A PROPÓSITO de LA MUERTE DE ERASMO WONG
Por Jorge Salmón Jordán. Comunicador social,
Tras del mostrador de la bodega veíamos frascos llenos de caramelos de colores: amarillos y azules, rojos y celestes. A la derecha, ordenadas pilas de galletas parecían regimientos de soldados ingleses.
En fila y bien dispuestos --ni rubios ni negros--, los democráticos cigarrillos Country Club a un lado, y en rumas sólidas por su caja dura, los famosos ovalados Inca Especial o los requeridos Nacional Presidente. En esa bodega con aroma de café y chocolate no se vendían los populares Nacional. El mercado no los reclamaba, aunque para algunos resultaba ocasional solución en nuestros esmirriados bolsillos.
En la tienda había de todo: conservas, arroz, jabones, menestras, rollos de fotos, galletas y hasta juguetes. Considerado, el señor detrás del mostrador no vendía fármacos porque su amigo y vecino de al lado, don Isaac Ludmir, era el diligente farmacéutico del tranquilo vecindario. No se escuchaba como hoy a las estruendosas motocicletas, salvo la de nuestro campeón Cristian Brahms, y apenas el pregón de un simpático frutero.
Algunos apenas podíamos llegar a la repisa de la pequeña tienda. En puntas de pie, nos asomábamos para comprar alguna golosina. El señor detrás del mostrador nos atendía con familiaridad y afecto:
Oye Katz, compra pero deja tu perro afuera, decía el tendero. Uccelli :¿Qué es lo que quieres?, pon la bicicleta en la vereda, ordenaba. Quijandría, ven acá. Dale este encargo a tu mamá. Capurro: te apunto el Sublime. Ledgard y Villarán: no molesten más. Y así, seguía atendiendo al resto de muchachos del barrio. Mira D'Angelo, regresa mañana, hoy no tengo lo que quieres. Lo decía siempre manteniendo un vínculo familiar con gran parte del distrito, particularmente con quienes vivíamos en las inmediaciones de Dos de Mayo y Javier Prado, Los Naranjos y Los Ficus y otras calles de San Isidro. Sánchez León, más chiquito, no llegaba ni siguiera en puntas de pies. Vamos, vamos, no puedo atender a tanto Baumann junto, reclamaba.
Nos trataba de tú a cada quien. Siempre por el apellido, el mismo que manejaba con diligencia en su libreta. Y nosotros lo tratábamos de reverente usted. De vez en cuando no tenía empacho en resondrarnos.
Su esposa, siempre amable, estaba a su lado, sonriendo a cada uno de los mozalbetes que figurábamos en la famosa libreta donde se apuntaba los consumos que más tarde pagarían nuestros cumplidos y sufridos padres.
Era la época de mayor residencialidad en San Isidro, donde Bryce deambulaba con el cuello de la camisa levantado en el más puro estilo del James Dean criollo. Tiempos en que simplemente también se firmaba en el Country Club al comprar sus históricas butifarras. No era club y nos daban tarjetas de socios. Al igual que la bodeguita de la esquina, donde no había más crédito que el buen nombre y un cuaderno donde religiosamente todo se anotaba.
El señor del mostrador que nos atendía vivía en los altos de la tienda, donde sus sobrinos e hijos --aún pequeños-- acogían a ciertos chicos del barrio para enfrentarnos en jornadas memorables de ping pong, donde la familia siempre nos ganaba.
Pasaron los años y sus hijos recibieron la formación académica que el padre no había tenido. Gracias al aporte de su condición humana y a la innegable capacidad de sus sucesores, el recordado y tradicional chino de la esquina se convirtió en corporación y paradigma del éxito ya no solo de San Isidro, sino de la capital e incluso del Perú.
Hasta hace un par de años lo veíamos en alguna de sus famosas tiendas, con el ojo vigilante. Y con la misma sencilla familiaridad de medio siglo atrás decía: Oye Salmón... ¿tu papá ya llegó a los cien años? Respetuosamente, con nuestros sesenta y tantos a cuestas, se le respondía amablemente al señor del mostrador: Sí, don Erasmo...
Así se llamaba este ciudadano chino-peruano, patricio sin duda, que varias generaciones del distrito lo recordarán como estampa de nuestra niñez y adolescencia. Sus hijos deben tener muy en cuenta lo que fundamentalmente dejó don Erasmo Wong: ser un señor, aun detrás del mostrador. Y su ejemplo debe seguir.