Esta cruda realidad de la naturaleza debe hacernos reflexionar, a fin de estar preparados para saber enfrentar tales emergencias
Por Aurelio Ochoa Alencastre. Doctor en Geología
El fortísimo movimiento sísmico que remeció anoche nuestro país pasó los 7 grados en la escala de Richter, por lo tanto, es considerado de gran magnitud, y a pesar de que el epicentro se produjo a 145 kilómetros al sur oeste de Lima y a 40 kilómetros de profundidad en el lecho marino (frente a Pisco), hemos sido testigos de la intensidad de sus efectos en superficie y de las réplicas que podrían continuar en los próximos días. Por tanto, pasado el susto, debemos recordar que, como vivieron nuestros antepasados, viviremos nosotros y vivirán por siempre las futuras generaciones en un territorio extremadamente propenso a este tipo de fenómenos naturales.
Estamos frente a lo que se conoce como la Placa de Nasca, un segmento activo de la corteza terrestre que hasta el final de los tiempos, continuará desplazándose hacia el Este, contra esa placa que constituyó Sudamérica, en forma lenta pero inexorable, una especie de colisión que genera y seguirá generando, entre otros efectos, liberaciones de energía mecánica que en la superficie se traducen en movimientos telúricos como los de anoche.
Esta cruda realidad de la naturaleza debe hacernos reflexionar, a fin de estar preparados para saber enfrentar con nuestras familias tales emergencias, pues en cualquier momento y en cualquier lugar podrán repetirse, con mayor o menor intensidad.
La más avanzada tecnología, con la que cuenta hoy el hombre, aún no ha logrado predecir estos fenómenos, si no preguntémosles a los habitantes del Japón o de San Francisco (Estados Unidos) que, al conocer tan cruda realidad, sí están suficientemente prevenidos para afrontar estas situaciones. Nuestras escuelas y universidades deberán tomar el reto de esta preparación, pues Defensa Civil es tarea de todos.