Contracorriente

Con la ayuda de los amigos

Cuando llegamos, nos mostraron sin pudor las ollas comunes en que cocinaban lo que encontraban. Gracias al apoyo de algunos amigos y periodistas de este Diario, pudimos llevar algo de víveres a los pobladores del asentamiento humano Alberto Tataje, en Paracas, que son parte de los miles de damnificados del terremoto. Esta es parte de su historia

Por Norka Peralta

El terremoto del miércoles 15 me ha dejado tres libretas de apuntes llenas. Están repletas de teléfonos de gente que buscaba a sus desaparecidos, de quienes pedían comida y abrigo, de los que lloraban a sus muertos, de los que se quejaban de que la ayuda no llegaba y de los que explicaban el porqué la ayuda no llegaba a todos.

También tengo el número del celular de Pedro Martín León Rodas, quien murió intentando llamar desde ese celular, atrapado en los escombros del hotel Embassy. Don Martín, su padre, me daba los datos de cómo localizarlo, por si llegaba a saber algo, cuando el celular de su hijo muerto fue hallado por los bomberos y sus compañeros de los Boy Scouts.

Cuando don Martín reconoció el teléfono del hijo que buscó durante cinco días, quise decirle alguna palabra de consuelo, pero ya los bomberos se lo habían llevado para confirmarle la mala noticia. En cambio, para los periodistas, la noticia de la muerte de Pedro Martín apenas había comenzado. En los días sucesivos se informaría sobre la llegada de su cuerpo a Ayacucho, en donde nació, y sobre su entierro.

En Pisco, Ica y Chincha murieron unas 500 personas, pero solo algunas de sus historias fueron contadas por los medios de comunicación. Es imposible no sentirse un poco culpable de no contar todo lo que nos dijeron y vimos en esa zona devastada.

En su libro "Los cínicos no sirven para este oficio", el periodista polaco Ryszard Kapuscinski advirtió algo parecido. "En Moscú, durante el golpe de Estado de 1991, los trabajadores de televisión, después de algunos días, ya estaban cansados: hacía un tiempo horrible, llovía, hacía frío. Cuando ocurría algún hecho importante, los equipos se reunían, se ponían a beber vodka o lo que fuera y acordaban no contar nada. Y si los acontecimientos no aparecían en televisión, era como si nunca hubieran ocurrido. Esos buenos chicos decidían si la historia sucedía o no sucedía".

¿Cuántas historias se habrán dejado de contar y, por ende, no existen para los demás, porque esos 'buenos chicos' que fuimos enviados a Pisco, Ica y Chincha las omitimos por otras más trágicas o porque no las encontramos en la loca carrera en medio del caos?

UN POCO DE AYUDA
El terremoto del miércoles 15 me ha hecho cuestionar también la idea que tenía sobre lo que ocurre cuando los periodistas cubren tragedias. Creía que en el deber de informar uno perturba la privacidad de las víctimas. En Pisco, Ica y Chincha son las víctimas las que invitan a invadir su privacidad y sus desgracias personales. Albergan las esperanzas de que, de este modo, puedan recibir la ayuda que les urge. En muchos casos, felizmente es así.

Hay compañeros en este Diario que han visto historias quizá más trágicas que las que viven los pobladores del asentamiento humano Alberto Tataje, en el distrito de Paracas, quienes hasta el lunes 20 no habían recibido la ayuda que Defensa Civil distribuye entre los damnificados; sin embargo, muchos de ellos y otros que no viajaron al epicentro de la tragedia colaboraron en comprar víveres para esa población. Tengo que agradecerles. A esta iniciativa se sumaron también algunos buenos amigos y familiares, Marco Félix de la Municipalidad de Magdalena y Malú Rabanal de la Defensoría del Pueblo.

Además de la ayuda institucional de El Comercio, amigos y periodistas de este Diario llevamos otro grano de arena a 245 kilómetros al sur de Lima, hasta el pie de la loma El Obelisco, en donde la población se ha reubicado, lejos del mar que arrasó sus viviendas. Si no hubiera sido por una sugerencia de Gonzalo Gutarra, el chofer de una de las camionetas enviadas a Pisco, el lunes 20 un equipo periodístico de este Diario no habría conocido la angustia que se había apoderado de los pobladores que no querían bajar de la loma.

Cuando llegamos, nos mostraron sin pudor las ollas comunes en las que cocinaban lo que encontraban y el interior de las carpas de verano que sus vecinos del balneario de Paracas les habían donado. Prometimos llevarles algo de víveres para el viernes 24 siempre y cuando se empadronaran para que la ayuda fuera bien distribuida.

Nieves Martínez fue la encargada de esta tarea. Nos mantuvimos comunicadas a través de su celular, que figura en la misma libreta donde tengo el número telefónico de don Martín. En un principio, dijeron ser 200 familias y, en base a ese primer conteo, se armó 200 bolsas que contenían: velas, fósforos, aceite, arroz, atún, leche, jabón y papel higiénico. Conforme su labor avanzaba, Nieves se dio cuenta de que algunas familias se habían desplazado a otros lugares, por lo que la cifra de familias damnificadas se redujo a 90. Por ello, a todos les tocó dos bolsas de víveres. Las veinte bolsas sobrantes se repartieron a veinte damnificados de Santa Cruz, otro poblado vecino.

La entrega fue ordenada gracias a la colaboración de las propias mujeres del asentamiento humano. Además de haber organizado a sus vecinos, Nieves nos dio una buena noticia: Defensa Civil los había terminado de empadronar el viernes 24 y pronto serían reubicados en otro barrio, lejos de la loma El Obelisco, en donde los fuertes vientos del arenal enfermaban a los más pequeños y ancianos.

Las mujeres del asentamiento humano Alberto Tataje tuvieron el bonito gesto de cantarme el feliz cumpleaños que celebré el 24, algo que también se repitió en el otro poblado beneficiado; aunque no faltó un niño descontento porque en esta ocasión el clásico "queremos que parta la torta" no pudo ser posible. A cambio se repartió dos cajas de galletas entre ochenta niños.

En la misma libreta donde figura el número del celular de Nieves, tengo también el número del padre de Pedro Martín. Le debo una llamada.