Por Norka Peralta Liñán. Enviada especial
La loma El Obelisco (la llaman así porque allí se levanta un obelisco al general San Martín), en el distrito de Paracas, seguía siendo ayer el refugio de unas 200 familias que la noche del miércoles 15 abandonaron los escombros del asentamiento humano Alberto Tataje Muñoz, cuando el mar empezaba a llevarse lo poco que les quedaba.
De lejos, la loma parece un campamento de muchachos playeros. No se ve otra cosa que una veintena de carpas de verano. De cerca, se descubre que en esas carpas se acomodan como pueden hombres, mujeres, niños y ancianos. En los alrededores hay frazadas, cocinas, ollas, niños llorando de frío, perros rascándose el lomo. Todos juntos y revueltos.
Nieves Martínez, que ha hecho su carpa con algunas frazadas, explica que permanecen allí porque tienen miedo "de que el mar se salga". Además no tendría sentido volver a casa porque esta ya no existe. El resto de mujeres que improvisa el desayuno asiente con la cabeza. En el grupo hay también una mujer gestante, recién nacidos, dos huérfanos, una persona que se recupera de una operación a la vesícula y un anciano de 98 años que no oye y apenas puede caminar. Hasta ayer llevaban seis días de hambre y frío por miedo a las réplicas, aunque también por la falta de organización de ellos mismos. Nadie en Paracas ha tenido hasta ahora la iniciativa de empadronar a este grupo. Habría que decir también que hasta ayer en Paracas no se habían formado albergues como los que ya funcionan en Pisco, Chincha e Ica.
EMPADRONAMIENTO ES BÁSICO
La falta de un empadronamiento eficaz y rápido explica el por qué de la situación en la que viven hasta ahora los refugiados de El Obelisco. Según Guy Gauvreau, representante del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (PMA) en el Perú, el proceso de empadronamiento de las víctimas fue lento al inicio de la tragedia. Las autoridades locales de la ciudades afectadas no reaccionaron a tiempo, tampoco lo hizo el Gobierno Central, por lo que la desesperación se apoderó de quienes clamaban ayuda.
Sin embargo, dice Gauvreau, el empadronamiento era necesario. "El Programa Mundial de Alimentos no cree que se deba arrojar la ayuda a las calles, en donde haya gente que pide algo. Lo que hacemos primero en todos los casos es contar con un padrón de damnificados y, en base a esa información, distribuir los alimentos y garantizar que habrá provisiones para los siguientes días", explicó el representante del PMA, la agencia humanitaria más grande del mundo.
Gauvreau estimó que esa etapa caótica, en la que los damnificados se quejaban de que la ayuda se almacenaba en diversos locales sin que ellos recibieran nada, ha quedado atrás, pues Pisco, Chincha e Ica ya cuentan con 33 albergues.
Una parte de la ayuda alimentaria para los damnificados proviene de los alimentos adquiridos recientemente para socorrer a medio millón de peruanos afectados por el friaje. "En una o dos semanas compraremos todo lo que ya se tenía dispuesto para ellos", comentó.
El PMA ha entregado hasta el momento 500 toneladas de alimentos, pero también ha dirigido la distribución de unas 2.500 toneladas de alimentos adquiridos por el Gobierno; así como de otras 500 toneladas de alimentos donados por diversos países y organismos internacionales.
HOMBRES DE ROJO
Un grupo de mil personas, vestidas de rojo y casco blanco, provistas de escobas y lampas, circularon al mediodía por las calles llenas de escombros de Pisco. Entonaban arengas y vivas por su ciudad derruida. Ángel Humberto Aguilar, que perdió su casa y el puesto en donde vendía pescado, arengaba al grupo.
A viva voz preguntaba: "¿Cómo se llama?" y los hombres de rojo le respondían "Pisco". Otra vez: "¿Cómo se llama?" y ellos: "Pisco", de nuevo. Después todos juntos decían: "ra ra ra".
Todos esos hombres y mujeres son pisqueños damnificados que han sido empadronados para participar en el programa Construyendo Perú. Ellos estarán a cargo de la limpieza y recojo del desmonte.
Según explicó el presidente de la República, Alan García, el programa dará trabajo a 8.000 personas durante un mes para limpiar los escombros en las ciudades de Pisco, Chincha e Ica.
"El espíritu vencerá siempre a la materia y si la geografía se opone a nosotros, sabremos vencerla con fuerza de voluntad y tenacidad", sostuvo.
Ayer, de manera simbólica, desfilaron estas personas pero, en realidad, su tarea empieza hoy. La idea del programa es que, además de pagarles por el trabajo realizado, ellos sientan que han contribuido en algo con la recuperación de su ciudad. Que así sea.
La vida en un albergue
Silvia Quispe es una de las delegadas de los mil damnificados que han sido reubicados en el albergue del parque zonal de Pisco. Ella vivía en una casa alquilada que se vino abajo el miércoles 15. Trabajaba como promotora de salud, pero por ahora deberá esperar para volver a sus labores. Lo mismo le ocurre a su pareja. Sin embargo, Silvia lidera 63 familias y se encarga de que reciban el desayuno y almuerzo diarios, así como parte de las donaciones que llegan a este albergue. Hay otras cuatro personas que dirigen a un número similar de familias. Los delegados tienen, a su vez, otros subdelegados que se encargan de la seguridad del parque zonal, la limpieza de las carpas y de la organización de quienes deben limpiar los dos silos mientras esperan que les doten de letrinas.
Los que viven en este albergue duermen en carpas especiales, tienen agua potabilizada, comida caliente, asistencia médica de la Marina de Guerra y de un grupo de médicos cubanos que han instalado un hospital de campaña donde se pueden realizar hasta operaciones quirúrgicas. Gracias a la buena organización de este albergue, las personas que llegan desde Lima con ayuda prefieren venir hasta aquí para dejar sus donaciones y evitar así originar el caos en puntos en donde no hay albergues.
El capitán EP Dante Molina Molero está a cargo de la logística de este albergue. Según dijo, los damnificados podrían permanecer allí al menos un mes, aunque nada es claro. Hay gente como Silvia que no sabe adónde irá, porque el lugar que alquilaban para vivir ya no existe. En el centro de Pisco no queda en pie una sola habitación que valga la pena arrendar. Otros, como Jorge Padilla, tienen miedo de volver a vivir bajo un techo ante las constantes réplicas que continúan registrándose. Ayer mismo, después de conversar con Silvia y Jorge, un sismo de 5,1 grados remeció la zona. El miedo parece ser lo único que se quiere quedar en Pisco. De ello puede dar fe Pedro Peña Espinoza (15) quien sufrió una crisis nerviosa al momento del sismo. A las 4:32 p.m., la tierra se volvía a mover. Hasta cuándo Dios.