SEGUNDA MAÑANA DE DESOLACIÓN. EN MEDIO DE LA TRISTEZA COMPARTIDA DOS NIÑOS NACIERON SIN COMPLICACIONES

Un amanecer en los escombros

Tuvieron que construir un nuevo cementerio y seguir buscando cuerpos.

Por Milagros Leiva Gálvez. Enviada especial

PISCO. Eran tres bolsas. Negras. Grandes. Están dispuestas una detrás de otra, a un costado de la Plaza Mayor, frente a la parroquia San Clemente, la iglesia de Pisco que sepultó a sus fieles en plena eucaristía. El jueves por la noche este puerto no está oscuro solo por la falta de electricidad, es la muerte la que ha tendido una sombra espesa sobre los escombros. Las tres bolsas son la antesala de un velorio mayor. De un sufrimiento intenso. Zenaida Gonzales, calle Comercio, 4ta. cuadra. Así dice el papel pegado sobre uno de los cuerpos embolsados. Los dos siguientes no tienen señal alguna. A la plaza de Pisco hemos arribado a las once de la noche y nadie llora por esas bolsas. Nadie parece querer esos tres cuerpos.

--Seguramente sus parientes están esperando el ataúd --alcanza a decir un hombre arrugado y asustado. Todos los deudos están en el hospital, esperando.

La advertencia nos guía a la pesadilla del Hospital General San Juan de Dios de Pisco. Los patios albergan más bolsas negras. Algunas a medio cerrar. Una mano. Una barriga abultada. Las bolsas pequeñas inquietan. Los niños muertos siempre duelen el doble. Contamos: Setenta y tres personas esperan por su cajón de despedida. Un grupo de familiares mira anestesiado, otro reclama la demora. ¡Falta formol, falta formol, se van a descomponer!, gritan mientras reconocemos en la oscuridad: Naomi Prima Capcha; Norma Zevallos; niño de 12 años; Luis Muñante, 58 años. No se puede seguir. La muerte huele, pero es el dolor de los familiares el que golpea.

Sentados en colchones, en ladrillos, abrigándose con el fuego de fogatas improvisadas, sedientos y con hambre. Así esperan un ataúd. No tienen dinero ni seguro, solo cuentan con la promesa del presidente. El sepelio será gratuito.

--Es una desgracia, es mi peor pesadilla. Mi sobrinito se ha muerto y tenía solo 4 años. ¿Por qué tuvo que irse él?

María está sentada sobre un colchón negro, alguien le ha donado una frazada. Su madre la abraza. Ambas esperan desde las dos de la tarde que llegue el cajón para Luis Ángelo Acasiete Ramos. Son las diez y media y dicen que seguirán esperando. María a su sobrino, Matilde a su nieto mayor. La madre de Luis Ángelo está embarazada y no puede pararse. También a ella le cayó una pared encima. También ella habría canjeado su vida por la del pequeño, pero un terremoto nunca hace distinciones.

Me alejo del hospital sintiendo un golpe en el estómago. Demasiada muerte. Camino. Miguel Bellido tiene una linterna y el halo de su luz apenas ilumina nuestros pasos en la calle destrozada. Pisco se oscurece más, pero ni bien uno registra la tragedia, el fuego empieza a multiplicarse. Son los vecinos de cada cuadra, son los amigos que se consuelan con la leña sacada de sus mismas casas derrumbadas. Hombres y mujeres cuentan una y otra vez cómo se salvaron, cómo murieron sus parientes. Una pregunta cierra cada relato: ¿Y ahora qué haremos? ¿Y ahora cómo volveremos a empezar? En los barrios pobres la gente lo ha perdido todo. Cuerpos cubiertos por una frazada intentan dormir, las sillas se convierten en camas. Los velorios se improvisan en la calle. En la cancha deportiva de La Alameda, uno de los sectores más necesitados de Pisco, la desolación se adhiere a la piel de los insomnes. Augusto Gamboa, su esposa Mirtha Ramos y su única hija Eliana de 5 años también son velados sin consuelo. Los tres dormían cuando llegó el castigo, que es como le llaman al terremoto. Augusto quiso protegerlas. Así murió. Abrazándolas. Hay que rezar. Ave María, Padre Nuestro. La gente cree en Dios y se pide por el descanso eterno.

