LOS TERREMOTOS Y LAS COMUNICACIONES
Por Mario Cortijo. Editor Central de Informaciones
Este último terremoto ha hecho que muchos que pasamos ya por este tipo de situaciones evoquemos experiencias anteriores. En mi cuenta personal, este es mi tercer gran sismo. El primero fue en octubre de 1966; el segundo, que tantas vidas cobró, nos sorprendió terminado el partido inaugural del mundial de México, en 1970. Me salvé de sufrir el de 1974 porque lo pasé con mi familia visitando el Cusco, donde apenas se sintió.
Aquel terremoto del 66 me encontró en mi primer año de colegio. Estudiaba en La Salle, de Breña, y nuestra aula de transición tenía un lado completo de vidrio. El terremoto fue en la tarde, cerca de la hora de salida, en una época en la que los escolares dejaban las aulas al mediodía para almorzar en sus casas y volver luego a clases hasta las 5 de la tarde. Mi madre había ido a comprar unas figuritas que me faltaban para completar mi álbum Mi Perú, al que, por cierto, tanto debo en la curiosidad que mantengo por nuestra historia.
No eran tiempos en los que existieran simulacros ni indicaciones de seguridad de ningún tipo. Lo que se hacía ante un gran sismo era ponerse a buen recaudo lo más rápidamente posible. Nuestra profesora, la madre Clemencia, entre rezos nos sacó al patio, lejos del enorme ventanal, y nos hizo sentar en ordenada espera de nuestros padres.
Ya en casa, la preocupación familiar se fue a Churín, donde mis abuelos paternos habían ido a disfrutar de las aguas termales.
En aquella época el actual rol que cumple RPP lo cumplía Radio Reloj. Una emisora que transmitía noticias las 24 horas del día y que tenía como característica de fondo un permanente, y para algunos desesperante, tic tac. Las sobrias voces de sus locutores pronto comenzaron a dar información sobre la magnitud del terremoto, y recuerdo como si fuera ayer a mi padre colocando una gran radio a pilas en la mesa de centro de la sala.
La orden fue clara: estén atentos por si hablan de su abuelo, nos dijo. Poco a poco los mensajes fueron llegando, y entre tic tac y tic tac se fueron escuchando narraciones del tipo. "Atención, mensaje para la familia Oblitas Rivero, de el Cercado, su hija Estela se encuentra bien. Repetimos, su hija Estela se encuentra bien".
Al día siguiente me enteré, con mi hermano, de que la tranquilizadora comunicación --que no escuchamos por habernos quedado dormidos-- había llegado tarde en la noche gracias a que mi abuelo había encontrado en Churín a un radioaficionado que hizo llegar su mensaje a través de otro radioaficionado, con base en Lima, a Radio Reloj.
Así la familia supo que se encontraban bien y que emprenderían el retorno apenas se desbloqueara la carretera.
Hoy, en tiempos de comunicaciones digitales y de celulares que colapsan, los que alguna vez recibimos sus siempre desinteresados servicios recordamos con añoranza a los generosos radioaficionados.