EL TERREMOTO DE PISCO

El recuento de los daños

Tres escenarios de la destrucción en Chincha: el templo de San Pedro, en el devastado distrito de Grocio Prado, un astillero con embarcaciones arrasadas y un penal derruido que albergaba a casi 700 presos en Tambo de Mora

Por David Hidalgo. Enviado especial

Casa quebrada
Los fieles van a recordar por siempre que la Melchorita sobrevivió a otro cataclismo. Su pequeño mausoleo con paredes de cristal parece desafiar las columnas resquebrajadas del templo de San Pedro, en el distrito chinchano de Grocio Prado. Desafió con una osadía casi metafísica el remezón que destrozó los vitrales del altar, arrancó pedazos del techo, tiró al suelo varias efigies de santos y agrietó la fachada hasta dejarla como una enorme artesanía despostillada. Entre la tumba de la beata y la iglesia rota hay apenas un metro de distancia.

El párroco de la zona, Ítalo Mortola Muñante, no tiene explicación razonable para tamaño fenómeno más allá de un fervor que lo alcanza a él también. El último miércoles lúgubre el padre Ítalo visitaba la casa de un artesano de la zona que lleva los apellidos de la beata. Estaba por encargar un forro de mimbre para unas macetas con las que piensa arreglar una futura capilla. El terremoto lo sorprendió dentro del taller, bajo el segundo piso de madera.

Una columna lo abrigó a medias y pudo salir por un largo pasadizo de adobe desmoronado. Al pie de la puerta había un hombre que acababa de caerse de un burro espantado. Lo recogió junto con otros vecinos. Al voltear la esquina supo que un anciano estaba enterrado en su sala y fue a sacarlo en plena oscuridad. Por la calle había gente despavorida que él trató de calmar. Alguien le avisó que un pedazo del techo de la iglesia había herido a una devota en la cabeza. La mandaron al Hospital de San José. Entonces pudo comprobar los estragos del altar y de la nave.

Fue al día siguiente que empezó a notar los insólitos signos de conservación en las reliquias de la beata. El techo de la casa, bajo el que suelen rezar fieles de todo el mundo, se había caído sobre las bancas, la fachada lucía una peligrosa rajadura horizontal que obligará a derribarla, pero el retrato de Melchorita estaba intacto y en la cama donde dormía, punto central del santuario, no cayó una pizca de la estructura. Apenas una rosa y las últimas monedas arrojadas por sus creyentes permanecían sobre el cobertor de pálido rosa.

Hay quien piensa que es otra manifestación de la beata. El señor Victoriano Tasayco Tasayco, quien lleva repetido el segundo apellido de Melchorita, asegura que pidió su protección al momento del cataclismo que lo atrapó junto con su esposa. Ella usa silla de ruedas desde que un derrame la postró meses atrás y sobrevivió en la trampa mortal de sus adobes familiares. Por una curiosa coincidencia, en casa de la beata, las figuras religiosas que adornan las paredes del patio interior apenas lucían un largo rasguño, que por fuera era una grieta clamorosa. Es como si esas presencias hubieran protegido el domicilio de la sierva de Dios.

El padre Ítalo luce más preocupado por el estado del templo que el de la casa.

--Solo pido ahora que me ayuden a derribar esas torres, porque son muy peligrosas --comenta.

Por ahora oficia las misas en la plaza de Grocio Prado, que ayer arregló con las 72 bancas del templo. Allí volverá a celebrar matrimonios y bautizos a partir del sábado que viene. La escena será como siempre: en el altar los santos recuperados; en los alrededores, el nombre de Melchorita saltando desde las paredes.

Una cárcel sin presos

Un arquitecto que visitó la prisión ha dado su veredicto. Según sus cálculos, el penal de Tambo de Mora se ha desplazado un metro de su ubicación original. En el interior de un edificio de muros derrumbados, el director Marcos Fajardo hace un último recuento de los daños.

--Es como si las aguas se lo hubieran estado llevando.

De aquí escaparon cerca de 600 presos de toda condición. Todavía puede verse las señales de la destrucción que los empujó: la puerta del pabellón tres medía 2,5 metros de altura y ahora no llega a los hombros del director Fajardo, porque se ha hundido en el suelo. En el pabellón de la cocina ha desaparecido un desnivel que solía tener veinte centímetros de altura. En el patio que separa los pabellones la tierra se ha rajado con grietas enormes que vienen de lo profundo. Por allí saltaban chorros de agua que inundaron hasta las celdas.

Los presos rompieron muros, doblaron rejas de acero, tumbaron mallas para salvarse.

--Es una reacción humana, no tuve que alentarlos a nada --aclara el director ante los malentendidos que le atribuyen esa propuesta.

El rumor, explica, ha sido soltado por presos recapturados que pretenden aminorar su pena ante la justicia. El descargo puede constatarse en la declaraciones de los prisioneros que se han entregado. Esta mañana fueron catorce los reclusos que regresaron al penal.

El astillero arrasado
Los quince botes amontonados al pie de su casa parecen restregarles su condición de sobrevivientes. El terremoto derribó un poste sobre su domicilio de madera. Cuando supieron que estaban a salvo, los miembros de la familia Huasasquiche notaron que el mar se había retirado y desde el horizonte llegaban unas luces bamboleantes. Alguien supo que esa era una advertencia. Corrieron hacia una zona de chacras, perseguidos por el agua. Las barcas fueron arrojadas una tras otra sobre la caseta que les servía de oficina, sobre las máquinas y cercas de madera del astillero Don Mañuco.

La familia Huasasquiche llevaba ocho años arrojando botes desde este punto de la costa chinchana, en Tambo de Mora.

--Mi abuelo empezó con este oficio que ahora es una tradición familiar --dice Marcela.

En algunas semanas, los botes debían partir a una nueva temporada de pesca, pero ahora son apenas los síntomas más recientes de un naufragio.

El maretazo ha derruido más: junto al taller del astillero había un molino que extraía agua de un pozo y ahora solo es una rueda que da vueltas sin sentido. A un costado, dos albercas de cemento albergaban unas cinco mil tilapias que eran parte del negocio familiar y ahora son una fosa llena de arena y otra vacía; el agua se llevó herramientas, arruinó una reserva de tres mil pies de madera, y terminó por desbaratar la vivienda que cobijada a los doce miembros el clan.

Esa noche, los Huasasquiche durmieron más tierra adentro que nunca. En la oscuridad se escucharon disparos y corrió el rumor de que otro naufragio, el del penal que está a dos kilómetros de allí, había desatado una marejada de delincuentes. Los hijos de don Manuel Huasasquiche se organizaron con los vecinos para protegerse esa noche, pero no pudieron evitar que los fugitivos se llevaran los artefactos que les permitían una vida acomodada. Pisqueños al fin, lo importante para ellos era tener noticias de Pisco.

El terremoto sí había dado un coletazo a la familia: su cuñada y dos sobrinas murieron en los escombros, dos sobrinas más quedaron graves, las casas de sus hermanos desaparecieron. Ahora, de regreso, luce la resignación de la gente que vive del mar. A cinco metros de su casa tiene un amuleto: es un bote grande que se llama Jesús, mi Capitán.