Ironías del destino, en Pisco el terremoto arrebató casas y muebles, dejó sin comida y sin abrigo, pero también dejó a la gente con la ropa puesta y ahora los familiares no pueden vestirse de negro. El terremoto también les ha robado el luto.

A las cuatro y veinte de la mañana el único alcalde que está presente en la desolación es Francis Allison, el burgomaestre de Magdalena del Mar ha llegado no solo porque su madre es chinchana y él conoce Pisco desde niño, sino porque quiere enseñarle a sus hijos que hay que poner el hombro cuando la gente sufre. A estas horas, Allison cocina en la plaza avena y corta panetones. Es el desayuno donado por los vecinos solidarios de su distrito. Al día siguiente llegarán más aportes desde Lima. Llegarán camiones con agua y los soldados ayudarán a poner orden y evitarán saqueos y la gente entonces podrá calmar la sed después de dos días. Las madres suplicarán leche para sus hijos, abrigo, comida. Entonces uno entenderá el significado de la palabra impotencia.

Ahora faltan diez minutos para las seis de la mañana y los mineros especialistas en rescate (han llegado ciento diez) siguen trabajando en lo que ha quedado del hotel Embassy. Saben que tienen que entrar con cuidado, pues tres de los cinco pisos han quedado enterrados y hay gente atrapada. Ya no creen encontrar sobrevivientes, pero es una obligación rescatar los cuerpos. Y no se irán hasta conseguirlo. Esa es la promesa compartida con los hombres de rojo. En la plaza, los doscientos bomberos que están en este puerto continúan a pesar del cansancio. La rapidez con la que actuaron les permitió rescatar a cuatro personas con vida y ese es su mayor triunfo frente a tanta desgracia acumulada. Lo dicen a pesar de su frustración, porque en Pisco no se instaló el Comité de Operaciones de Emergencia. Aquí no hay morgue y tampoco organización para ayudar a la gente durante la noche, que es cuando más ayuda se necesita; solo existe el compromiso de los voluntarios con los familiares. Pero también hay que contar otra verdad. Los vecinos también han sido bomberos. Lorenzo Reyes Figueroa tiene 67 años y ha rescatado siete cuerpos. Lo ha hecho con sus manos y sin palas, lo ha hecho con unas palancas de madera angustiado por los paisanos atrapados. Su historia se repite en las calles de Pisco. Lorenzo pertenece a esta casta de héroes anónimos y no ha dormido. No dormirá hasta ver su ciudad reconstruida. Eso es lo que pide.

Cuando nuestro reloj marca las seis, un gallo canta en la calle 28 de Julio. Los vecinos se alegran. Nadie sabe dónde está, pero también hay gallos y perros que han logrado sobrevivir. Al menos se salvaron.

Y será la luz del día la que enseñe la magnitud del espanto. Lo que ha sucedido en Pisco es peor de lo que uno puede imaginar. En el cementerio solo el llanto acompaña el sonido constante de las palas abriendo la tierra para enterrar a las 113 personas que hasta las cinco de la tarde se cuentan de manera oficial (al cierre de esta edición serían 157) . En el cementerio hay madres que entierran a sus hijos, esposos que despiden a sus mujeres, nietos que lloran. En el camposanto la muerte no es personal, es la de un pueblo entero y por eso duele más. A las nueve de la noche de este viernes doloroso una noticia dará paso a la alegría. Dos niños han nacido en Pisco: Ely Mariel Gamboa Ochante y Moisés Jesús Moquillaza Gutiérrez. Sus padres no se reponen del susto y de la pena por los muertos, pero ya sonríen. Un hijo siempre es una bendición. Estos dos nacimientos tampoco son particulares, dice el doctor Alfredo Franco. Son de un pueblo que a partir de mañana tiene que empezar a reconstruir lo que el terremoto se llevó. Que así sea.