ADIÓS, PAVAROTTI

Nos dejó el más grande

Por Augusto Ferrero. Jurista

El país salía del azote terrorista y se notaba la recuperación económica. La gente empezó a salir a la calle.

En el mundo, por segunda vez, se había presentado el concierto de los tres tenores: Pavarotti, Domingo y Carreras.

Solo el segundo había cantado en Lima y el último vendría dos años después. El primero, claramente el más dotado, ostentaba una voz que era un don de Dios. Traerlo era una tarea prácticamente imposible. Luis Alva, director artístico de Prolírica, tenía amistad con él. Gracias a ello, quien escribe, como presidente de dicha entidad, y Domingo Palermo, como vicepresidente, decidimos hacer el gran espectáculo. Llegó en avión privado, acompañado por su secretaria Nicoletta Mantovani, a quien presentó por primera vez en público. Más tarde sería su segunda esposa, de quien ha dejado una hija de 5 años.

Enero de 1995, Jockey Club del Perú. Todas las tribunas para la lírica. Se suspendieron las carreras de caballos. US$1'000.000 para el tenor. Trajimos a la Orquesta Sinfónica de Cracovia, de Polonia. Ella, el Coro Nacional, el montaje del estrado, el camarín del divo, el hotel, la póliza de seguro, la seguridad y toda la logística del espectáculo: US$1'000.000 más. Los grandes auspiciadores fueron los grupos Nicollini, Gloria, Maquinarias y Phillips. Veinte mil personas de público. Pérez de Cuéllar llegó sobriamente, de acuerdo a su estilo, acompañado por su esposa. Fujimori fue retenido en el palco oficial por la directiva del Jockey Club y se retrasó el horario. Tibor Rudas, el empresario del megaconcierto, amenazaba con cancelar el espectáculo, circunstancia que no cubría la póliza de seguro. La voz de Luis Alva por los parlantes anunciando el comienzo del concierto amainó la tormenta. Apareció Pavarotti en su plenitud.

Tenía 59 años. Su voz encandiló a la audiencia, la que lo aplaudió entusiastamente. Fue, sin duda, la representación artística más costosa y con mayor concurrencia que se haya realizado en el Perú. Y, lo más importante, nunca se había presentado en el país una personalidad de tal calibre.

Tuvo el timbre de voz más bello. Abarcó el bel canto así como las arias más dramáticas. Su voz era aterciopelada, "cremosa". Su fama se acrecentó enormemente cuando cantó en el Metropolitan los nueve "do de pecho" en "La hija del regimiento", cualidad que le ha heredado Juan Diego Flórez. Poseía una innata musicalidad y sensibilidad para el fraseo adecuado, producto de un oído muy fino y de una impecable dicción.

El Perú agradeció su presencia y hoy lo saluda en su paso a la inmortalidad.