Por Juan Cuquerella C. Director nacional de Fe y Alegría
Reanudar las clases es una urgencia. Cuando ocurrió el terremoto, nosotros habíamos recuperado parte de las horas perdidas durante la huelga magisterial y seguiremos haciéndolo a más tardar el próximo lunes, apenas reanudemos nuestras actividades. Si actuamos rápido los alumnos no perderán el año.
Por eso me preocupa que algunas autoridades propongan reducir el horario escolar una hora, en prevención de otro sismo. Eso es un error. La emergencia no avisa, un terremoto, tampoco. Más bien tenemos que aprovechar los feriados largos y recuperar el tiempo perdido.
Tampoco me parece que se posterguen las clases porque no se cuenta con materiales prefabricados, que a veces son difíciles de conseguir y costosos. Un aula puede funcionar en una cancha deportiva (aprovechemos los climas benignos) y se puede levantar en tres o cuatro días con algunas maderas, que siempre hay en la zona, y un techo de calamina. Obviamente, se tratará de una construcción temporal, que funcionará por cuatro o cinco meses tal vez, mientras edificamos nuevas o rehabilitamos lo que ha sido dañado.
Tenemos el apoyo de los padres de familia. Ellos están dispuestos a colaborar y quieren que sus hijos retornen a las escuelas, donde, además, se puede concentrar a los niños y administrar el resto de la ayuda.
Para dictar las clases lo más importante es la organización de los profesores y de los padres. Al final, la infraestructura es un complemento.
Estamos ante una emergencia de alimentos, de vivienda, de servicios. Pero la educación también hay que interpretarla como una emergencia y una urgencia. Tomemos la colaboración de los padres de familia. Contamos con ellos.