CONTRACORRIENTE

Historias de perros en la devastada ciudad de Pisco

Se pasean hambrientos entre los escombros

Por Norka Peralta Liñán

Los perros héroes se marcharon ya de Pisco y solo quedan perros atemorizados por las calles o en los techos de las casas, sin poder bajar, y en las puertas, esperando al amo que desapareció; husmeando no sé qué entre los escombros, moviendo la cola al primero que les eche una mirada piadosa; alzando una pata y aguzando los oídos mientras presienten un temblor más. Los más afortunados tiemblan (como perros) en los brazos de sus dueños o entre carpas, en donde ahora duermen con sus amos.

León (pastor alemán), Toto (mestizo), Drago (perro de agua español) y Boss (goldien retriever) llegaron el viernes 17 a la ciudad devastada desde Huelva, España. Como miembros de la Unidad Canina de Bomberos de Huelva, su tarea era confirmar si había vida entre los escombros del concejo municipal, la iglesia San Clemente, el hotel Embassy y centenares de casas caídas. Su misión terminó cuatro días después por razones más que obvias: nadie respiraba bajo las ruinas.

Laicha, una shitzu de cuatro años, no ha dejado de temblar desde el miércoles 15, cuando el techo de la habitación donde jugueteaba se le vino encima y solo le dio tiempo para guarecerse debajo de la cama. Dos días después fue rescatada. No había dejado de aullar durante 48 horas, dice Luis Sicuas, su amo, entre cuyos brazos busca refugio. Tiembla apenas sus patas tocan el suelo.

Pichirilo amenazaba con estirar la pata antes del terremoto. "Ya está viejo, creo que tiene como 12 años, y andaba tirado por la calle, hasta que se vino el terremoto y el mar se llevó nuestras casas, entonces corrió más rápido que todos y se vino a la loma. Ahora, de nuevo, está tirado por ahí", resume así Nieves Martínez, hermana de María, la dueña de Pichirulo, la historia de cómo el perro más viejo del asentamiento humano Alberto Tataje, en Paracas, se salvó de la muerte.

Otros perros se han quedado sin dueños y sin nombre, quizá para siempre. Según Cecilia Degregori, de la Asociación Protectora de Animales del Perú (Asspa), que ha atendido a 700 perros afectados por el terremoto, en Lima no hay albergues para acogerlos. La salvación de tanto perro hambriento es que alguien viaje al sur y adopte alguno. Dicen los amantes de los animales que quien distingue la sonrisa o la tristeza en un perro habrá dejado de ser un animal.