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Hasta en las mejores familias

CRÍTICA DE TEATRO

Por Enrique Planas

En 1995, los cineastas daneses Lars von Trier y Thomas Vinterberg firmaron un documento ("Voto de castidad" lo titularon) en el que renegaron públicamente de todo recurso cinematográfico que manipulara la realidad y juraron ir a lo esencial: cámara en mano y en escenarios reales, filmaron historias en las que buscaran, según ellos, "la verdad profunda". Ese manifiesto dio origen al movimiento "Dogma" y entre un centenar de filmes notables destaca "La Celebración" ("Festen"), dirigida por Thomas Vinterberg en el 2003. Tal fue el éxito de esta cinta, ganadora del Premio del Jurado en Cannes, que no demoró en aparecer su versión teatral adaptada por el joven dramaturgo londinense David Eldrige. Así, la obra se ha presentado en más de 15 países, sea en el West End, Broadway y gracias al Teatro La Plaza ISIL, en Lima.

"La celebración" es uno de los textos más perturbadores y uno de los montajes mejor dirigidos que se hayan presentado en los últimos tiempos. Una puesta en escena impecable y sombría, una adaptación a la realidad peruana fluida y creíble, una profunda investigación psicológica. Chela De Ferrari nos confronta con una historia de incesto al interior de una próspera familia limeña. En medio de los festejos por los 60 años del patriarca, uno de los hijos espera paciente soltar una verdad de devastadoras consecuencias. La directora ha elegido con valor y sabiduría una puesta en escena que apela a la síntesis de los elementos, remarcando el espacio escénico con sombras, creando la sensación de quien se asoma con temeridad a un pozo profundo.

Pero si la puesta en escena resulta impecable, lo que entusiasma por su complejidad psicológica es la interpretación de la mayor parte de los actores. Paul Vega mantiene su excelente nivel, pero esta vez compite con Hernán Romero, soberbio en su perversa paternidad; con Rodrigo Sánchez Patiño, que revela su madera de actor como el impulsivo, engreído y racista hijo menor de la familia y con Ricardo Velásquez, irritante en su condición de servil subordinado que busca complacer al jefe. En este drama masculino donde un hijo vejado confronta finalmente a su padre, las mujeres mantienen una actitud expectante. Jimena Lindo y Magdyel Ugaz se ven prisioneras al interior de esta familia finalmente demolida. Con todos ellos, De Ferrari nos lleva al borde del precipicio de nuestra conciencia y nos ofrece esa "verdad profunda" que buscaba el grupo Dogma en esta memorable experiencia escénica.

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