Rincón del autor

La intemperancia chilena

A la debilidad de Foxley y la caída en la popularidad presidencial, debe agregarse el nerviosismo de los chilenos frente a lo que podríamos llamar una "crisis de rumbo"

Por Jaime de Althaus Guarderas

Sorprendió la intemperancia de la reacción chilena a la publicación de la cartografía marítima peruana. Hubo hasta amenazas bélicas, más o menos veladas, de parte del canciller Foxley, un hombre normalmente moderado y contenido, que en esta ocasión marcó desde un inicio el tono airado de la respuesta del establishment político. Lo que ocurre es que la iniciativa peruana le vino a Foxley de perillas para recuperar una imagen que había quedado muy debilitada luego de las revelaciones acerca de acuerdos inminentes con Bolivia para cederle una salida al mar, y de haber sido desairado en el manejo del problema del desabastecimiento de gas argentino, cuando una delegación de diputados socialistas viajara a Buenos Aires a resolver el asunto coordinando allá directamente con el embajador Maira sin consultar con el canciller.

Se confabularon, además, la caída en la popularidad de la presidenta Michelle Bachelet a un 40%, sin precedente en los gobiernos de la Concertación, y un Congreso golpeado por escándalos recientes. No se podía desaprovechar la oportunidad para cosechar réditos políticos con declaraciones destempladas.

Debe agregarse, a esta coyuntura, el nerviosismo de fondo de los chilenos frente a lo que podríamos llamar una "crisis de rumbo". Ocurre que la economía, luego de crecer a 7% anual en las décadas pasadas, parece haber reducido su velocidad al mediocre 5% de los últimos años, mientras la peruana crece ya a un 8%. La autoconfianza nacional chilena empezaría a desdibujarse. Y el problema es que el Gobierno, afectado en su popularidad, carece de la fuerza política para llevar adelante las reformas necesarias, que son principalmente la laboral --pese a tener costos salariales bastante más bajos que en el Perú-- y la educativa, donde el problema es el mismo que nosotros acabamos de empezar a resolver: la estabilidad laboral absoluta de los maestros, instaurada por Ricardo Lagos cuando era ministro de Educación de Patricio Aylwin.

El nerviosismo ha hecho presa ya del gabinete. Hay una acre disputa entre el vicepresidente y ministro del Interior, que es el ministro político, y el ministro de Economía, que es un tecnócrata de Harvard. El argumento del primero es: no es posible que tengamos un superávit fiscal superior al ¡7% del PBI!, más de 10 mil millones de dólares, y al mismo tiempo la popularidad de la presidenta Bachelet siga bajando y la economía no crezca como antes: hay que dejarse de dogmatismos económicos y gastar más. Y el segundo replica que solo se puede gastar en proyectos debidamente calificados, más aun cuando la inflación amenaza con llegar a un 5% este año. He allí, entonces, el dilema de rumbo: la presidenta Bachelet tendrá que escoger, tarde o temprano, entre el populismo fiscal y el mantenimiento de la disciplina junto con las reformas de fondo. Mientras tanto, no hay mejor escapismo a esa dura disyuntiva que la imaginaria agresión peruana.