Rincón del autor

El consumidor oprimido y la Casa de la Moneda

El consumidor medio (donde me incluyo) vive bastante agobiado por otros temas. Deseamos que Osiptel vele por nosotros, que cuide y proteja nuestros bolsillos

Por Mariella Balbi

Más sesuda y mucho más experta que yo, mi amiga Cecilia Blume escribe en otro medio sobre la elección del operador telefónico para que podamos acceder a llamadas de larga distancia. Contradictoriamente al significado del término, en el Perú las elecciones son obligatorias. En este caso no hay multa, como en los comicios políticos, simple y llanamente el usuario no podrá llamar nunca jamás a larga distancia si no vota, ¡plof! Así de crudo y rudo, a pesar de que el referido servicio no es barato que digamos, mucho más lo son unas tarjetitas que la gente con buenos reflejos descubre en el mercado. No las he usado, pero 'dizque' que por diez soles se puede hablar setenta minutos a varios países de Europa por ejemplo.

Los últimos días muchos hemos recibido llamadas de pacientes señoritas que nos piden insistentemente el sí. Antes deben explicarnos cómo es el trámite y reducir las naturales sospechas que la llamada levanta, pues nos han alertado de innumerables trapacerías realizadas por el teléfono. Cecilia pide que Osiptel --quien seguramente actúa de acuerdo con la ley-- nos informe más sobre las ventajas que da cada operador, si cuesta, las consecuencias, etc., y tiene razón. Pero el consumidor medio (donde me incluyo) vive bastante agobiado por otros temas. No queremos elegir, ni informarnos de nada más; ya tenemos bastante. Deseamos que Osiptel vele por nosotros, que cuide y proteja nuestros bolsillos. Y si antes las señoritas ofrecían enviar una carta a domicilio para que 'nos casáramos' con su empresa, ahora la cosas son más rudas, hay que dejar el papel donde el operador elegido.

El consumidor oprimido largo tiempo no desea más trámites, sino mejor servicio. Hay también otras amables señoritas que llaman para que elijamos si nos facturan al segundo. Otra producción más. Personalmente prefiero invertir mis energías en respaldar a mi amigo Pablo de la Vera, arqueólogo y antropólogo, que conoce la historia de Arequipa --su tierra-- al dedillo y de manera brillante. Pablo solicita apoyo para "detener la destrucción de uno de los valores patrimoniales de Arequipa y Perú". Se refiere a la Casa de la Moneda characata que data de 1794, pues al restaurarla están arruinando la pintura propia de las portadas talladas de esa ciudad. Lamentablemente, otro ¡plof! Es el único testimonio que queda de la técnica de pintura en sillar, los demás se los llevó la ignorancia que existe frente a nuestro patrimonio.

Si tuviera que firmar una carta por la Casa de la Moneda lo haría con gusto y estaría aliviada de que se haya detenido una agresión más a nuestro descuidado patrimonio, el que debería estar protegido por el Osiptel correspondiente. Los consumidores promedio sin duda preferimos que Cecilia y Pablo cautelen nuestros intereses y derechos.