La intervención del Banco Central de Reserva (BCR), ante el descenso del precio del dólar, debe limitarse a controlar el carácter volátil del tipo de cambio, pero no puede pretender frenar artificial y radicalmente una tendencia. El mercado siempre es más grande que los estados o gobiernos y, en todo caso, lo que se puede hacer es reducir el exceso de movimiento al alza o a la baja para no generar inestabilidad en la economía.
Resulta desdeñable tanto la rapaz presencia de especuladores, cuanto las demandas rentistas de ciertos gremios de exportadores, que reclaman ayuda estatal para paliar los efectos cambiarios.
No hay que contaminar una economía sana con medidas que podrían causar perniciosos resultados. Por cierto, la devaluación del dólar --que se repite en países como Brasil y Colombia-- es resultado de factores externos, del fortalecimiento del sol y no existen atisbos de crisis.
Los empresarios deben entender que su crecimiento de los últimos años es producto de la solidez de la economía, que permite vender y exportar más. Les toca ahora seguir mejorando su competitividad y productividad, así como aprovechar la coyuntura para importar bienes de capital y fortalecer la reconversión tecnológica.
Al Gobierno le corresponde paliar el grave déficit de infraestructura y evaluar la rebaja paulatina de los aranceles para bienes de capital, insumos y bienes intermedios. Eliminarlos implicaría un costo fiscal de 450 millones de dólares (menos de la cuarta parte del superávit fiscal), pero mucho más grande sería el beneficio para todos.