CRÓNICA: Buenos Muchachos

Los futuros guardianes del patrimonio

En 1992 abrió sus puertas la Escuela Taller Cusco, una entidad que ha preparado a unos 400 jóvenes en oficios que tienen que ver directamente con la preservación de obras de arte

Por Renzo Guerrero de Luna

En esta escuela no existen los paros. Tampoco altos índices de deserción. Al contrario, todos los días setenta jóvenes muchos llegan ávidos hasta sus aulas para aprender. Ellos son la octava promoción de la Escuela Taller Cusco, una institución sin fines de lucro que busca darles una oportunidad a los niños que conviven con la extrema pobreza, con el único objetivo de hacer de ellos hombres de bien y, de pasadita, los futuros guardianes del patrimonio arquitectónico de la Ciudad Imperial: los muchachos salen graduados como técnicos en seis carreras relacionadas directamente con la preservación del valioso legado dejado por los antepasados.

Con casi 400 alumnos graduados tras dos años de estudios, la Escuela Taller del Cusco se ha convertido desde 1992 en la principal abastecedora de mano de obra calificada en los oficios de albañilería, carpintería, cantería, auxiliar en restauración de bienes muebles, auxiliar en excavaciones arqueológicas y experto en jardines y reforestación. Karina, por ejemplo, con tan solo 19 años, sabe de la importancia que conlleva estudiar arqueología. Con casco amarillo, pala y otros instrumentos, realiza sus prácticas en el Parque Arqueológico de Sacsahuamán por las mañanas y por las tardes estudia. Ha encontrado, junto a sus compañeros, restos de una muralla inca. No esconde su alegría y su amigo Kelvin, también protegido por un casco, la abraza: "estamos muy contentos con lo que hacemos y es un orgullo poder contribuir a salvaguardar estos monumentos históricos".

Entre las obras más destacadas de estos jóvenes está la remodelación íntegra de la Casa Almudena, donde actualmente tienen sus oficinas. Así, también, los trabajos hechos en iglesias como San Pedro, La Compañía, La Merced y Huasaq, además de otra decena de restauraciones en el centro histórico de la ciudad. Maribel, con 21 años a cuestas, espera la oportunidad para demostrar sus habilidades al momento de trabajar la madera. Es carpintera. Las estadísticas refieren que pese a que mucho de los oficios que ofrecen en la escuela son pesados, son muchas las mujeres que se matriculan. Y si no que lo diga Maribel, quien llegó gracias a una invitación que le hiciera su prima Aracely. Por lo general, el 30% de los estudiantes es de sexo femenino. Eso se demuestra, por ejemplo, al momento de trabajar la piedra: cinco mujeres golpean la roca junto a tres hombres, uno de ellos el profesor. Ellas sonríen.

Como sostiene la arquitecta Jaquelin Luksic Gibaja, directora de la escuela taller, lo que ellos buscan es formar buenos profesionales que puedan preservar y no depredar el patrimonio arquitectónico del Cusco. Por ello, sostiene, los mejores profesores del medio y algunos provenientes de otras partes del mundo, como España, los educan con nuevas técnicas y, lo principal, con una sensibilidad especial que no permita, por ejemplo, que ocurran hechos como lo sucedido en la Iglesia de Santa Ana, donde lamentablemente llegaron tarde para salvar el patrimonio antiguo.

La tarde está por comenzar y los chicos, cuyo promedio de edades va entre 16 y 22, alistan sus cosas para irse a clase. Antes de empezar, tienen el almuerzo servido. Y es que en la escuela saben que en cuerpo sano, mente mucho más sana. Por eso les brindan desayuno y almuerzo.

Según la directora, no se puede quejar, todos son unos campeones. Brillantes alumnos que no han desperdiciado la oportunidad que les ofrece la escuela taller y que tal vez nunca hubieran tenido por la crítica situación que atraviesan sus familias. Una oportunidad que los convertirá, además de profesionales bien catalogados, en empresarios porque también reciben en cursos de gestión, contabilidad y finanzas. "Lo que queremos es que pongan su negocio propio y estamos seguros que lo lograrán", afirma la arquitecta Luksic. Lo dice con tal entusiasmo, que es difícil dudar de su palabra. Suena la campana. Es hora de estudiar.