Por Milagros Leiva
Una serie de correos electrónicos me llevó a su casa de Barranco. Gente que estudió en el colegio Carmelitas comenzó a escribirme. Este maestro debería salir en la prensa, decían. Por todo su aporte, porque no todos los días un profesor de matemáticas y de física genera tanto respeto y agradecimiento. Daniel Mayaute, aclaraban los ex alumnos, es un hombre que siempre se preocupó por que uno entendiera y resolviera problemas. Nunca humilló a nadie, nunca perdió la paciencia. No era un paporretero, tampoco un hombre soberbio que disfrutaba colocando ceros. Investigué. Daniel Mayaute acababa de ser reconocido con las Palmas Magisteriales en el grado de Amauta, el mayor reconocimiento que el Estado Peruano otorga a un maestro.
¿Aló, profesor Mayaute, podría hacerle una entrevista?, pregunté la primera vez. El maestro se quedó en silencio, como quien anda resolviendo un problema de geometría y respondió. ¿Una entrevista? ¿Y de qué, señorita? Cuando se enteró de la cadena fraterna de sus ex alumnos aceptó. Llegué a su casa a pocas horas de sucedido el terremoto. Ni él ni yo sabíamos la magnitud de la desgracia. Me contó cómo se protegió durante el temblor y su serenidad correspondió a la descripción de sus alumnos. Mire, señorita, le he preparado mi pequeña biografía. Extendió un papel: El profesor Daniel Víctor Mayaute Espinoza nació en Ica. Así comenzaba
Usted ha estado 34 años en el Carmelitas, toda una vida.
Sí, pero antes de eso había enseñado en el Mariscal Sucre y en el Andrés Rázuri, he cumplido cincuenta años enseñando Física, Matemáticas y Química.
¿En ningún momento se cansó de los números?
Todos los años, al terminar el año escolar, metía las separatas en un cajón y volvía a hacer otras para no aburrirme. Leía libros para crear otros problemas. La rutina viene cuando uno siempre está en lo mismo. A mí me ha gustado siempre investigar y cuando hay algo enredado disfruto desmenuzándolo.
¿Y de dónde viene ese afán?
La historia de Racso me influyó mucho. Yo recuerdo cuando escribía sobre la teoría de la relatividad. Óscar Miró Quesada de la Guerra era un hombre muy estudioso y entendió que la clave de la educación consiste en la explicación. Él escribía tan claro, tan sencillo, tan simple, que la conclusión es que si uno conoce bien un tema se puede explicar. Racso fue mi modelo.
¿Siempre quiso ser profesor?
Desde chico. Terminé de brigadier general en el Eguren y solía explicarles a mis compañeros lo que no entendían. Tenía excelentes notas.
¿Sacaba 20 en matemáticas?
No necesariamente, pero me gustaba entenderla.
¿Por qué es importante aprender bien las matemáticas?
Porque da capacidad para enfrentar problemas. Lo más simple es dejarse llevar por el cerebro emocional y no por el racional, por eso hay tanta frustración. Si hubiera algo más de racionamiento, pensaríamos antes de tomar decisiones. Las matemáticas muestran esos caminos de solución.
Me han contado que usted sacaba a un alumno a la pizarra y no se sentaba hasta que aprendía a resolver el problema.
Si un profesor no fomenta la autoestima del alumno está perdido. Cuando un alumno sale a la pizarra a resolver el problema y tiene errores o se queda en suspenso, lo que necesita es pistas para descubrir la solución. Pistas y no gritos. Yo nunca acepto las palabras "no entiendo", "no puedo", "no sé". Prefiero que una persona levante mil veces la mano y resolver las preguntas antes de rendirme y anular. Yo siempre llegaba cuarto para las siete al colegio, me sentaba en mi oficina y daba asesorías a los alumnos que no entendían. Así hacía todos los días, toda mi vida. A la salida veía la nivelación académica. Preguntar es importante.
¿Usted fue un joven preguntón?
Yo me crie en el campo, mis padres eran agricultores. A mi padre lo tenía lleno de preguntas. ¿Cómo una planta se convierte en fruto? ¿Cómo una vaca puede parir?; él era un hombre muy paciente y me explicaba todo. Lo mejor es preguntar, así se aprende, decía. Los niños son muy curiosos y a veces los padres se cansan de responder, eso me parece negativo. Si no se permite a un niño preguntar y opinar se le enseña a ser limitado.
La gente creativa y preguntona puede ser peligrosa...
A la mayoría no le gusta la gente que cuestiona. Los que tienen sus propias ideas nunca serán parte de la masa y eso genera dificultades. A mí me parece fundamental sacar al genio que tenemos dentro. Todos tenemos talento, el problema es que muchos viven sin descubrirlo. Así es nuestra educación...
La educación está en crisis.
La educación peruana tiene solución, pero requiere decisión. Es un problema difícil y su solución requiere audacia, no se puede andar con paños tibios. Si no se tiene el coraje para promover el cambio radical, seguiremos rezagados.
Las Palmas Magisteriales es el máximo grado para un maestro.
La condecoración me dice que estuve en el camino correcto. Pude hacer más, pero hice lo mejor que pude.
