CAUTIVO DE LA VORÁGINE

Hemingway trae cola

Dos escritores peruanos dedican un momento a Ernest Hemingway, a propósito de la sonada reunión de cuentos suyos aparecida en Lumen y que pronto retornará a librerías limeñas. Aquí el envío.

Por Fernando Ampuero

Todo el mundo quiere a Hemingway. Todo el mundo lo odia. Los valores que animan su obra, dicen algunos, ya no interesan. ¿Quién admira a un cazador en un mundo ecologista? ¿Quién celebra a un boxeador en plena decadencia del machismo? Aquellos que lo quieren, rescatan la tensión y belleza de su estilo, claro, sencillo, cero colesterol, así como la calidad de sus cuentos, que consideran-lo-mejor-de-su-universo-creativo.

Los que lo odian, lo tildan de obsoleto. Ambas opiniones sacan lustre al lugar común. Sin embargo, Hemingway sigue entre nosotros. Y esto, por cierto, no se debe a que hoy nos apasione la pesca, los toros, la guerra o el alcoholismo, sus temas recurrentes. Nos apasiona, creo yo, lo que está detrás de su enorme y publicitadísimo vitalismo: la soledad y la derrota. Para los escritores, Hemingway es el maestro del rigor.

Muchas de sus frases, que son como cables pelados, hacen contacto eléctrico con la profundidad de nuestra conciencia. Cada escritor, eso sí, tiene su Hemingway favorito. El mío no es el de los cuarenta y nueve cuentos que ahora edita Lumen y que corresponden a la selección que hiciera el autor.

Yo tomo exactamente solo ocho de esos cuarenta y nueve cuentos, ocho cuentos magistrales, por lo cual vale muchísimo la pena comprar este libro, y a ellos agrego otros textos hechizantes: las crónicas de París era una fiesta, la novelita El viejo y el mar, algunos pasajes de Fiesta y de Islas en el golfo y tres espléndidos capítulos de A través del río y entre los árboles, novela que para algunos se hizo célebre porque fue unánimemente destrozada por la crítica. Doy la relación de mis cuentos favoritos: Diez indiecitos, La breve vida feliz de Francis Macomber, Un gato bajo la lluvia, Allá en Michigan, La capital del mundo, Los asesinos, Las nieves del Kilimanjaro, La luz del mundo. Hemingway, por si fuera poco, es un mito. Y no muy simpático que digamos.

A lo largo de su legendaria biografía, nos recuerda a un dios griego. Egoísta, fanfarrón, voluble, irónico, peligroso y vengativo. Una deidad llena de defectos humanos (yo no le perdono su envidia y mezquindad con Scott Fitzgerald, que tanto lo ayudó). Sin embargo, los mitos, mal que bien, nos ayudan a vivir. Por él leí a Chéjov y Turgeniev, y gracias a él hoy disfruto de Hammet, Salinger, Carver, y, en otra frecuencia, de García Márquez y hasta del Coetzze de Desgracia. Estamos ante un tipo de escritor que crea adicción.

Yo necesito cada cierto tiempo mi dosis de Hemingway. Hace algunos años, pensando en Hemingway (perdonen la osadía), escribí: "Donde ponías el ojo ponías la bala/ y donde ponías el corazón/ tu mirada vagaba y cazaba/ con la hermosa precisión de la palabra.../ Le disparaste a todo/ Pero reservaste para ti/ el último escopetazo/".

Lo que nos esconde Hemingway Enrique Planas ¿Cuál es la razón por la que Al y Max, los dos hampones que entran a la cafetería Henry's escondiendo sus rifles de cañón corto bajo los sacos, quieren matar al sueco Ole Andreson? Y más aún, ¿por qué cuando el joven Nick Adams llega al hotel donde se hospeda para alertar al sueco se encuentra con un hombre resignado a su fatal suerte, que ni siquiera intentará escapar de su condena? Estas son dos preguntas que quedan flotando como el polvo en un día seco y caluroso después de leer "Los Asesinos", considerado uno de los cuentos más enigmáticos y fascinantes de Ernest Hemingway, y utilizado por casi todos los que hemos llevado un taller de creación literaria.

En este relato, brilla esa técnica narrativa conocida como "el dato escondido", el acto de narrar por omisión, de darle sentido al silencio, de expresar más con lo que se calla que con lo que se dice. Pocos como el autor de "Fiesta" para ofrecer historias donde el signo de interrogación se engancha del cuello del lector, y este, obligado a afinar su imaginación o su desconfianza en las personas, debe llenar los vacíos, completar el 90% de ese iceberg que el escritor, con su deliberada economía de palabras, solo nos muestra lo que asoma en la superficie del agua.

En "Cuentos", la recopilación hecha por el propio Hemingway en 1938 (conocida como los cuarenta y nueve primeros cuentos) que editorial Lumen lanza en una espléndida edición, se hace evidente, sin embargo, que Hemingway no solo nos seduce por oscurecer deliberadamente los rincones de sus tramas.

En "La breve vida feliz de Francis Macomber", por ejemplo, la historia de una pareja de millonarios que contratan a Robert Wilson para que los guíe en un safari y los apoye en su empresa de matar a un espléndido león, no se escamotea la información de la historia (es más, la versatilidad de la narrador para colocarse en los más diversos y a veces caprichosos puntos de vista nos ofrecen una perspectiva del relato tan amplia como es el primitivo paisaje de la sabana africana), sino que son los mismos personajes los que se revelan incapaces de mostrarse sinceros, permanentemente calculadores, en permanente confrontación por el poder.

Un trío de personajes tan complejos como primarios en sus pulsiones en cuyo juego de roles ninguno muestra sus cartas. Siempre solos, brutales, individualistas. ¿Cuál es el origen del miedo de Macomber? ¿Desde cuando su mujer le ha perdido el respeto? ¿Cómo resolverán su descarado deseo el cazador y la mujer de su cliente? Son respuestas que nunca obtendremos, y que no vale la pena resolver.

Nos fascinan los cuentos de Hemingway por el vacío que nos propone, por ese enorme precipicio que se abre ante nosotros y al que no nos podemos resistir la tentación de mirar un fondo nunca nítido. La tentación del abismo, digamos para sonar dramáticos. ¿Es que un lector puede pedir algo mejor?