Rincón del autor
Por Jaime de Althaus Guarderas
Somos un país tan divorciado de sí mismo que el miércoles pasado nadie se atrevió a celebrar el aniversario de la captura de Abimael Guzmán, pese a que cuando ocurrió, 15 años atrás, se vivió, sin duda, como la noticia más importante en décadas: el Perú sintió el alivio más profundo jamás sentido y recuperó de golpe un futuro que parecía definitivamente perdido. A partir de ese momento, y ayudados por la reforma económica, los capitales empezaron a regresar al país y la economía se puso a crecer a tasas nunca vistas. Más importante aun, la captura, llevada a cabo sin disparar una sola bala, había sido una obra magnífica de paciente filigrana policial realizada por heroicos agentes de la Dincote que ganaban menos de 200 dólares al mes.
El Perú daba lecciones al mundo acerca de cómo derrotar al movimiento insurgente más cruel, sanguinario e implacable con una estrategia que desde 1989 se había empezado a basar cada vez más en una alianza plena y sin desconfianzas coloniales con los campesinos en el campo, y en inteligencia policial en las ciudades para capturar a las dirigencias. Una estrategia que puso en la cárcel, no en la tumba, a la mayor parte de los líderes subversivos. En suma, una estrategia inteligente y esencialmente limpia y respetuosa de los derechos humanos.
Pero no podemos celebrarlo. ¿Qué puede haber ocurrido para que hayamos llegado al absurdo patológico de que sea políticamente incorrecto festejar algo tan extraordinario? ¿Qué es lo que nos impide capitalizar nuestros mejores logros para evolucionar socialmente? Lo sabemos perfectamente. En primer lugar, el trauma Fujimori. El mismo presidente que fue capaz de desarrollar y conducir esa estrategia, y cambiar el modelo económico, fue el que pretendió perpetuarse en el poder organizando, para ello, un aparato de control político que sojuzgó instituciones creando la cobertura para una corrupción concentrada, perversa y millonaria. Fujimori anuló a Fujimori y, de paso, al Perú.
Como consecuencia de ello en parte, en lugar de construir orgullo nacional y de aprovechar para extender a todos los órdenes de la sociedad la naturaleza misma de fórmula exitosa de la estrategia antisubversiva: superación de la brecha colonial (de las relaciones de desprecio criollo/indio) implícita en la eficaz alianza del Estado con los comuneros andinos, e inteligencia fina en lugar de fuerza bruta para capturar en lugar de matar; en lugar de aprovechar la capacidad seminal de esa fórmula para reformatear la sociedad entera, para dar un salto cualitativo en desarrollo social, repetimos, el espacio público fue capturado crecientemente por la imagen de una estrategia bárbara de violaciones de derechos humanos, derivada de hechos ocurridos sobre todo en los primeros diez años, hasta prácticamente anular la capacidad constructiva contenida en la respuesta que finalmente fuimos capaces de dar. Hasta los héroes fueron convertidos ora en víctimas, ora en delincuentes. El síndrome de autoanulación, propio, acaso, de un país que ha sufrido demasiados fracasos y reveses.