Usted no parece de 76 años.
Yo soy muy disciplinado, todos los días a las cuatro de la mañana, me levanto y me pongo a hacer ejercicios en la azotea de mi casa. En las noches, cuando termino mis clases particulares, salgo a trotar.
Entonces es deportista.
Y no fumo ni bebo mucho.
Espero que sí baile pegado.
Bailo muy poco.
¿Y qué siente cuando sus ex alumnos hablan con tanto respeto?
Mucha alegría, mucha satisfacción por saber que hice lo correcto. Ha sido una vida dedicada a la educación, muy sacrificada, pero valió la pena tener paciencia. Enseñar a los alumnos a no caer en la frustración fue mi mayor motivación.
¿Y a usted quien lo motivó?
Yo cursaba el tercer año de primaria en el campo y las matemáticas ni fu ni fa. Yo quería ser agricultor, como mi padre. Una noche unos amigos me preguntaron: ¿ocho por ocho? Yo lo tomé a la broma, no sabía la respuesta. Cuando se fueron, mi padre me llamó y, con voz grave, me dijo: Mañana, cuando yo regrese del campo, tienes que saber la tabla y antes de que termine la pregunta debes saber la respuesta. Así fue. Él me enseñó a ser responsable, fue mi motivación. Siempre iba a Ica cuando mi esposa vivía, pero ella murió hace dos años...
Ese debe haber sido un problema difícil de resolver: la ausencia.
Lo estoy resolviendo trabajando Nada es completo, señorita. Nada. Pero bueno, allí están mis hijos y mi nieto, ellos me están apoyando. Además mi vocación no ha decaído en ningún momento y eso también ayuda.
¿Entre el cero y el uno, con qué número se queda?
El uno, me quedo con lo máximo.
Pero el cero es misterioso
Es misterioso, pero también ambivalente, unas veces vale mucho, otras veces no vale nada.
¿Usted no duda?
No me gusta dudar, pero para eso hay que prepararse. Por eso prefiero el uno. El uno es el uno, por lo menos ya es algo.
Recuerdos de un científico antiguo
Por Renato Cisneros
Cuando uno llegaba a Secundaria el nombre de Daniel Mayaute infundía una mezcla de miedo y respeto. Más que un nombre, era una marca registrada. Enseñaba Física y, según la leyenda colegial, su genialidad matemática estaba en relación directa con su hermetismo. Lo puedo ver todavía atravesando los pabellones y los pasillos, con su mandil blanco y los zapatos negros brillantes, como recién lustrados. Su rostro era un compendio de rasgos singulares. La calvicie apenas disimulada por un puñado de pelos; los ojos levemente achinados; la seriedad de cacique; las orejas voluminosas, y unos bigotes largos que le daban un aire de científico antiguo.
Siempre llevaba en las manos cuadernos y un estuche de reglas, compases y transportadores enormes con los que trazaba sus dibujos en la pizarra. Recuerdo que cogía las tizas con la punta de los dedos, con una desesperante delicadeza. Tenía una voz potente, de coronel, y empleaba un lenguaje refinado, condimentado con frases ocurrentes de su propia cosecha. Cada vez que terminaba de explicar una fórmula o una ecuación complicada les decía a los alumnos: "Esto está más claro que el agua del río Rímac". Los más burros no entendíamos ni jota, pero saludábamos su jerga pedagógica.
Cuando las clases terminaban, toda su aparente dureza se convertía en una entrañable y respetuosa calidez. En el colegio era un defensor de las formas, del estilo, de la conversación, de la lectura, de la pasión académica. Se quedaba por las tardes a reforzar las clases de los alumnos más vagos (como yo) o a promover círculos de entusiastas matemáticos. Y cuando llegaba la Feria de Ciencias, él era el hombre orquesta, el referente unánime. Cada vez que un alumno curioso lo sorprendía con un invento, Mayaute sonreía orgulloso, como un papá primerizo.
Creo que se hizo inconfundible y único porque nunca traspuso la línea de la cordialidad para caer en el amiguismo barato, y porque a pesar de toda su inteligencia jamás dejó de practicar la humildad más absoluta.
Es mi amigo y lo admiro un montón. Mi paso por el Carmelitas fue conmovedor e inolvidable gracias a unos cuantos nombres. Daniel Mayaute es, sin duda, uno de los primeros de esa lista. Pobres los alumnos del futuro, que no tendrán un profe como él.
REACCIONES
"Siempre me enseñaba a la hora de almuerzo lo que no entendía en clase. Si no fuera por usted, creo que seguiría dando aplazados. Nos enseñó con cariño que sí podemos conseguir las cosas con esfuerzo".
MARÍA TERESA DU BOIS
"Tuve la fortuna de llevar clases particulares en su casa de Barranco y recuerdo su paciencia y su inseparable café. Gracias por habernos dado su tiempo y su conocimiento".
FRANCISCO SOLÉ
"Siempre voy a recordar lo que usted decía: todo problema tiene solución. ¡Gracias!
MARIO GASCO
"Su paciencia era única y la fe que tenía en sus alumnos, muy especial y motivadora".
PEDRO PABLO MACPHERSON