JUSTICIA. Margarita Patiño sufrió la muerte de su esposo, el periodista Hugo Bustíos, asesinado por militares en Huanta. La semana pasada, tras 19 años de incertidumbre, un tribunal condenó a los asesinos. Pero su pesar no cesa: otra tragedia ya le había llegado con uniforme
Por David Hidalgo Vega
Bienaventurada porque sufre sin odiar. Bienaventurada porque lleva su nombre escrito dos veces en el catálogo de los inocentes atormentados. Bienaventurada porque, cuando habla, transmite su horror de esposa, su espanto de madre, su conmoción de ser humano que ve al amor acribillado y deja saber que es posible sobrevivir a casi todo. "Felices ellos de haber acabado con la vida de un buen hombre", dice la viuda de Hugo Bustíos, el corresponsal de "Caretas" que en 1988 murió a manos de miembros del Ejército en un paraje de Huanta, Ayacucho. Fue lo que pensó ella al ver las caras de los dos responsables en las audiencias del juicio, uno de ellos el amigo que lo traicionó. "Lo miré y me dio lástima", recuerda. Bienaventurada Margarita Patiño, los asesinos de su esposo ya están en prisión.
Ha terminado el primero de sus capítulos dolorosos. "Fue una espera desesperada", comenta, a sabiendas de que nunca se debe celebrar antes de tiempo. Y ya han pasado 19 años. Margarita Patiño tiene el aura de los deudos del terror: ha pedido, ha reclamado, ha renegado y renunciado a solas y reclamado de nuevo por justicia para su esposo desde la tarde de noviembre en que lo perdió de vista para siempre. Sus pupilas delatan una pena de jueves indeleble.
PRIMERAS BALAS
Estaban tomando desayuno. Alguien llamó por teléfono a su casa para avisar de un crimen: la comadre Petronila había aparecido asesinada junto con su hijo. La señora Margarita no pudo disimular el estupor, Hugo Bustíos adivinó una urgencia. "Tenía sus cuatro cámaras fotográficas listas, se las puso y quiso salir". Ella se quejó de miedo, había paro armado de Sendero Luminoso. Él se quejó de hastío ante el poco apoyo que sentía de su mujer. Al final logró salir en una moto prestada, con su hijo mejor y Eduardo Rojas, un colega. Era su primera estación hacia la propia muerte.
Al llegar a la escena, un grupo de soldados le impidió el acceso. Bustíos protestó para que lo dejaran hacer su trabajo. Dos años atrás había ganado un premio como mejor reportero por sus imágenes, cuando buena parte de Lima miraba la lucha antiterrorista como un episodio remoto. Había denunciado crímenes cometidos por Sendero Luminoso, pero también por los militares. En su camioneta había viajado parte de los cincuenta cadáveres rescatados de las fosas de Pucayacu, tras la masacre cometida por miembros de la Marina en 1984. Se tomaba lo suyo en serio. "Era impetuoso, quizá se puso algo liso, pero vio que nuestro hijo se asustaba y pidió hablar con el comandante 'Landa', que era su amigo", recuerda la señora Patiño. Ahora se sabe que estaba llamando a Judas. El comandante 'Javier Landa' --jefe político militar de la zona, cuyo verdadero nombre era Víctor La Vera-- le pidió que lo visitara en la base militar de Castropampa para darle un permiso escrito.
Algo hizo que Bustíos presintiera el riesgo. "Llegó a la casa, me dijo que tenía miedo de ir solo. Es que a él lo habían torturado dos años antes en una base militar", recuerda la viuda. Fueron ambos, siempre con su colega Eduardo Rojas. En la base saltaron más síntomas de lo que se venía: estaban conversando en la calle cuando de pronto el comandante abrazó a Bustíos y lo llevó unos metros más allá. En ese momento salió un camión militar con personal vestido con polos blancos. "No nos miraron a nosotros, miraban a Hugo". Al regresar, Bustíos contó que le volvieron a negar el permiso: supuestamente un terrorista había dado su nombre como dirigente de Sendero. Parecía una mala broma. "Yo le dije: 'Javiercito, ¿para eso nos haces venir? Dale el permiso a Hugo'".
