En La reina de Saba, Malraux cuenta las peripecias que vivió en 1934, durante su expedición en busca de la ciudad perdida de la reina de Saba. Malraux se hallaba en la cúspide de su carrera literaria -el año anterior había entregado a la imprenta La condición humana, novela que le había valido el Premio Goncourt- y no le fue difícil convencer a un diario de la época, L'Intransigeant, para que financiara la peligrosa empresa. Todo hacía suponer que la mítica capital de Saba se encontraba en algún paraje del desierto de Yemen. Sin embargo, la zona era inaccesible, pues estaba controlada por tribus hostiles. Malraux decidió emprender un raid aéreo, todo un desafío para la aviación de aquel tiempo. Saint-Exupéry se mostró interesado, pero su compañía se negó a que participara en un viaje tan descabellado. Finalmente, otro reputado aviador, Édouard Corniglion-Molinier, aceptó acompañar al novelista.
En un frágil avión de turismo, con mapas poco confiables y una autonomía de vuelo que no superaba las diez horas, Malraux y su compañero se lanzaron a la aventura. Para colmo, es una exploración no autorizada. Por tanto, saben que si se produjera una falla mecánica y tuvieran la suerte de sobrevivir a un aterrizaje forzoso, serían aniquilados por los nativos que les disparan cada vez que divisan su aeroplano. El resultado es un emocionante testimonio que fue difundido por entregas en su momento y que no había sido recuperado en forma de libro. (Guillermo Niño de Guzmán).
La arena, la arena, la arena. El mapa se vuelve más real que el terreno y ascendemos hacia el norte como un escarabajo por una escalera. Calculo nuestra velocidad: 160 por hora. Viento en contra. Si este viento no cesa, no llegaremos a Saba. O, si llegamos, no tendremos suficiente combustible para regresar. Y la bruma, por encima como por debajo de las nubes, se mantiene tan densa.
Aguardamos. Tal vez la bruma no se eleve hasta Saná. Tal vez no se abata sobre el desierto, al otro lado de las montañas, pues en África del Norte el mal tiempo del Sahel rara vez persiste hasta el Sahara. ¿A qué se parece ese gran desierto interior hacia el que nos dirigimos? Sin duda, a esta costa abandonada, cubierta acá y allá por arbustos espinosos que son rápidamente vencidos por la arena. Los persas que lo conocen (los yemenitas de las montañas son chiitas como los persas, no ortodoxos como casi todos los otros musulmanes) afirman: "Es un desierto muy vil". Ellos cuentan cómo se extravió el ejército romano de Aecio Galo cerca de aquí, después de haber fracasado ante Saba, mientras buscaba esa costa que nosotros continuamos escalando lentamente hacia el norte. Ciudades perdidas, ejércitos enterrados, todo es normal en esa niebla infinita que se funde con el polvo de la arena, en este universo informe y apropiado solamente para los muertos. Para los persas la maldición de Saba es lo que perdió a las legiones (y es verdad que éstas erraron durante meses a través de esas soledades, despistadas por los consejos del ministro de Nabatenes, a menos de cien kilómetros de esa costa que las hubiera salvado). Dicen que sólo encontraron el mar interior, de olas inmóviles y orillas cubiertas de conchas azuladas.
¡Oh, leyendas! Como Calígula, como Jerjes, su general había decidido que, a falta de la ciudad inasible, poseería el mar.
Enloquecido por el dios-sol más poderoso que las legiones, anheló la entrada de su ejército al Capitolio, cargado de conchas desconocidas en las que él veía el alma misma de ese mar que aún no había sido contemplado por ningún romano. Hizo formar a las tropas en orden de batalla contra el agua misteriosa. ¡Magníficos medios que el poder absoluto arroja a la locura! Todos esos cárabos concentrados para el combate entraron en el agua tibia al clamor de las trompetas. Y cada soldado encorvado, con la coraza deslumbrante bajo el sol, llenó su casco de conchas, y reanudó la marcha, siempre en su puesto según el rango y sosteniendo el casco rebosante de múrices, corales o caracolas rumorosas, rumbo a Roma. Pero la insolación no debía tardar en vencer la resistencia de esos restos del ejército y, durante dos siglos, los viajeros árabes mostrarían, enterrado hasta el pecho en la arena como lo había hecho en el mar, al ejército romano de corazas y esqueletos, con sus huesos de dedos crispados que tendían hacia el sol ofrendas de cascos repletos de conchas blanquecinas. Despreciando el mar que habían poseído, el sol poniente entregaba a las legiones muertas el desierto entero. Lanzaba hasta el fondo de las arenas lisas esas sombras de guerra y las de algunas manos abiertas sobre cascos caídos, con los dedos separados, y estiradas hacia el infinito sobre la arena como unas manos de avaro.
