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Demonios en la piel

Auditorio Municipalidad de San Isidro

Por César Nieri

Las luces se han consumido, ahora sólo brilla el escenario en donde aparecen fantasmales tres figuras de jóvenes con el torso desnudo y una especie de largo faldón blanco que les desciende hasta los pies. La advertencia que nos hacen es clara y pertinente: abrir la mente, dejarse llevar, olvidar los parámetros y las etiquetas; lo más importante, entregarnos a sentir. Consejos que encajan a la perfección con la figura de Pier Paolo Pasolini, escritor, poeta y cineasta italiano; quien durante su vida se concentró en destrozar la rutina y exprimir cada día como si fuera un último fruto único e irrepetible. La polémica fue su sombra a lo largo de la vida.

Y esta obra hace honor a su vida -hay desnudos e incluso un beso entre dos hombres-, donde cada línea, cada paso, cada movimiento y cada acción se encuentran completamente justificados. Se trata de un tipo de teatro que exige un público que no se ruborice con facilidad.

Sí, Pasolini fue homosexual e incluso se tiñó de rojo por un breve periodo, lo que para muchos ya son "defectos" suficientes como para censurar a alguien; sin dejar de mencionar que su cine fue siempre polémico y para algunos ofensivo. Pero hay algo que no podemos dejar de admirar de este intelectual italiano (y que quizá le ha valido el reconocimiento y respeto que hoy, 32 años después de su muerte, existen por su figura), el vivir la vida con el corazón en la mano, de sentirla a través de cada poro con una intensidad muchas veces caótica pero honesta.

Por ello el mejor cumplido que se le puede otorgar a esta representación de su vida es que logra hacernos vibrar, estremecer, reír, conmover, enfadar, y por qué no sonrojar un poco también. Sobre todo nos invita a pensar, a reflexionar; pues la obra no acaba cuando los actores se despiden, no finaliza luego del último aplauso. Sigue rondándonos en la mente, rebotando en las paredes de nuestra alma, cuestionándonos y probándonos a nosotros mismos.

Esto se logra además con un perfecto equilibro e integración de los diversos elementos involucrados en el teatro. Los objetos escenográficos son mínimos, los espacios se generan en el juego que establece la iluminación; y quedan sugeridos con eficacia. La actuación alterna la juventud y la experiencia, pero coincide en el talento.

Es difícil destacar a alguno de ellos por sobre el resto. David Almandoz se muestra convincente e inmutable; Trilce Cavero nos atraviesa con su imponente presencia y nos deleita después del intermedio con un monólogo dinámico y certero; mientras que, entre los jóvenes, Franklin Dávalos nos sorprende con su versatilidad y carisma. Completan el elenco un descarado Alonso Cano; Omar García correcto y efectivo; y André Silva dinámico y fresco. El vestuario es llamativo pero elegante, en concordancia con la energía del montaje. Gran trabajo en los textos por el reconocido dramaturgo Eduardo Adrianzén, quien nos tensa con momentos de densidad emocional, a la vez que nos distiende con instantes de fino humor.

Teta veleta, en conclusión, es lo que nos genera este montaje. Teta veleta, ese término que el propio Pasolini inventa para darle nombre a un sentimiento que se generaba en él al observar a los muchachos correr, concentrándose en la tensión de los nervios de la parte convexa de las rodillas. "Al ver aquellas piernas dobladas en la furia del juego me dije a mí mismo que sentía teta veleta, algo parecido a un cosquilleo, una seducción, una humillación" (fragmento de la obra). Qué mejor que el hecho de que una obra de teatro nos haga sentir algo tan inasible como esta sensación, algo que requiere inventarle un nombre para alcanzarlo. El único requisito para experimentar esta emoción es abrir la mente durante las dos horas que aproximadamente dura la puesta en escena, comprender que Pasolini fue sobre todas las cosas alguien que quiso aprehender la vida y llenarse de ella, como todos nosotros lo intentamos a diario, con mayor o menor éxito y esfuerzo.

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