Reportaje gráfico ESTAFA AL PASO
Un prodigio rigurosamente documentado en pleno Centro de Lima: un mendigo lisiado recupera el pleno uso de sus facultades luego de recaudar 65 soles
Por Iván Herrera, Luis Choy
El mendigo llega casi todos los días durante la mañana, elige algún punto del jirón Andahuaylas y aguarda a que los transeúntes se apiaden de su condición, porque uno nunca está libre y que Dios lo bendiga. El mendigo es de baja estatura, apenas supera el metro sesenta y acostumbra vestirse de verde y usar gorro. Pero si algo resalta en su imagen, aunque decirlo sea políticamente incorrecto, son las gruesas muletas de madera que le sirven de sostén.
No le va mal al mendigo. A un paso del Mercado Central y a otro de las galerías de Mesa Redonda, el flujo de peatones garantiza el chorreo económico. Nuevamente el márketing demuestra su poder: todo es cuestión de saber ubicarse, de encontrar un nicho en el mercado, de asegurarse de que el público nos vea, de apuntar con el gesto preciso a la necesidad ajena de huir de la tristeza.
--¿Cuánto has sacado hoy?
--Sesenta y cinco soles.
El diálogo ha tenido lugar cerca de la avenida Abancay. Hasta allí se ha dirigido el mendigo al término de su jornada presuntamente para tomar el bus. El tipo es conocido en la zona. Un policía que ronda las inmediaciones de la calle Capón le habló de él a Luis Choy, fotógrafo del Diario, que decidió acompañar, durante tres días, su 'jornada laboral'.
Así pudo constatar, por ejemplo, que si llega a media mañana probablemente se esté retirando a las tres de la tarde y que los días en que al policía le toca vigilar esa marchita porción de Lima buscará otro emplazamiento. A veces se aleja con sus muletas en dirección del Congreso, donde tantos otros viven pidiendo, y entra en una tienda en la que venden lana a contar sus monedas y a cambiarlas por billetes.
Si uno tiene paciencia, verá que se opera en él aquella transformación que espera el Perú, que jura ser un mendigo sentado en un banco de oro: dejará sus muletas, aprenderá a caminar por sus propios medios. El fotógrafo lo perdió de vista por un instante, y cuando reapareció, oh ciudad de taumaturgos, el cambio se había producido. El tarro en el que recibía donativos y las muletas quedaron guardadas, hasta otro momento, detrás de un discreto portón a espaldas del Parlamento.
¿Hacia dónde lo habrán llevado sus zapatillas de lona, en esta ciudad donde muchos apelan a la generosidad que nos queda en las esquinas, sobre los puentes, al interior de micros? ¿Cuántas recetas que nos muestran presuntos padres de niños hospitalizados en el María Auxiliadora serán fruto de esa manía de copiar hasta las desgracias, que cuando son auténticas son siempre irrepetibles? Difícil decirlo. A nuestro mendigo poco le importa malograrle la plaza a sus colegas. Él se aleja. Dicen que por la tarde juega fulbito en Barrios Altos.