El historiador lambayecano Herbert Morote acierta al desmitificar finalmente a don Simón, el Libertador, en pleno auge de un ridículo bolivarianismo
Por Hugo Guerra
¿No le ha pasado a usted, querido lector, que de pronto lo miran feo porque se atreve a cuestionar la supuesta validez de algunos 'héroes' nacionales?
No hace mucho, efectivamente, al deplorar en este mismo rincón que en la plaza del Congreso siga emplazada la estatua injuriosa de Simón Bolívar, me referí al venezolano como un mito malsano. De inmediato saltaron las voces insultantes de los nuevos bolivarianos (ciertos chavistas locales) atacándome desde sus blogs.
Hasta allí pase y quede la anécdota. Pero hoy el tema del falso heroísmo debemos revisarlo con profundidad, a propósito de la publicación de uno de los mejores libros recientes de historia: "Bolívar-Libertador y enemigo número 1 del Perú", de Herbert Morote (Primera edición. Lima, setiembre de 2007. Jaime Campodónico / Editor).
Este maestro lambayecano es frontal cuando afirma: "Sin Bolívar el Perú no se hubiera independizado en 1824. Pero sin él, el Perú hubiera sido más grande y fuerte. Nuestro Libertador sacrificó, expolió, engañó y cercenó al país a tal extremo que ninguna otra nación latinoamericana jamás llegó a pagar por su independencia lo que el Perú pagó por la suya, ninguna otra tampoco estuvo en tanto peligro de perder aún más. Sin Bolívar nuestra independencia hubiera demorado unos años. Con Bolívar nuestras pérdidas fueron irreparables".
El venezolano fue ruin con San Martín; celoso feminoide con Sucre; vengativo con Luna Pizarro; cobarde con Guisse; traidor con Necochea; desleal con las tropas de Junín y Ayacucho y profundamente antiperuano.
La erudición de Morote refresca el desprecio bolivariano por los indios y los negros. Recuerda también cómo su ambición nos arrebató Guayaquil y pretendió robar Jaén y Maynas para su imperio de papel; propiciando además la separación del Alto Perú.
Heraclio Bonilla y Franklin Pease avanzaron en la desmitificación. Ahora Morote retrata al Bolívar tirano en lo político; bribón en las cuentas; déspota con los suyos; sanguinario con los adversarios; y miserable con quienes cometieron el error de amarlo, según ilustra el paupérrimo final de Manuelita Sáenz.
La memoria recóndita de los peruanos siempre lo ha sabido, aunque por desgracia, como dice Morote, "El Perú (es) un país donde se resaltan y festejan batallas que se pierden". Cierto, los áulicos pasados deformaron legendariamente los hechos y como Hegel con Napoleón presentaron el espíritu del tirano cabalgando como un santo sobre su caballo.
Pero hoy, cuando se quiere imponer el bolivarianismo como paradigma político, debemos reiterar que nuestra historia nacional no puede ser escenario de un fantasma que en el Perú debe ser bajado del pedestal. Bien advierte Morote: "Debido a la experiencia que tuvimos con nuestro libertador y también gran enemigo, los peruanos deberíamos estar atentos a las consecuencias geopolíticas del renacimiento bolivariano".
¡Confutatis maledectis!, rechacemos al maldito. A Bolívar, apreciado lector, no podemos ignorarlo, pero en tanto traidor a nuestra patria, retirémosle la impropia túnica del heroísmo.