La estructura de estupideces del Estado ha convertido los servicios de salud en la quinta rueda de sus políticas
Por Juan Paredes Castro
Esta frase del título, tan tierna y tan popular, que solía antes marcar las prioridades diarias de cualquier vida modesta, suena ahora a desgracia e impotencia.
Si la salud debía estar primero, en este orden de existencia, hace ya mucho tiempo que en el Perú viene al revés: después del dinero y después del amor, y siempre que este se revista de caridad.
Lo peor de todo es que esta lógica maligna lo ha impuesto la acumulada estructura de estupideces del Estado, que ha convertido los servicios de salud en la quinta rueda de sus políticas fundamentales.
La población pobre del país, que suma 12 millones de personas, ya no puede darse el lujo de recitar el estimulante versito de "salud, dinero y amor" como si se tratara de una ranchera ni de acudir al llamado griego de "mente sana en cuerpo sano". Tampoco le serviría de nada la invocación dramática de César Vallejo al "señor ministro de Salud" de turno.
La población pobre del país se muere por partes, detrás de un turno de vacunas que envejecen, detrás de citas de operaciones a las que no llegan vivos los pacientes, detrás de ventanillas administrativas que conducen cada día a una pesadilla psiquiátrica, y detrás de colas de hospitales de nombres tan diversos que quizá servirían mejor a sus fines si se llamaran una sola cosa y si sus costos, hoy dispersos y duplicados, se tradujeran en una atención más coherente, humanitaria y cumplidora del Estado.
La población pobre del país se seguirá muriendo mientras los políticos en el poder y en la oposición sigan pensando que los problemas del país se resuelven haciendo rodar las cabezas de los ministros en cada interpelación.
Se necesitan agallas políticas y grandes desprendimientos políticos, para fusionar, por ejemplo, en una sola gran estructura de costos y servicios, todos los hospitales del Estado, incluyendo el militar, naval, aéreo y policial. Habría así una mejor dirección, gerencias idóneas, un sistema de compras sujeto a un control más eficiente y, por supuesto, un racional gasto de dinero y recursos humanos.
Como nadie quiere coadyuvar a una fusión de este tipo porque hasta la salud otorga poder feudal y predial, entonces quien paga el pato es el ministro de Salud. Y una vez cambiado este, todo sigue igual, porque la salud, la educación y la seguridad son problemas para ser tratados como el TLC, con todo el punche del Gobierno.
¿Lo entenderá así el presidente Alan García?.