Dos concursos para artistas jóvenes

Por Élida Román

Coinciden, en estos días, los resultados de dos importantes concursos para artistas jóvenes: La décima edición de "Pasaporte para un artista", convocado por la Embajada de Francia, y la primera edición del Concurso Alfa Romeo.

Ambos resultados se pueden ver en el Centro Cultural de la PUCP y la Galería Artco, respectivamente. En el primero , dirimido por un jurado integrado por nueve especialistas, se han considerado seis categorías: escultura, fotografía, grabado, instalación, pintura y video, en un amplio abanico de trabajo que busca promover la utilización de las posibilidades técnicas actuales, para la creación visual. El segundo, cuyo jurado contó con cuatro integrantes, se enfoca exclusivamente hacia la pintura. Como único punto aliado, cabe anotar que en "Pasaporte..." fueron finalistas seis artistas en pintura, tres de los cuales también lo fueron en el otro certamen (Cárdenas, Saavedra, Vergara).

En ambos casos, la participación fue numerosa (186 y 150 postulantes), lo que nos indica el auge de la actividad y también llama la atención sobre una respuesta que revela la necesidad de apoyo, promoción y mayor evaluación y comentario sobre la producción más joven de nuestra actividad plástica. Si bien el resultado de un concurso no es más que una circunstancia producida por la confluencia fortuita de algunos factores en un momento determinado, y, por consiguiente, no significan la excelencia o la sanción terminantes, sino un momento único, más o menos afortunado, lo importante, como en estos casos, es que permiten pulsar los intereses y direcciones en que los nuevos actores desarrollan una creatividad dirigida a la expresión visual.

En los casos que comentamos puede notarse cómo la actividad publicitaria, la ilustración, el video-clip tienen una marcada influencia en los modos visuales. Desde la opción de montaje hasta la elección temática, se puede detectar fácilmente origen y semejanzas. También el impulso hacia la introspección centrada en un cierto onirismo, una imaginación que se siente cómoda en la invención fantasiosa, en la creación de espacios donde toda asociación tenga cabida, y que, con frecuencia, encuentra en un barroquismo explícito una buena vía de existencia.

Esta tendencia hacia lo íntimo expuesto, que también asume la proyección de lo marcado por el entorno y vivido como comunitario, prescinde de lo histórico tradicional, o de lo anecdótico habitual, para detenerse en una reflexión en la que la memoria se convierte en eje y mandante.

No encontramos innovaciones. Sí recreaciones y reciclajes, no siempre logrados, pero buenos documentos de una búsqueda que, por último, es el gesto más interesante que podemos rescatar.