- en la que un millón de personas en la plaza Alexander de Berlín Oriental demandaron la democratización y legalización de los grupos de la oposición para que se convocaran a elecciones multipartidarias. El régimen había perdido la batalla de las imágenes, la debacle política era cuestión de días: la represión ya no era un factor disuasivo.

El 8 de noviembre, por fin, la situación fue terminal: los miembros más viejos y de línea más dura del Politburó del Partido Comunista, el máximo órgano de decisión política, renunciaron en pleno. Fue un día en que las manifestaciones de decenas de miles de personas eran perennes, en una sola madrugada habían huido 11.126 alemanes orientales a Baviera, vía Checoslovaquia, y el canciller de la Alemania Occidental, Helmut Kohl, ofrecía una millonaria ayuda financiera si el gobierno abandonaba el monopolio del poder.

Y la noche del 9 de noviembre ocurrió lo más pensado; según informó El Comercio, el júbilo fue incontenible: "La radio germano-democrática informó que a partir de hoy viernes (10 de noviembre) Alemania Democrática comenzará a otorgar visas para detener el cruce sin control a través del Muro de Berlín. Miles de berlineses del Este... provistos de botellas de champán saltaron el muro en ambas direcciones... En pocos momentos por encima de la pared se levantó un muro humano, formado fundamentalmente por jóvenes que gesticulaban con los brazos y gritaban: 'El muro se cayó'".

La algarabía era increíble, hasta un policía fronterizo que estaba entrenado para reprimir balbuceaba: "La gente, cuando lea esto en los diarios, va a decir: debe haber algún error". Esto era en la noche, pero fue en la madrugada del 10 que la euforia se tornó desenfrenada. Los alemanes orientales en masa derriban las rejas de acero y trepaban el muro, y el lugar se convirtió en una "gran verbena popular".

Inmediatamente George Bush padre y Margaret Thatcher calificaron esa noche-madrugada como "un gran acontecimiento para la libertad", y el presidente francés, Francois Mitterrand, también: "Estamos saliendo de una era... un progreso en dirección a la libertad que tendrá un efecto contagioso y continuará".

Solo el 11 de noviembre un millón de personas cruzaron el muro a ambos lados, tanto que de golpe Berlín Occidental se vio rebasado (con un 25% más de población).

La demanda de noticias de un país otrora enclaustrado hacía que los periodistas informaran hasta en los más mínimos detalles, que serían metáforas de la podredumbre también moral: "Los miles de maltrechos automóviles Trabant y Wartburg de Alemania Democrática despedían los desagradables olores de la gasolina de bajo octanaje".

Y las fotos se harían célebres: familias enteras con herramientas de todo tipo (martillos, picos) se llevaban trozos de recuerdo mientras bailaban, cantaban y rompían botellas de licor.

El éxtasis se complementaba con las más complejas contradicciones en este reencuentro de dos mundos que eran uno solo: "Muchos de los visitantes del Estado alemán comunista, impulsados por los asombrosos acontecimientos surgidos en las últimas tres semanas, paseaban por el barrio comercial Kurfuerstendamm, donde recibían los 100 marcos (55 dólares) que se les obsequiaba para que los gastaran en compras durante una jornada, como consumidores al estilo occidental".

Se haría connotada la fotografía del violonchelista Mstislav Rostropovitch, exiliado del Este, en las orillas del muro animando musicalmente a quienes lo derribaban. La historia estaba echada: el 3 octubre de 1990 la antigua Alemania del Este se incorporaba a la Alemania Federal del oeste y dejaba de usar con acrimonia la palabra democracia.

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