Perú de fiesta. FESTIVIDAD DE LA VIRGEN DE LA ASUNCIÓN EN EL CUSCO

La Mamacha Asunta y el don de hacer danzar a sus fieles

Hace dos semanas, el poblado de Coya realizó una gran fiesta en su honor. Devotos bailaron en cementerio y calles. Hasta jugaron fútbol para alegrarla

Por Renzo Guerrero De Luna. Corresponsal

En la Plaza de Armas de Coya, poblado ubicado a 20 minutos de Písac, en Cusco, un centenar de bailarines presentan lo mejor de su repertorio saltando de un lado para otro. Están felices y no es para menos: llevan un año ensayando para esta fiesta, aquella que conmemora a la Virgen de la Asunción, o también conocida en el mundo andino como la Mamacha Asunta. La banda toca y se esfuerza y a un costado el resto de los concurrentes brinda con cerveza y chicha. La procesión avanza, siempre danzando.

Tres jóvenes llevan el mal sobre sus cabezas. Sus máscaras dan miedo, tanto, que algunos niños se alejan de ellas. En total son 26 las danzas que se presentan. Algunas, como la del Canchis Alcalde y la de Auqui Sagra, llevan tanto tiempo representándose que los tatarabuelos comentan que ya eran antiguas cuando ellos las vieron por primera vez. Y es así, la festividad de la Mamacha Asunta es de las más antiguas y se celebra en distintas partes del país, como Arequipa, Apurímac, Ayacucho, Chacas (Áncash), Chachapoyas, Huánuco, Piura y Puno, donde incluso ella es patrona también.

Una vez que la Virgen ingresa a su aposento, la multitud continúa la celebración con una romería que la lleva al cementerio de la ciudad. "Los seres que se nos adelantaron también merecen celebrar", comenta Julio Palomino, quien hace poco acaba de participar con la danza Qoyacha. El camposanto es una fiesta, donde la cerveza anima los corazones y las oraciones limpian el alma. Un cerdo aparece en brazos de unos muchachos enmascarados, quienes luego lo introducen en un nicho: el chunchu rey es de los bailes más típicos en la región. Y el que más sonrisas se roba cada 16 de agosto.

El hambre comienza a invadir a los parroquianos y en casi todas las casas del pueblo se han preparado buenos menúes. Lizardo Palomino, primo de Julio y alcalde de Coya, invita a algunos turistas a compartir: sopa y chancho al horno. Cerveza y vino para los sedientos. Música para celebrar. La orquesta toca el último éxito que suena en la radio. El que menos deja sus cubiertos y sale a bailar. La misma escena se repite en las casas aledañas. Ninguna puerta está cerrada.

JUEGO POR FE
Un camión irrumpe por las calles convocando a los hinchas. Se trata del equipo de fútbol del pueblo que se va a enfrentar a Los Canchis. No es un duelo deportivo a muerte, pero sí se deja todo en la cancha. Vestidos con sus trajes típicos, ambos equipos utilizan todo para ganar: aquí sí valen los goles con la mano. Un singular encuentro de confraternidad muy diferente al que se realiza en otros puntos del país, donde los toros o los gallos son la principal atracción. El resultado es lo de menos, dicen los perdedores, y entre abrazos se van rumbo a la casa más cercana para celebrar.

La ciudad comienza a apagarse lentamente. Es hora de descansar. A la mañana, aún con cuerpo y repletos de fe, los peregrinos se despiden de la Mamacha Asunta y ella, en agradecimiento, los bendice hasta el próximo año. Más de uno espera con ansias a que ya pase un año para el reencuentro. El silencio se apodera de las calles. La gente se despide. La carretera vuelve a chillar.