UNA FUENTE DE INSPIRACIÓN PERMANENTE

La figura de Fernando Belaunde Terry

Por Raúl Diez Canseco T. Ex vicepresidentede la República

Recientes encuestas de dos prestigiosas universidades del país (PUCP y de Lima) ubican a la figura del presidente Fernando Belaunde Terry en lugar privilegiado en el firmamento del Perú y su historia, además que sus gobiernos gozan de alto nivel de aprobación. Merecido reconocimiento a un visionario que colocó al Perú en un escenario mundial dominado por la guerra fría y la lucha entre capitalismo y comunismo, por encima de corrientes ideológicas importadas y más allá del juego geopolítico de potencias extranjeras.

Belaunde recorrió nuestro país con holgura y por eso conocía lo que había que hacer. Fue un estadista que diseñó con humildad una manera diferente de hacer política y de mirar las cosas; un maestro que alentaba a los jóvenes a estudiarlo, a hacer del Perú su asignatura constante, su curso permanente. "No se preocupen --explicaba a los jóvenes--, los ideales no terminan; estos se acrecientan en el porvenir, sobre todo cuando se basan en la semilla andina que busca la hermandad y la acción popular...".

Allí donde casi todos observaban materia inanimada, desolación y muerte, Belaunde encontraba en sus viajes vida, talento, creación, innovación, mensaje, lección. Para él, detrás de cada fortaleza, monumento arqueológico o legado preínca, inca o andino, permanecía inoxidable el espíritu emprendedor, el alma y la cultura de los pueblos y civilizaciones que los construyeron. "Buscamos la enseñanza del pasado para la acción futura", comentaba, configurando ideas y planteamientos que asimilaban en grado importante la influencia andina y de Occidente.

Fue un hombre de amplia cultura, memoria prodigiosa, espíritu abierto, tolerante, honrado. Nuestro laureado escritor Mario Vargas Llosa trazó sobre Belaunde lo siguiente: "Pertenecía a una dinastía de políticos latinoamericanos que, aunque minoritaria, esporádica y ensombrecida por la abrumadora presencia de los caudillos autoritarios y los jerarcas demagogos y ladrones, existió siempre, como alternativa a la ominosa tradición de los regímenes dictatoriales y los mandatarios irresponsables y corruptos: la de civiles idealistas y patriotas, genuinamente democráticos, honestos a carta cabal y convencidos de que con buenas ideas y la palabra persuasiva un gobernante podía resolver todos los problemas y traer prosperidad y progreso a su país".

Los jóvenes, que expresan su desazón por la política deben saber que hubo y hay políticos ejemplares. Y si como se afirma, el hombre hace la historia, es un deber de toda generación que se preocupa por su futuro conocer la historia misma y quienes la forjan. Recibimos la influencia de acontecimientos nacionales y mundiales y el quehacer de los hombres que marcaron el compás de la evolución humana y solo conociéndolos, entenderemos el real valor de sus ideas y acciones, y su visión sobre el país que queremos y el futuro que anhelamos.

"Aquellos que no estudian su historia están condenados a repetirla", se dice. Nos preguntamos: ¿Qué sería de la gobernabilidad en manos solamente de los tecnócratas como ha ocurrido en ciertos tramos de nuestra vida republicana?

Fernando Belaunde murió el 4 de junio del 2002. Su desaparición conmovió y remeció al Perú. Mario Vargas Llosa describió en su momento lo siguiente: "Ha provocado una extraordinaria manifestación de pesar y de cariño en el Perú, una de las más multitudinarias y genuinas que hayan tenido lugar en muchas décadas... Mucho me temo que lo que hemos despedido con él los peruanos en estos días melancólicos, no vuelva a comparecer ya en nuestra vida política, la que, como en el resto del mundo, será cada vez más en el futuro un quehacer de gentes terriblemente pragmáticas y frías, calculadoras y de escasos escrúpulos, donde no habrá ya sitio para esos otros anacronismos que él también encarnó: la caballerosidad, las buenas maneras, el idealismo, el patriotismo, la elegancia".

Recuerdo ahora el discurso que, presagiando el crepúsculo de su vida, vertió en 1995 en la Plaza de Armas del Cusco. Fue una de sus últimas presentaciones públicas. Emocionado por el calor del pueblo cusqueño y encandilado este por su magistral oratoria, dijo: "La vida tiene un término, pero vendré de nuevo por mis propios medios si Dios me lo permite. Y si las fuerzas físicas se acaban, no se preocupen, encontrarán a mi alma recorriendo Kenko o Sacsahuamán, los portales de esta plaza o su hermosa catedral...".

Mañana, 7 de octubre, cuando el presidente Belaunde habría cumplido 95 años de edad, nos encontramos de nuevo con él no en la Plaza de Armas del Cusco, sino en un país que avanza sin pausa. Es lo que soñaba para el Perú. Por eso, convencido de que en el largo plazo sin infraestructura sería difícil erradicar la pobreza y estimular la iniciativa privada, impulsó decididamente en sus dos gobiernos la construcción de vías ("son las cucharas que llevan el alimento a nuestro pueblo", decía), puentes, aeropuertos, centrales hidroeléctricas, colegios, centros de salud, etcétera). Es el legado que los peruanos reconocen y las encuestas registran.