Cómo no admitir que nos sentimos sorprendidos y decepcionados por no haber podido ver a Alberto Fujimori dando sus primeros pasos en tierra peruana después de tantos años como prófugo.
Los extremos esfuerzos para impedir que fuera captado por las cámaras de televisión y de fotografía fueron evidentes y exitosos. Sin embargo, con serenidad, vale la pena preguntarse si acaso no fue eso lo más conveniente, por varios motivos: por razones de seguridad, para impedir que en adelante el propio Fujimori pueda decir que no se respetaron sus derechos humanos, y para no alimentar el tono circense que el caso podría adquirir con perjuicio de la tranquilidad que se necesita para que marche por cauces incuestionables.
Es cierto que hay que exigir transparencia, pero también lo es que hay que evitar el circo. Una frontera muy sutil que los responsables deberán manejar con el mayor cuidado.