Por Mariella Balbi
Desde el antiguo Perú los remezones de la tierra, documentados o no, forman parte de nuestra vida cotidiana. Por alguna razón no llegamos a enfrentarlos cabalmente en estos tiempos globalizados, probablemente el terror a una naturaleza furiosa nos hace negar que, inevitablemente, vendrán muchos más. De haber construido una cultura antidesastre otro sería el cantar.
Los japoneses son un ejemplo de ello. Más de 120 millones de seres humanos resisten con impecable racionalidad temblores y terremotos, y no es que no tengan miedo. Como debe ser, las viviendas se construyen de acuerdo con la fragilidad sísmica del país. No se piense que son lujosas, sobre todo son seguras, al igual que los gigantescos edificios que los hacen sentir modernos, poderosos y a la par de Occidente, pero son, en la medida de lo posible, 100% antisísmicos. Un intenso intercambio con Japón en este campo sería altamente provechoso.
Tiene razón el presidente García cuando afirma que una cosa es estar en la arena y otra en el balcón. Sin embargo, cuando dijo, de buena fe, que los daños eran pocos nos revela que el servicio de información que maneja es deficiente.
Que la organización es nuestro talón de Aquiles, es otra realidad que debemos atacar. Ciertamente, en medio de la devastación todo parece poco, pero en la mañana siguiente del terremoto Pisco esperaba una reacción más rápida. Las carpas fueron (y siguen siendo) escasas, el reparto de agua demoró innecesariamente, teniendo aviones y buques, tampoco vimos ni un megáfono para informar a la gente qué hacer o cómo actuar. Fruto de la desesperación o de la ruindad que llevamos dentro, el saqueo fue una variable en la que, comprensiblemente, nadie pensó y que permanece en espera.
Todos quieren ayudar, eso es bueno, pero mejor sería que la ayuda se centralizara, porque se creó un síndrome de la donación individual y de promoción institucional, hemos visto todo tipo de chalecos y gorras. Aún quedan pueblos por asistir y nos estamos olvidando de ellos. La organización tiene que irse fortaleciendo y el Gobierno está obligado a escuchar las quejas de los damnificados para absolverlas, minimizarlas sería equivocado.
Felizmente se abre la magnífica posibilidad de reconstruir una ciudad que aún guardaba mucho de la nostalgia que albergan los pueblos costeros: malecones, glorietas, árboles y una seductora sencillez arquitectónica. Todo ello con construcciones sólidas y sin plantas pesqueras que ya contaminaron bastante.
Si la reconstrucción de Pisco respeta la tradición que se estaba perdiendo, entonces el turismo permitirá una economía dinámica y ventajosa para el lugar. Varsovia, luego de la guerra, se reconstruyó tal cual era. La oportunidad de crear una ciudad coherente y atractiva permitirá que en medio de la desolación los pisqueños recuperen su singular alegría.