Con sus pequeños arbustos de los que huyen las sombras de la mañana y a pesar de la bruma que nos envuelve, la costa aún rebosa de presencias antiguas y demonios. Como en el Tíbet, como en Mongolia, como en Persia, lo sobrenatural está presente. No es casual que se hayan refugiado, en las nieves de Asia Central y en el desierto que todavía nos esconden esas montañas en ristre, las últimas grandes leyendas del mundo. Estamos ahora más o menos en la latitud de los centros sabeos que nos aguardan al otro lado. ¿Qué sabemos de la ciudad desconocida que no sea legendario? Los persas dicen que, en el desierto próximo a Yemen, existe una vasta ciudad abandonada que fue la capital de la reina de Saba. Los beduinos lo confirman. Un aventurero alemán que encontré en Buchir y que venía de La Meca, vestido de árabe, me aseguró haberla visto, antes de ser perseguido por los nómades (mencionaba unos setenta templos, lo que es demasiado). En Saná, Kessel ha oído hablar de ella, y Helfritz no consiguió alcanzarla. Y no olvidemos a los viajeros y geógrafos árabes de la Edad Media, muy serios, por cierto. Se dice que actualmente en Hodeida, adonde arribaremos pronto, se alista una expedición inglesa.
El misterio no ha sido mal preservado, pues fueron asesinados Seetzen, Burchardt y tantos otros. Sin duda, la más pequeña columna europea reduciría a los nómades, pero nada justifica su presencia. Desde hace un siglo nos preguntamos si la Saba legendaria, la ciudad del desierto, no sería Mareb. Y es de aquí mismo, de esa Hodeida cuya curva fantasma, casi argelina, comienza a emerger de la bruma frente a nosotros, desde donde Arnaud, casi cien años atrás, debía de traer los documentos que por primera vez hacían intervenir a la historia.
Antiguo farmacéutico del regimiento egipcio enviado a Hedjaz y establecido allí como tendero en 1841 -¿por qué locura?-, Arnaud se había propuesto alcanzar Mareb, de la que había oído hablar a los nativos como la ciudad de la leyenda. Fue a Saná con la expedición turca y, luego de burlar la vigilancia del imán, quien sólo llegó a robarle su asno, ganó Mareb disfrazado. Arribó allí después de superar los mil peligros y dificultades que surgen en aventuras por el estilo y descubrió cincuenta y seis inscripciones que estampó con la ayuda de un cepillo de calzado. Además, encontró un asno hermafrodita.
Tirando del asno por el cabestro, retomó el camino de esa costa rojiza, escondiendo sus láminas estampadas -donde los árabes habrían descubierto las indicaciones de los lugares en los que se hallaban los tesoros enterrados-, y prosiguió con la fantasía trágica que se apodera de todos aquellos que pretenden aproximarse a las ruinas. Se hacía pasar por comerciante de velas (la cera es abundante en esas montañas). Y debió proteger sus velas de la voracidad de los beduinos, que las creían comestibles. En vez de ayudarlo a sobrevivir, la pacotilla acabó mezclada con los estampados secretos, dentro de los fardos redondos de caravanas parecidas a aquéllas que en este mismo instante sobrevolamos. Para subsistir exhibía a los indígenas, de pueblo en pueblo, el asno hermafrodita, convertido ahora en su salvador, hasta alcanzar finalmente la costa por la que pudo evadirse. Así debió de llegar a una Hodeida que crece frente a nosotros minuto a minuto, donde volvió a ser tendero, antes de poder retornar a Francia. Pero la hostilidad de un derviche que había sospechado que se trataba de un infiel, sublevó a la muchedumbre, y debió huir otra vez, en medio de un maravilloso crepúsculo, llevando en su barca las inscripciones y el asno hermafrodita, mientras se encendían en el atardecer, en señal de regocijo, las luces modestas de sus velas saqueadas.
