SOLIDARIDAD

Lo que nos deja la tragedia del sur chico

Por Ricardo Morales Basadre S.J. Consejo Nacional de Educación

Los procesos más importantes de educación colectiva no se dan en las escuelas ni en las universidades, se dan en la vida. Aprendemos de los hechos cotidianos, de lo que nos pasa. Vemos el país a través del funcionamiento de sus instituciones, los avatares de la política, los comportamientos sociales y el impacto de los medios de comunicación. Estos aprendizajes se tornan más intensos cuando se viven momentos de violencia y conflicto, o cuando un desastre, como el terremoto que hemos sufrido, sacude a todo el país.

¿Qué estamos aprendiendo como comunidad de este desastre?

Hemos aprendido de golpe la fragilidad de lo que somos hoy, del presente de nuestro país. Lejos están las antiguas seguridades que dábamos por supuestas, la tranquilidad apática con la que hemos cerrado los ojos a la realidad que no encaramos, el presente no está todavía conquistado.

Lo que estamos viviendo nos va dejando una lección de la que debemos aprender. Una mayoría de peruanos tenemos un corazón solidario. Esta dura prueba ha fortalecido nuestra unión como nación. El país cuenta con reservas humanas extraordinarias, reservas de solidaridad y compasión y una voluntad de ser parte en la reconstrucción, no solo material, sino también moral y espiritual de nuestro pueblo.

También venimos entendiendo que los protagonistas de la reconstrucción deben ser los mismos habitantes de las zonas siniestradas. Ellos han aprendido, con todo el país, que es necesario prevenir. Edificios y casas deben levantarse de acuerdo con normas técnicas, cuya aplicación debe exigir cada municipalidad. En este sentido, la iniciativa del Ministerio de Trabajo de convocar a los pobladores afectados para ser contratados en la implementación de planes de reconstrucción puestos ya en marcha es una acertada medida.

También hemos visto, con dolor y vergüenza, los brotes de corrupción de agentes y bandas de delincuentes, que han traficado con la ayuda. Eso es perverso, porque significa medrar con la desgracia y desamparo de los más débiles. Pero junto a este lado oscuro, aparecen signos luminosos que nos abren a la esperanza. Quiero mencionar dos:

Primeramente conmueve el esforzado y comprometido trabajo de los bomberos, que sin aspavientos y con eficiencia fueron los primeros en hacerse presentes en las zonas más castigadas por el sismo. Conmueve también el compromiso de jóvenes peruanos y de países hermanos en la organización Un Techo para mi País, que con su esfuerzo y su trabajo vienen construyendo casas prefabricadas de madera, para dar refugio a tanta gente que se quedó en la calle.