AMÉRICA LATINA Y LA INCLUSIÓN SOCIAL

Juventud y trabajo

Por Virgilio Levaggi. Analista

La encuesta de opinión de la Universidad Católica de este mes ofrece información particularmente interesante respecto de la juventud peruana.

Para el 46% de los jóvenes entrevistados es en el mundo del trabajo donde ven las principales dificultades para incorporarse a la vida adulta: falta de oportunidades de empleo, inestabilidad laboral y bajas remuneraciones. No sorprende que para 55% de los encuestados el programa que debe priorizar el Gobierno, para contribuir a mejorar la situación de la juventud, es el de promoción del empleo juvenil.

Para el 31% de los entrevistados triunfar en la vida significa poder trabajar en lo que le gusta y ser exitoso en el trabajo. Resulta explicable, entonces, que para el 34% de los jóvenes entrevistados su principal temor sea la falta de trabajo.

Sin lugar a dudas, el trabajo ha ascendido en la agenda de la juventud peruana y ello no es muy distinto en el resto de América Latina.

Hay 106 millones de jóvenes (15 a 24 años) en Latinoamérica y el Caribe. Para el 2015 la región tendrá el mayor número de jóvenes de su historia. Estamos, pues, en una coyuntura particular. De la adecuada comprensión de la situación de la juventud depende, en mucho, la evolución de nuestras democracias, economías y sociedades en la primera mitad del presente siglo.

La democracia se afirma en la mayoría de nuestros países. Pero la amenazan manifestaciones autoritarias y populistas y el que los regímenes democráticos sean percibidos como poco capaces de satisfacer las demandas de progreso de las grandes mayorías, incluidos los jóvenes.

Nuestras economías crecen por sexto año consecutivo, pero perdemos participación en el comercio mundial no obstante el precio de los commodities.

En nuestras sociedades la pobreza ha disminuido, pero seguimos siendo la región más injusta del mundo. Un tercio de nuestros pobres son indigentes. En Latinoamérica hay 506 millones de personas, de las cuales 205 millones están en la pobreza y 38% de ellas en la indigencia.

El desempleo también ha disminuido, pero el desempleo de los jóvenes sigue siendo casi tres veces el de los adultos y 48% de los desempleados de la región son jóvenes.

Como lo señala el reciente informe de la OIT, "Trabajo decente y juventud en América Latina", más allá de los jóvenes desempleados, el reto lo constituyen 31 millones de jóvenes trabajando en situaciones precarias y 22 millones que no estudian ni trabajan.

Si el desempleo juvenil se redujera a la mitad, la OIT estima que el PBI regional crecería entre 5 y 7 puntos. Pero si se redujera a la mitad el número de los que no estudian ni trabajan (81% en ciudades y 72% mujeres) el impacto económico sería tan importante como los beneficios para la cohesión social y para el fortalecimiento de nuestras democracias.

El trabajo es prioritario en la agenda juvenil y su promoción debiera serlo en las agendas públicas de gobiernos y sociedades. Pero no cualquier trabajo sino una de calidad: trabajo decente y productivo.

Para los jóvenes el trabajo decente exige articular objetivos a corto, mediano y largo plazo para lograr la mejor trayectoria laboral posible. Los primeros tramos de estas deben caracterizarse, idealmente, por la acumulación de educación y formación y --bajo ciertas condiciones-- de experiencia laboral o empresarial que serán útiles cuando se inserten plenamente en el mercado de trabajo. Este período debería ser lo más extenso posible.

En la América Latina de la primera mitad del siglo XXI es necesario actuar para que los jóvenes tengan trayectorias laborales hacia el trabajo decente como una forma de contribuir con la gobernabilidad democrática, el crecimiento económico y la inclusión social.