ESFUERZOS. Perdió ambas piernas en un accidente y ahora conduce un taxi. Jackson Haro se llama y se inventó una nueva vida porque no soportaba depender de otros. Creó un sistema que le permite conducir sin ayuda y, en medio de todo, se reconcilió consigo mismo
Por Ricardo León
Segunda vida. Perder las dos piernas y quedarse tumbado en una carretera y con una sábana encima --vivo aún-- es una buena forma de replantear una vida mal planteada y hoy 'plantada'. Pasa un camión por encima de ti, te arranca las dos piernas desde el muslo y tú no sabes qué está pasando y cuando despiertas, días después, ya no tienes la mitad del cuerpo. Pero quedaste con vida, varón, la sacaste barata.
Jackson Haro vio su disminuido cuerpo y su cabeza se volvió a tumbar en la almohada del cuarto del hospital, debía ser una pesadilla. Su vida daba vueltas de campana, había estado portándose mal y cada vez que llegaba a su casa, cuando llegaba, le rezaba a quien fuera que estuviera arriba: --Dios, cámbiame, ya pues, viejito--, con las manos cruzadas, las mismas manos que luego guardaban el revólver cargado en un cajón, el revólver todavía caliente, todavía culpable, el revólver con el que no metías bala, aunque sí miedo, y por eso te respetan en todo Collique, por eso y porque ahora eres de los buenos. El viejito, mira tú, te cambió.
Auto(suficiencia). La casa de Jackson tiene dos pisos, pero él no sube al segundo hace mucho tiempo. Su vida dentro de la casa transcurre encima de una silla de ruedas y cuando le preguntan qué es lo que más extraña de tener piernas, la respuesta que devuelve es un magistral ejercicio de síntesis emocional: --Extraño estar de pie--.
Su barrio, en Collique, es el testigo espacial de las vidas de Jackson, la de antes y la ahora. Con amigos de la zona tuvo su mala época, aquella en la que aprendió a desenfundar un arma y dirigir el cañón hacia el cuerpo del chofer del camión antes de asaltarlo y dejarlo ahí, ileso y muy asustado. Pero esa tarde, Jackson, tú ibas al volante de uno de los autos dispuestos para el asalto y por una mala coordinación abriste la puerta sin sentir el olor de la muerte ni el ruido del motor de ese camión que te dejó tumbado en la carretera, casi muerto.
No le gusta acordarse, pero esta tarde, en Collique, los recuerdos exceden los límites de velocidad. Jackson quiere seguir contando y se acomoda en el asiento de conductor de su auto: Jackson maneja un taxi.
Dios es mi copiloto. Lo más triste para un discapacitado como Jackson --además de no estar más de pie-- es depender de otros para, por ejemplo, ir a sus chequeos. Un día tuvo que lavar su auto y salió de la casa en la silla de ruedas y desde ahí saltó al asiento del auto y, solo para escuchar el motor, lo prendió. Había sido chofer de servicio público y ese motor era como un susurro: préndelo. Lo prendiste y te agachaste para pisar con los dedos de la mano el acelerador y sabías que no ibas a soportar la tentación, y así, medio agachado (el auto es automático) diste un par de vueltas a la manzana. Al día siguiente, te ayudaste con un desarmador, luego con una rama de árbol que tu madre cortó de un machetazo, después con la mitad de un palo de escoba. Qué importaban los dolores de espalda: Jackson podía ahora depender solo de Jackson. A las pocas semanas, ya cómodo en las pistas, una vecina le pidió que le hiciera movilidad a los niños del barrio. Y lo hizo, sin piernas y con un palo que iba del freno al acelerador.
'Caña' sin maña. En el mes y medio que estuvo internado, un antiguo compañero de travesuras le leyó la Biblia. Dos años después, se la sabe casi de memoria. Y fue un envío divino que siguiera con vida y fue un envío divino que un mecánico amigo suyo lo ayudara a diseñar un sistema bastante simple para conducir su taxi usando solo las manos, apelando al mango reciclado de una moto usada.
Lo de la rehabilitación es un milagro aparte: --Ya estoy 'plantado', ahora me la gano por la legal--. Y uno te pregunta dónde estarías ahorita si no te hubieran atropellado y tú te lanzas en un arrebato metafórico sobre tu Biblia y la abres justo ahí, varoncito, donde dice Apocalipsis. Esa Biblia que está siempre en el tablero del auto, debajo del parabrisas, debajo del letrero fosforescente que dice taxi.