CONTRACORRIENTE

Imágenes de un artista de las palabras

Luis Hernández, a 30 años de su muerte, sigue siendo un mito

Por Ricardo León

Los laureles se usan en los poetas y en los tallarines.

Por amor al arte. Para destacar hay que hacer exactamente lo contrario, empezando por querer no destacar. Un poeta que regala sin ningún remordimiento su obra en mil partes desiguales está planteando algo diametralmente opuesto a lo que busca uno que escribe y publica (y vende, gana, vuelve a escribir), y si estos poemas los regala tanto al amigo escritor como al mecánico que le afina el auto cada mes, entonces lo que quiere es divulgar su intención de no ser divulgado, de ser solo una de esas fracciones que nadie nunca --piensa el poeta-- se tomará la molestia de reunir.

Marcos Martos escribió alguna vez que Luis Hernández es el "homo ludens de la poesía peruana" y que esa angustia por evitar cualquier parentesco con la diplomacia literaria, por llamarla de algún modo, tendría como fin oculto la "desacralización del libro, que supone a la vez la desacralización del autor". Eso por un lado. Además, había que ser consecuentemente diferente dentro y fuera de la poesía: no casarse, no tener hijos, smells like teen's spirit, no trabajar de nueve a seis ni ser un ciudadano civilmente responsable; suicidarse y suicidarse lejos.

En los 70 le hicieron una entrevista para una revista argentina y el periodista, que aguantó ráfagas de monosílabos con una paciencia desesperante, consiguió o creyó conseguir por fin que le explique detalles de su vida íntima: "A mí lo que me gusta en la vida es el aserrín, los bares, el mar y las esquinas y nada más". Y cuando el reportero insistió --"¿Y la medicina?"-- él respondió: "No. Es lo que me ha impuesto la sociedad --si quieres una frase bien usada, ¿no?--. O sea, no es mi manera de ser auténtica. Mi manera de ser es estarme en una esquina ocho horas, un bar, no forzosamente tomando, sino incluso mirando o huyendo del periódico, que no lo leo, por supuesto. Me hubiera gustado mucho --tengo algunas aspiraciones-- y, por ejemplo, me hubiera gustado mucho... De nuevo caí en lo mismo, nada, nada en especial. O sea, nada me entretiene en especial". Quizá la mayoría de los lectores de Hernández tengan menos años de vida que los que él tiene de fallecido, que mañana serán 30.

El amor después del dolor. El escritor Nicolás Yerovi se tomó un año, entre 1975 y 1976, en recuperar algunos de los cuadernos que el poeta repartió y que --imaginemos-- nunca pensó que alguien buscaría. Por aquellos días le hizo, además, una entrevista para el diario "Ojo" y recuerda una respuesta que con el paso de los años fue tomando forma y fondo: "La sociedad ni siquiera está mal; no hay sociedad". Posmoderno el tipo. Lo entrevistó una tarde en el consultorio médico que Hernández alquilaba en Breña y que tuvo que abandonar al cabo de un tiempo porque no tenía cómo pagarlo: no le cobraba casi a sus pacientes. A veces ni siquiera los atendía en el sentido clínico de la palabra, solo conversaba con ellos y bien podía recibir algún tipo de compensación, o bien podía no recibir nada y más bien regalar alguno de los cuadernos que antes había comprado en una bodega y que después había escrito y dibujado, como si no fuera nada del otro mundo regalar cuadernos llenos de versos. El caos también es disciplinado.

"A Lucho le divirtió estudiar medicina", dice ahora Yerovi y habla de Apolo como el dios de la medicina y de la poesía y que ambas pretenden la desaparición del dolor y la consecuente apertura al placer como sensación antagónica. Creo que el ser humano / está hecho a imagen / y semejanza, etc. / Visto así, la Poesía / sería creación. / Mas no. Poesía / es evitar el dolor / a quienes en tu camino, etc. Pero no era un tipo deprimido como parece. "Era --agrega Yerovi-- de los que andan en la esquina del barrio haciendo nada, matando el tiempo". Luego escribía y dibujaba y todo lo regalaba: el caos es siempre desinteresado. "La vida de Lucho y su obra eran absolutamente coherentes: adiós solemnidades, siempre, para todo".

Verso interrumpido. Tú que nunca pensaste que para otro / era duro de roer el paraíso; así termina un poema en el que culpa a Abel del crimen de Caín. Hernández lleva 30 años muerto y una muerte en los rieles de un tren reproduce conjeturas de todo tipo. Él mencionaba siempre a sus autores de cabecera --el romanticismo inglés, Byron, Keats-- y sus muertes prematuras. Cuando el tren le pasó por encima él estaba a pocas semanas de cumplir 36 años.

El cuerpo de Hernández quedó esparcido en un pedazo de Buenos Aires y en la arriesgada búsqueda de razones, inevitables después de un suicidio, muchos llevaron a extremos forenses el sentido de dispersión del poeta: su obra había sido desgranada entre muchas personas, por todas partes, en un desorden absoluto, como su cuerpo aquel 3 de octubre de 1977. Uno podría preguntar por qué Hernández resulta un mito entre los lectores jóvenes, aún entre aquellos que solo lo conocen en versión www. Entre otras cosas, diría Yerovi, porque un lector joven podrá decir también que no hay sociedad y emparentarse con esa rebeldía silenciosa y, sin embargo, categórica más que tendenciosa.

Pero eso de que al poeta se le conozca como 'Luchito', con cierto énfasis en el diminutivo, debe ser por cuestiones químicas, quizá. Sé que si llegaras a mi barrio / los muchachos dirían en la esquina: / Qué tal viejo, che'su madre... Y para los que no lo leyeron por esas ganas perpetuas suyas de evadir la burocracia poética, normal nomás, que para ellos no escribió más que esta breve y resumida referencia:

Soy Luisito Hernández
CMP 8977
ex campeón de peso welter interbarrios; soy Billy the Kid, también, y la exuberancia de mi amor hace que se me haga un nudo en el pulmón y el Amor lo vierto.
Algo de común hay con el Agua el Amor.
Algo existe en H2O que es más que espejos acequias, ríos, albercas, estanques y¿por qué no?: océanos.