Rincón del autor

El dolor del dólar

Muchos bancos centrales siguen un camino intermedio, interviniendo un poco, pero no mucho, política que parece sensata, pero que puede agravar la inestabilidad

Por Richard Webb

Durante un cuarto de siglo, después de la Segunda Guerra Mundial, la moneda más segura del mundo era el dólar americano. Su valor estaba garantizado por el oro de las bóvedas de Fort Knox y, además, por la supremacía productiva del país.

Las monedas de Europa y de Japón, países quebrados por la guerra, valían tan poco que sus gobiernos debían protegerlas prohibiendo la compra libre de dólares. Se publicaron ensayos y libros que analizaban el problema mundial de la escasez de dólares, y este parecía no tener solución. Pero los analistas, firmes creyentes en la racionalidad humana, no creían que las políticas irracionales e imprudentes del Gobierno Estadounidense --sobre todo el excesivo gasto fiscal-- terminarían por resolver el problema del dólar escaso.

Un domingo 15 de agosto de 1971, el presidente Nixon anunció la devaluación del dólar, revocando la garantía del oro y destronando así el mito de la seguridad absoluta de su moneda. Ante el reclamo general, el secretario del Tesoro, John Connally, dijo: "El dólar será nuestra moneda, pero es tu problema".  

Desde ese día el mundo ha dado varias vueltas. En los años ochenta y noventa el dólar recuperó su fuerza y una vez más parecía ser la mejor garantía para el ahorro, superior al recién creado euro, al que nadie hacía caso. Pero otra vez sobrevino la imprudencia en la forma de gigantescos presupuestos fiscales y endeudamiento de las familias, y nuevamente la moneda estadounidense cae. No solo en el Perú, el dólar se debilita en casi todos los países.

Si bien el vaivén de la historia monetaria es desconcertante, lo es aun más descubrir que los economistas no saben qué recomendar. No es que se quedan callados, sino que se contradicen a cada rato. Cuando se trata de decidir la política cambiaria, las supuestas leyes inmutables de la economía se derogan a cada rato. El Fondo Monetario Internacional, por ejemplo, fue creado para asegurar la estabilidad de los tipos de cambio. Durante un tiempo se pregonaba la bondad del tipo de cambio fijo, no importa que fuera necesario intervenir el mercado. Pero años después descubrimos al FMI recomendando la devaluación en diversos países, como la India, Indonesia, Ghana y el Perú, en contra de las preferencias políticas de los gobiernos; y otras veces recomendando el mercado libre.

Algunos economistas se oponen apasionadamente a la fijación del cambio, pero otros se oponen con igual fuerza al mercado totalmente libre. Ante la falta de brújula, muchos bancos centrales siguen un camino intermedio, interviniendo un poco, pero no mucho, política que parece sensata, pero que en la práctica puede agravar la inestabilidad, porque a los vaivenes del mercado se suman las cambiantes y algo politizadas intuiciones de las autoridades.  

En el Perú, el vacío teórico viene acompañado de un vacío legal. La ley no establece quién debe decidir la política cambiaria ni bajo qué lineamientos. En la práctica es el Banco Central de Reserva quien se encarga, pero su único mandato es el de preservar la estabilidad monetaria, sin referencia alguna a los objetivos productivos y de empleo, que corresponden más bien al Gobierno en su conjunto. No queda claro si esa estabilidad debe entenderse como referido solamente a la moneda nacional o si debe incluir el dinero que de facto utiliza el público. Lo mismo sucede con el mandato constitucional que dice que el Estado protege el ahorro, objetivo difícil cuando la mayor parte del ahorro financiero se hace en dólares cuyo valor fluctúa con el cambio. ¿Qué hacer? No tengo una receta exacta para el dólar, pero debemos empezar por aclarar los objetivos y los mandatos legales de tan importante aspecto de la economía.