EL TERREMOTO DE PISCO

Luz de esperanza para el sur

A MEDIDA QUE TRANSCURREN LOS DÍAS, LOS POBLADORES DE LAS ZONAS AFECTADAS EMPIEZAN A SACUDIRSE DEL ABATIMIENTO Y COMIENZAN A MIRAR HACIA ADELANTE

Dicen que el tiempo cura las heridas, pero el transcurrido desde el miércoles es tan poco, que no sirve ni como parche. No obstante, los pobladores de Chincha, Ica, Pisco y todos los demás pueblos devastados por el terremoto saben que el momento de la reconstrucción ha empezado.

Las lágrimas no han sido todavía enjugadas ni el olor de muerte se ha disipado, pero estos padres que perdieron a sus hijos o esposas, el hijo que de pronto quedó solo, aquellas madres que súbitamente pasaron al estado civil de viudez ahora miran hacia adelante.

No es que la vida haya regresado a su estado habitual. Eso posiblemente nunca suceda porque acontecimientos como el del miércoles último forman cicatrices profundas, imposibles de eliminar.

La tarea es doble: remover los escombros de las edificaciones derruidas y al mismo tiempo remover los escombros del espíritu para recuperar el ánimo que fue remecido y aplastado el 15 de agosto.

Aquellos focos que con timidez rasgan la oscuridad de Pisco no son los únicos que iluminan la existencia de los azotados pobladores en estos momentos de sombría tragedia.

La generosidad que fluye a chorros desde todas partes del Perú y el mundo se ha convertido en el auténtico generador de aquella energía que empieza a aclarar la vida de los damnificados: la esperanza.