El comandante se ofreció a llamar por radio para arreglar el permiso. A la esposa de Bustíos no le gustó nada su actitud. Cuando se despedían, ya camino a la ciudad, Hugo dijo: "Si no regreso en media hora, llama a Lima y empieza a buscarme". Ella le hizo una broma que casi le quiebra las piernas: "hierba mala nunca muere". "Sentí que se me descompensaba el cuerpo apenas lo dije", recuerda. Un rato después, mientras servía el almuerzo a sus hijos, alguien empujó la puerta de la casa. Era Alejandro Ortiz, un agricultor que había visto la escena. "¡Mama Maca!, me dice, ¡el 'doctor' ya no está, lo han matado, el 'Ojos de Gato' le ha metido una granada y le ha dicho 'que te recojan con cucharita'".
Ella se bloqueó. Tardó segundos para notar que sus cuatro hijos gritaban, abrazados, por el padre muerto. Ella mandó sacar el carro para ir a buscar a Bustíos. En el camino, la gente le recomendó que pidiera ayuda en el cuartel. Tuvo que ir. Tuvo que ver al comandante 'Landa' mientras prometía investigar el caso con tufo a licor y cigarro. El hedor a culpabilidad debió ser más fuerte. Solo entonces Margarita Patiño estalló en llanto.
En la escena del crimen le tocaría ver el cadáver destrozado de su esposo. Primero lo habían acribillado y luego, al verlo vivo, lo hicieron estallar. "Del lado izquierdo no quedaba nada. Una mano apareció lejos de allí. ¡Cómo pudieron hacerle eso!", estalla ahora nuevamente. La vida cambió en ese momento. Tuvo que sacar adelante a sus hijos mientras reclamaba justicia. "Al principio nadie quería comprometerse, tocábamos puertas y todas se cerraban", recuerda. Casi pierde las esperanzas cuando el testigo principal, Alejandro Ortiz, apareció muerto cuatro meses después de declarar ante un fiscal. Casi las pierde totalmente cuando se dictó una amnistía en 1995. Dos años después, una orden de la Corte Interamericana de DD.HH. le devolvió algo de esperanza: el Estado debía investigar el caso.
La historia de Hugo Bustíos fue presentada por la ONG Comisedh en las audiencias públicas de la Comisión de la Verdad en Huanta. El 12 de abril del año pasado se inició el juicio oral a los implicados, que durante años gozaron de la más agraviante libertad. Fue entonces que la señora Margarita Patiño volvió a ver al comandante EP (r) Víctor La Vera, a quien alguna vez conoció como al amigo 'Javier Landa', y al teniente coronel EP (r) Amador Vidal Sambento que se ganó un lugar en los anales de la infamia con el apelativo de 'Ojos de Gato'. Las condenas a 17 y 15 años de prisión que les dieron la semana pasada cerraron una primera herida.
TIRO DE GRACIA
Mientras duraba el juicio, doña Margarita viajó a visitar a su hija mayor, Charmelí, quien de niña jugaba a ser periodista con su padre y luego obtuvo una beca para estudiar periodismo en Venezuela, donde se quedó a vivir. Habían reacomodado sus vidas después de la tragedia. "Nunca les enseñé a odiar", dice la señora Patiño. La prueba está en que Patricia, otra de sus hijas, llegó a enamorarse de un militar. No hubo fantasmas que le impidieran casarse, a pesar de ser cinco años mayor que él. No hubo fantasmas que la desanimaran cuando, según contó una vez, él empezó a golpearla. Tampoco hubo fantasmas que previnieran a la señora Patiño de la noticia que recibiría mientras estaba en Venezuela: su hija había sido asesinada por el esposo.
Entonces debió regresar con el alma enrrollada, dispuesta a dar el beneficio de la duda. "El hombre me dijo que había sido un accidente, que no se sentía responsable. Se portó como un patán". Un nuevo juicio para ella y otra condena para otro asesino. En menos de un año ha tenido que pasar por esas grietas dolorosas y todavía debe luchar por recuperar a la nieta que vive con los padres del homicida. Uno se pregunta cómo puede resistir.
--Yo misma me pregunto, como la canción que canta Lucía de la Cruz, ¿de qué estoy hecha? Me han pasado tantas cosas. Estaba tratando de recuperarme y venía otra tras otra. Cuando murió Patricia, me dije: ¿Por qué tanto ensañamiento? No crea, hay momentos en que me vienen unos bajetones horribles. Pero después trato de levantarme y pienso: la vida es una sola, ¡y es tan bonita! Ver el amanecer, oír el trinar de las aves. Yo solo le pido a Dios fuerzas, tratar de seguir hasta el momento en que me toque partir y descansar.