Por Milagros Leiva Gálvez. Enviada especial
PISCO. Ya no da miedo caminar por el mercado. Ya no se ve hombres rabiosos arrebatando víveres, tampoco soldados disparando al aire para evitar más saqueos. Los uniformados han impuesto el orden en el puerto y ayer Paulina Díaz ofrecía tranquila cinco plátanos por un sol. Un kilo de mandarina a sol cincuenta. Paulina provocaba y parecía mentira: vendía casi sin recordar que la tarde del viernes fue muy peligrosa por culpa del hambre.
Es domingo. Cuarto día después del terremoto. La energía en Pisco es distinta. El olor es de resignación, de adaptación a la nueva situación. Los rostros tienen la huella del sufrimiento, pero la vida continúa. En la madrugada, las fogatas que antes se encendían en todas las esquinas han ido apagándose. La gente se ha ido a los ocho albergues improvisados en canchas y parques, también en el estadio; pero todavía quedan incontables familias durmiendo y amaneciendo en las calles, en las puertas de sus casas. Lo poco que han rescatado no lo quieren perder.
Amanece y el ruido de más volquetes y montacargas anuncia el tiempo de limpieza y reconstrucción. En la plaza ya no hay muertos en el piso; solo dos cuerpos esperan reconocimiento en el camión frío; pero los bomberos siguen trabajando incansables, sobre todo en el hotel Embassy. En la iglesia queda muy poco por hacer. Los hombres de rojo seguirán luchando. Ayudando. Porque así son estos héroes civiles que llegaron al mando del comandante Jorge Vera. Por la tarde solo quedarán tres camiones rojos y esa será la señal del retiro. Hay que agradecerles porque fueron los que más ayudaron. Fueron los bomberos peruanos los que asumieron el control de la emergencia, los que dirigieron a todos los especialistas que llegaron para rescatar gente viva y recuperar cuerpos atrapados en los escombros. Los bomberos han comenzado a despedirse, pero la gratitud se queda.
Lo que hace falta ahora en Pisco es que lleguen los especialistas en aliviar el dolor del alma, los que saben recuperar a la gente después de una experiencia traumática. Hay que ver a Martha Sihuas en el cementerio, llorando a su madre, a su hermana, a sus dos sobrinos que murieron en la iglesia; hay que escucharla para entender que los psicólogos tienen que ayudar a tantas familias entumecidas por la tragedia.
El trauma puede paralizar. En la calle Deza número 319 vive Rocío Gallegos Huamán. Es una sobreviviente. Lo único que recuerda es que gritaba los nombres de sus hijos pequeños: ¡Estefani, Aldeir, Estefani, Aldeir! Lo que se ha quedado en su memoria es que le pedía a Dios que la tierra no terminara de taparla. El rostro de Rocío está hinchado, morado, su brazo izquierdo también. Esta mujer de 38 años quedó aplastada en la entrada de su casa, justo cuando alcanzaba a salvar a sus dos hijos y los vecinos evitaron su muerte. Ahora Rocío duerme en una silla, sentada frente a sus escombros. Su madre y sus hermanos ya le han dicho que descanse en el colchón, que no pasará nada, pero no puede. Cierra los ojos y recuerda los bloques sobre sus piernas, la tierra que le cubre los ojos, la tierra que traga.
Desde el miércoles del infierno, Rocío solo ha visto una sola vez el centro de Pisco, lo hizo cuando los dolores del cuerpo le impedían respirar. Caminó y vio los muertos en la plaza, los heridos en el hospital, la iglesia destruida, las calles hechas polvo. Ahora no quiere moverse de su silla, está asustada y con cada temblor cree que la tierra terminará por tragársela. Necesita ayuda. Necesita apoyo psicológico. No quiere temblar delante de su madre, sus hijos tienen que verla fuerte, me dice en secreto. Llora Rocío, le pido para que alivie su pesadilla. Y solloza fuerte. Parece una niña asustada. Es domingo y me gustaría tener algún secreto poder para curarla.
Lo que también necesita Pisco es más ayuda para el cuerpo. La buena noticia es que ya está llegando a los estómagos vacíos. En el parque zonal, Juan Núñez Gonzales, el mismo pescador que el sábado se quejaba por la falta de alimento para sus niños, ayer era un hombre agradecido. Sabe que no puede tener todas las comodidades, pero abraza a los peruanos y extranjeros solidarios. Su familia ya recibió leche, frijoles, atún, frazadas, avena con quinua, veinte litros de agua, azúcar. En el puerto ya se está organizando el reparto y por fin encuentro a gente que me dice que sí, que al menos ha recibido agua y galletas, que al menos ya tiene abrigo para combatir los escalofríos de la madrugada.
