ESPEJISMOS. Como pocas veces, Lima lució desolada, por momentos, mientras se realizaba el censo nacional. El decreto de inamovilidad generó efectos secundarios diversos: aguó el negocio dominguero de muchos, pero dejó una estela de silencio que no pocos agradecieron
Por David Hidalgo Vega
Convengamos en que una ciudad callada es una ciudad hermosa. "Estas calles ya no son calles, sino silencios", hubiera dicho el poeta César Calvo si el desaparecido cuerpo le alcanzaba para caminar por Lima un día como ayer, domingo que fue de octubre, cuando el pueblo fue encerrado casi por las buenas y la capital lució un aparente déficit de habitante por metro cuadrado. Lima vacía fue un oxímoron, un cruce de palabras opuestas que disparan un sentido nuevo, porque siendo una metrópoli del desborde nunca fue tan hermosa como en estos paisajes desolados. "Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son solo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos", dijo Ítalo Calvino, a propósito de aquel libro suyo llamado "Las ciudades invisibles". Por eso habría que poner los ojos en las muchedumbres que también pueden engrandecerlas solo por estar ausentes.
Un hombre quiso sumarse a ese coro en un esfuerzo infructuoso: salió a las 7 de la mañana de su trabajo en un complejo deportivo de la Municipalidad de San Isidro en la avenida del Ejército y caminó hasta el óvalo de Miraflores en busca de transporte. Ni una combi, taxis inalcanzables. "Llevo una hora y media esperando, pero no puedo irme", se quejó lacónicamente, antes de que un policía le recordara su deber cívico de esfumarse de las calles para ser empadronado. Otros taxistas recibieron la misma invocación, con el respeto a que obligaba un virtual toque de queda sin fuerza de ley. Algunos extranjeros y curiosos filmaban el panorama de Larco sin tráfico como una curiosidad del turismo accidental. Nunca desaparecieron del todo, es cierto, pero el silencio de las calles les sirvió de camuflaje.
Bajo el puente de la avenida Javier Prado con Carriquiry, la señora que lleva treinta años en la venta de periódicos hacía una contabilidad de las ausencias: a las 8:50 de la mañana apenas había vendido cuatro ejemplares a clientes que pasaron a la volada. "No recuerdo otro día con tan poca gente", dijo mientras el ruido de un solitario automóvil subrayaba sus palabras desde el carril central de la avenida. Los puentes son los mejores miradores en días desiertos. A varios kilómetros de allí, un oficial de la policía delataría su eremofobia --miedo a la soledad-- sobre una pasarela peatonal que corta la Panamericana Norte. "Se ve triste la ciudad así, ¿no?", dijo el custodio con el vacío del Megaplaza como prueba. Su tono tenía algo de aburrimiento: minutos antes, la radio había alertado de tiroteos en la avenida Zarumilla. Una fiesta se prolongó demasiado. Y bueno, hay gente que no se acostumbra a los días tranquilos.
A esa misma hora, la población de maniquíes era mayor que la de peatones en las calles de Gamarra. Un ejército mudo tras las vitrinas, en algunos balcones, tras las puertas metálicas más cerradas que nunca. El pálpito desapareció en este sector de La Victoria que suele recibir gente cuando otros espacios descansan. "Debieron hacer esto otro día, porque aquí uno saca en domingo la ganancia para toda la semana", se quejaba Juan Carlos, uno de los tres vendedores de llamadas que clavaron sus bancas en las calles despejadas. Pocos metros más allá, el vendedor de periódicos Víctor Goycochea tomaba las cosas por el lado amable: cerraría al menos un par de horas antes de lo habitual. Treinta años en la misma esquina le daban la tranquilidad de que vacíos como ese no son demasiado frecuentes. Al día siguiente volvería el bullicio.
El pescador Óscar Gamonal tomó con la misma calma el insólito abandono del malecón de La Punta. Cuando terminaron de censarlo, a eso de las 11 de la mañana, salió de la casa que habita desde 1948 y se puso a tejer sus redes frente al mar. La escena conmovía: un solitario no tiene mejor escenario que la pedregosa rompiente de las olas. "Solo recuerdo algo así de cuando había toque de queda y los pescadores teníamos que salir con salvoconducto de la capitanía", comentó sin levantar la vista del nailon. Poco después, como si el cemento conjurara sus palabras, los vecinos salieron de a pocos, aunque ninguno a navegar en su bote. También salieron los peloteros y entonces quedó claro el carácter terapéutico de las pichangas. Y salieron los curiosos y los ansiosos y los desprevenidos y los malhumorados. Horas antes del plazo oficial para el fin del encierro, la calle volvió a ser de la muchedumbre, esta vez visible, bullanguera, como necesitada de luces y estruendo.