En los desastres el lenguaje juega un papel crucial y altamente sensible entre emisores y receptores
Por Juan Paredes Castro
Esa vieja regla de oro de la comunicación, expresada en el título de esta columna, está pasando por su mayor prueba de vacíos, aciertos y equivocaciones en medio de la situación de desastre que vive el sur del Perú.
La primera de estas pruebas la vivimos los peruanos cuando segundos después de iniciado el terremoto solo estábamos en condiciones de comunicarnos quienes podíamos mirarnos las caras. Los sistemas de telecomunicación habían colapsado, entre otras cosas por la simultaneidad descomunal con que todos recurrimos a los aparatos fijos y móviles y porque las redes existentes no se dieron abasto por fallas y limitaciones en sus estructuras.
Lo que comúnmente conocemos por "teléfono malogrado", en alusión a una defectuosa comunicación, se hizo después evidente, primero entre las propias autoridades y luego entre estas y los periodistas, que siempre constituimos una incomodidad para el funcionario público o privado, que prefiere callar a informar.
Teléfonos móviles o fijos aparte, lo que está en juego en las actuales circunstancias es quién dice qué a quién y con qué efecto, en y desde las posiciones de poder.
Cuando la prensa pregunta y reclama mayor información es porque la gente quiere saber mañana mucho más de lo que ve y oye hoy, y también por qué pasan las cosas que pasan. Gobernantes y periodistas entienden que sus canales de comunicación son habitualmente complejos y tensos. Los gobernantes tienen pues que tolerar más y molestarse menos. Ese es su papel. No tienen que ver a los periodistas como mensajeros del mal. Tampoco los periodistas tenemos que creer que los gobernantes deben decirnos todo ¡ya! y en todo momento. Siempre que nos avalen los hechos y la verdad los periodistas daremos por cumplida nuestra misión de cada día, sin necesariamente coincidir con el Gobierno.
Las delicadas circunstancias que se desprenden del terremoto y que rodean las tareas de rescate y reconstrucción del sur demandan no solo unidad y solidaridad nacional, sino sobre todo serenidad y ecuanimidad, comenzando por la manera como decimos las cosas, vengan de donde vinieren, desde lo alto o desde el llano.
No es el momento de las frases desmedidas ni de los gestos destemplados.
Hagamos más bien de cada día un buen ejercicio de ponderación y racionalidad, inclusive para actuar severamente contra el funcionario negligente o el alevoso infractor de la ley. Los mecanismos coercitivos administrativos y judiciales también tienen su propio lenguaje para tales casos. No hay necesidad de caerles encima con adjetivos ni menos con interjecciones.