A Juan el pescador le preocupan los pisqueños que deciden quedarse en las calles, cuidando sus pertenencias. Y tiene razón. En las zonas alejadas del centro, en San Andrés, por ejemplo, pocos son los que deciden mudarse a los albergues. Dicen que el mar no les volverá a malograr la vida. "Por favor que nos repartan comida, la ayuda aquí no llega, ni siquiera nos han dado agua", dice Julia Ibarra. Tienen que ir a los centros de ayuda, le digo después de ver la lista de los pobladores empadronados y me mira con cara triste. "Tengo miedo del saqueo y yo soy pobre. Por favor, escribe que se acuerden de nosotros". A orillas de este mar se respira impotencia.
Y lo que finalmente necesita Pisco en abundancia es ayuda para el espíritu. Porque este puerto que narraba la historia de cómo el libertador San Martin pasó sus buenos días a orillas del mar, porque este puerto que solía vender su pisco bien peruano y contaba que el escritor Abraham Valdelomar alguna vez jugó por sus calles, tiene que renacer de sus escombros. Reconstruirlo será la mejor prueba de que sí importan. No hay otra alternativa. Se tiene que derribar las casas, se tiene que limpiar las calles que ahora parecen un basural, se tiene que instalar baños porque esa es una necesidad primaria. Se debe instalar postas médicas en los albergues porque hay mucha gente tensa y la ansiedad suele bajar la presión.
El espíritu se alegra con detalles sinceros. Ahora hay dos altares en la Plaza de Armas, Jesús crucificado está frente al hospital rodante, la Virgen también y desde el sábado por la tarde no han dejado de tener velas prendidas. Esa también es una señal. Hay luz, hay fe. Ahora hay uniformados en las calles y la gente se siente protegida y se alivia más cuando escuchan que se quedarán hasta que Pisco se levante.
Antes de partir a Lima decido recorrer por última vez las calles de Pisco. La gente camina con mascarillas, todos temen el polvo, las consecuencias. Isabel Manrique vive en la calle 28 de Julio y sonríe a los que pasan por su bodega callejera. Tenía una tienda y ahora hace lo mismo, pero al frente de lo que era su casa. Sus vecinos le compran chocolates. Isabel ha salvado a su pavo y piensa comerlo en Navidad. La muchacha está de buen humor. "Ya no hay que llorar, la vida es así: no siempre se puede ser feliz. Hay que continuar". En su 'bodega' los vecinos comentan que en los albergues se hacen nuevos amigos. No hay privacidad, pero no les importa. Están vivos.
Antes de partir regreso a La Alameda, a la cancha deportiva donde el jueves el velorio general me dejó adormecida. Busco a Jorge Luis Díaz entre las carpas y lo encuentro tomando una sopita de pollo. El viernes enterró a su madre y a su abuela. Su rostro es más sereno, más calmado. Tiene esa huella inconfundible de un hombre que lleva el duelo por dentro. "¿Cómo va todo, Jorge?", le pregunto. "Estoy más tranquilo, tengo que estarlo por mi padre, por mis hijos. La vida tiene que seguir".
En La Alameda, Chandes Jerome, un funcionario de Indeci, empadrona a los damnificados; en las calles personal de Cofopri apunta el estado de cada vivienda. En la plaza letreros pegados en los postes indican las direcciones de los centros de ayuda. Siento alivio. Después de tanta oscuridad, hoy domingo ha salido el sol. Y entonces le estrecho la mano a Jorge, a este padre trabajador que me guio por Pisco en la oscuridad de un jueves doloroso. "¿No quieres comer un choclito? Es de chacra y está caliente", me invita antes de abandonar esta cancha deportiva repleta de carpas, repleta de duelo. Lloro después, lloro mucho después de comer ese choclo. Y no porque es la primera comida caliente en cuatro días de trabajo, sino porque es una señal de que se tiene que seguir a pesar del dolor. Uno cree que lo ha visto todo y de pronto un hombre que ha visto cambiar su vida en dos minutos, que ha perdido a su madre y a su abuela, que ya no tiene ni casa ni dónde dormir, tiene tiempo para compartir lo poco que tiene con dos desconocidos. El fotógrafo Miguel Bellido no miente cuando dice que es el mejor choclito que ha comido en sus últimos tiempos. Es imposible no llorar.