Por David Hidalgo Vega
Norman Mailer, ese gigante estadounidense que nunca se cansa de renegar, explicó su novela "La canción del verdugo" con una frase que cabría incluir en una antología de la autocracia universal: Dios es un novelista mejor que los novelistas. La historia no solo era increíble, sino que ocurrió de verdad. Es casi un imperativo categórico y a la vez la mejor explicación de los detalles delirantes que rodean los procesos judiciales a los dictadores y ex gobernantes caídos en desgracia. Por eso es posible que Fujimori diga hoy que su extradición era parte de un plan bien elaborado desde Japón para regresar al Perú o que su hija haya amenazado con no permitir su arresto --como si todavía estuviéramos en los tiempos del fujimontesinismo-- o que su antiguo escudero Absalón Vásquez plantee que debemos felicitar su esfuerzo por haber regresado desde el Japón. La extradición maquillada como retorno triunfal. Habrá que estar preparados para más desenfrenos de esos, porque los antecedentes --salvando las distancias comprensibles-- suelen ser un caldo de cultivo con ingredientes parecidos.
Basta una revisión de la jurisprudencia del crimen gubernamental. El primer ingrediente, el más notorio, es la actitud desafiante que muestran los acusados, al amparo de la investidura que alcanzaron alguna vez. El día que Saddam Hussein compareció por primera vez ante el tribunal que lo juzgaba, se paró frente a los cinco jueces encargados de su caso y dijo: "No te reconozco a ti ni al tribunal que presides. Tampoco reconozco la agresión contra Iraq y conservo mi derecho constitucional como presidente de Iraq a no responder a tus preguntas, pues lo que se ha construido sobre el vacío está vacío". Por su parte, Slóbodan Milósevic, fiel a los modales que lo convirtieron en el 'Carnicero de los Balcanes', anunció desde el inicio que se haría cargo de su defensa y en cada audiencia aprovechaba para lanzar puñaladas retóricas contra testigos y acusadores. El sátrapa liberiano Charles Taylor, a quien un gran reportero calificó como "el dictador más malvado del mundo", sencillamente mandó leer una carta en que despedía a su abogado el mismo día en que se iniciaba el juicio, con lo que ganaba unos días para montar circo. Los que asesinaron la ley suelen resucitarla cuando les conviene.
LAZOS LEJANOS
El último caso es el antecedente procesal más cercano al del extraditado Alberto Fujimori. Taylor, un señor de la guerra que estaba acusado por asesinato y mutilación de civiles, uso de niños como combatientes o esclavos sexuales y otras monstruosidades, se había refugiado en Nigeria tras renunciar al poder en el 2003. En marzo del año pasado, el presidente de Nigeria otorgó la extradición que pedían las autoridades liberianas. Un tribunal internacional bajo el amparo de las Naciones Unidas le abriría un juicio en La Haya, Holanda, por su responsabilidad en la guerra civil en la vecina Sierra Leona, donde Taylor financió revoluciones con armas compradas con diamantes ensangrentados. Tres países y un acusado. Su extradición fue considerada un hecho histórico, el fin de la impunidad que había imperado en África.
Por ahí estaba emparentado con el propio Milósevic, quien fue el primer jefe de Estado en ser juzgado por un tribunal internacional. Y emparentado también con otro líder africano de similares debilidades, Hissene Habre, ex gobernante de facto de Chad, quien durante diez años se refugió en Senegal hasta que un tribunal de ese país aceptó una denuncia de víctimas de tortura de su régimen. Habre fue durante los años ochenta un aliado occidental estratégico para neutralizar al dictador libio Muamar Gadafi. Sus opositores lo acusaban de miles de asesinatos y de institucionalizar la tortura, pero casi perdían la esperanza de juzgarlo cuando muy lejos de allí, en otro continente, un ex dictador sudamericano fue detenido bajo un pedido de extradición. El caso inspiró a las víctimas de Habre a reclamar su juzgamiento. La decisión de Senegal puso por primera vez a un gobernante de esa región ante un tribunal extranjero, por eso de que existe una jurisdicción internacional en casos de lesa humanidad. Desde entonces, la prensa internacional bautizó a Habre como 'El Pinochet Africano'.
A SANGRE FRÍA
En su famoso reportaje novelado de una masacre, Truman Capote dice que "crímenes de semejante magnitud despiertan el interés de los hombres de leyes en todas partes, en especial los que tienen a su cargo la investigación de crímenes similares todavía sin resolver, porque siempre es posible que al solucionarse un misterio pueda a la vez resolverse otro". Y ocurre que la biografía de todo gobernante malogrado es una historia de crímenes múltiples. Pinochet, por ejemplo, llegó a eludir una extradición a España aduciendo mala salud, pero no pudo evitar que en su país se le abriera un proceso tras otro por sus tropelías. Fue desaforado tres veces: del Caso Caravana de la Muerte, un tour de ejecuciones cometidas por oficiales bajo sus órdenes, se libró alegando demencia moderada; del Caso Operación Cóndor fue eximido por fallo judicial; pero cuando aspiraba a quedar limpio, se descubrió evidencias de fraude fiscal que ameritaron un nuevo proceso. La muerte le abrió otro camino.
La muerte, su última aliada, le evitó pasar por un trance como el que sí pasó Joseph Estrada, presidente de Filipinas, una antigua estrella de cine que días atrás recibió cadena perpetua por su papel de presidente ladrón. En lugar de una nominación actoral, la frase que cerró su carrera vino del Tribunal Anticorrupción: "Es culpable más allá de toda duda razonable". Estrada, quien como los demás protagonistas de esta historia tiene hordas empobrecidas que lo aclaman, respondió con una línea de escasa originalidad: "Lo importante es el apoyo de la gente, que de manera abrumadora me ha declarado inocente. Esto es una decisión política". Si nadie lo explicara, se diría que para el caso peruano tendremos al mismo guionista.
Pinochet no tuvo ese destino, pero dejó herramientas contra casos como el suyo. "(Es) una especie de colonización jurídica intolerable", dijo en su momento el presidente argentino Carlos Menem, criticando al juez español que había ordenado la detención del dictador chileno en Europa. Acaso se olía lo que se le venía encima a él mismo, varios procesos entre los que no se puede olvidar el tráfico de armas a Ecuador cuando estábamos en pleno conflicto. La suya era la misma molestia que acusaba el ex dictador nicaragüense Efraín Ríos Montt, a quien la Audiencia Nacional de España mandó capturar por delito de genocidio contra la población maya de su país.
El general Montt, una joya a quien se acusa de crímenes que habrían costado la vida de 250.000 personas, había sido denunciado en España por la premio Nobel Rigoberta Menchú ante la evidente inmunidad que lo amparaba en Nicaragua. Un juez ibérico llegó a Managua para interrogar al ex gobernante. Montt logró que la Corte Constitucional de su país bloqueara el intento. Hasta ahora se ampara en una ley de amnistía del tipo de las que salieron del despacho de nuestro extraditado. El 'know how' de la impunidad funciona en muchas partes. El ex presidente boliviano Gonzalo Sánchez de Lozada está pedido a Estados Unidos por la muerte de 63 personas. El ex mandatario mexicano Luis Echeverría se libró de responder por la matanza de Tlatelolco.
Y, sin embargo, varios han dicho que la extradición de Fujimori es un caso que alienta. "Nada fija tanto en nuestra memoria alguna cosa como aquello que queremos olvidar", filosofaba Montaigne. Provoca pensar que un tribunal lo confirme.