Por Virginia Rosas
En el año 2002 doce diputados de la Asamblea del Valle del Cauca en Colombia fueron secuestrados por guerrilleros de las FARC disfrazados de soldados. Desde entonces los congresistas pasaron a formar parte de un terrorífico 'paquete' denominado 'los canjeables', seres humanos privados de su libertad --viviendo en condiciones indignas hasta para un animal-- a la espera de una hipotética negociación que los intercambiara con los presos de las FARC que cumplen penas por delitos de sedición y terrorismo.
El secuestro es un instrumento vil de extorsión que convierte al secuestrado en una mercancía a la merced de sus captores. Pero cuando alguien es separado violentamente de los suyos, como lo fueron estos doce diputados y lo son todavía los 45 rehenes que permanecen en manos de las FARC, se instala además una interminable cadena de sufrimientos.
Empezando por la familia. Hijos que crecen aferrados a la fotografía de un padre o una madre ausentes. Preguntándose cada mañana si aún estará con vida, si sufre demasiado, si está enfermo, si algún día pasará el umbral de la puerta y volverán a abrazarlo.
Mujeres que no cesan de suplicar por el retorno de sus hijos secuestrados, como Yolanda Pulecio, la infatigable madre de Ingrid Betancourt, la política secuestrada hace cinco años por las FARC y que insiste en pedirle al presidente Uribe que se allane de una vez por todas a un intercambio por prisioneros.
Esposas que afrontan solas el cuidado de unos hijos que crecen demasiado rápido sin comprender por qué papá (o mamá) no está en casa y crecen con dolor y rabia en el corazón.
La familia de los doce diputados del Valle del Cauca esperó cinco años, día por día, el regreso de sus seres queridos. Para mantener el ánimo de los rehenes y sobrevivir a su propio dolor enviaron mensajes por la radio a través del programa "Voces del Cautiverio" hablándoles de la vida cotidiana. Que la hija cumplió sus 15 años, que las notas del niño son excelentes, que la mamá estuvo enferma y ya se mejoró. Pero, sobre todo, que seguían presentes en sus vidas y se les aguardaba con amor.
Las esperanzas se quebraron el 28 de junio pasado, cuando las FARC anunciaron, a través de un comunicado, que once de los doce diputados secuestrados habían fallecido en extrañas circunstancias. Sigfrido López sigue en cautiverio porque, según las FARC, se encontraba en otro campamento cuando se desató un fuego cruzado entre la guerrilla y el Ejército colombiano que intentaba rescatar por la fuerza a los secuestrados.
El presidente Álvaro Uribe niega que tal circunstancia se haya dado y afirma que los diputados fueron asesinados a mansalva por las FARC, cosa que habría quedado demostrada al menos en uno de los casos, con los exámenes forenses que determinaron que fueron ultimados por la espalda.
Como si el dolor no fuera suficiente, los deudos tuvieron que aguardar casi tres meses y una serie de marchas y contramarchas para recuperar los cadáveres y, por fin, sepultar dignamente a los suyos el miércoles pasado.
Unidos en un solo abrazo para darse fuerzas, decenas de familiares de los diputados del Valle del Cauca encabezaron las gigantescas marchas con las que los colombianos dieron un emotivo último adiós a los rehenes. Y una inmensa muestra de repudio a la crueldad de las FARC.