Sufría entonces de una oftalmia muy grave y, cuando llegó a Hedjaz, donde Fresnel era cónsul, estaba ciego. Llevó sus inscripciones a Fresnel. Éste las tradujo y las envió al Diario Asiático. Y, para añadir mapas a sus textos, le pidió a Arnaud, a quien acogía muy amigablemente, que le reprodujera el plano de la muralla y de los templos enarenados de Mareb. La mano ciega no pudo trazar sobre el papel más que líneas dispersas y mariposas informes. Entonces Arnaud tomó a Fresnel de la mano y se hizo conducir a la playa de Hedjaz. Y allí, acostado sobre la arena húmeda, estirado ante su guía que se pregunta adónde quiere llegar, rehace con manos vacilantes y presurosas el dique que ahora siente entre sus dedos, traza el templo oval del sol y cava con el índice los agujeros redondos que simulan las bases rotas de las columnas. Los árabes miran a ese hombre que hace castillos de arena como los niños y al que finalmente respetan porque lo creen loco. Y Fresnel traslada con prisa a su cuaderno las arquitecturas irrisorias que pronto se llevará el mar, como si todo lo que concierna a Saba, una vez reconstruido, debiera apelar a uno de los elementos para que lo vuelva a arrojar a la eternidad.
Arnaud permaneció ciego durante diez meses. Regresó a Francia, donde donó el asno hermafrodita al zoológico del Jardin des Plantes y se le encargó una misión en África y Yemen. Después de mil aventuras volvió a París, en 1849, con sus colecciones. Los últimos sobresaltos de la Revolución de 1848 habían dejado al Estado tan pobre que no pudo comprarle nada. Y, perseguido por una fatalidad tan bíblica como frívola, Arnaud terminó en Argelia, pobre y desalentado. El asno murió de hambre en el Jardin des Plantes y los últimos objetos sabeos desaparecieron, entre panfletos políticos tan parecidos a los de nuestros días, en el misterioso cementerio de los puestos de libros usados de los muelles del Sena. El Diario Asiático había publicado el cadáver de tantos sueños: las inscripciones y el informe -de un gran valor científico- que contenía esta frase: "Al salir de Mareb, visité las ruinas de la antigua Saba, que apenas presenta montículos de tierra...".
Me habría gustado conocerte, Arnaud, con tu barba de zuavo, tu seriedad, tus velas, tu heroísmo negligente, tu genio simple y encantador de aventurero. Quizá, sin saberlo, he ido a Saba a buscar tu sombra. O la de tu asno, que también me habría gustado, el cual sin duda murió entre el oso blanco y el pingüino, a los que jamás había visto, estupefacto ante ese paraíso ciertamente prometido por Alá a los asnos, pero sin entender, sin poder entender en absoluto, que se le retuviera siempre prisionero.
Después, otros arqueólogos, ya sin velas ni asnos, han visitado Mareb. Todos confirman su destrucción. Mareb, sin embargo, fue la capital de los reinos sabeos. ¿Existieron dos Sabas, sucesivamente? No es un hecho sin precedentes en Arabia. Porque en Mareb no hay huellas de la reina. Si la ciudad que buscamos no existe, todo -incluida la reina- no es más que una leyenda. Pero, ¿si existe?
Hodeida se agrandó: ahí vemos las mandíbulas de sus escolleras. Ascendemos de nuevo por entre las nubes. De aquí a Saná la radio seguramente funciona (aunque, por otra parte, tal vez no nos sería de mucha utilidad).
Según todos los mapas, dos picos de cuatro mil metros enmarcan Saná. Dominan nítidamente la cordillera y podemos tomarlos como referencia. Vayamos a buscarlos.
DE NUEVO SOBREPASAMOS LAS NUBES
Esta vez ya no se trata del banco del sur. Las nubes rasgadas se desplazan velozmente detrás de un tumulto geológico de montañas abigarradas y de una masa rojiza de picos enhiestos, desligadas del cielo y de la hoguera de abajo. Esas montañas pasan por ser las más sobrecogedoras del mundo junto con las del Tíbet. Y, en efecto, recuperan y hacen bullir dentro de nosotros un alma de hechiceros primitivos. Sobre una bruma tan tupida como la de las estampas japonesas, pero enrojecida y amenazadora, una colosal dentadura de tiburón irrumpe ahora aislada en el cielo. Y, a medida que avanzamos, la desaparición de la superficie le da a estas formas un carácter cada vez más irreal, como si sus pendientes verticales no se juntaran en ningún punto y como si sus colmillos penetraran hasta las profundidades de la tierra. No obstante, se abalanzan sobre nosotros como una gigantesca tropa prehistórica, aún sublevadas por el grito que Alá soltaba al hablarles del profeta: "¡Y ustedes, montañas, canten con él mi gloria!". Ellas, por otra parte, aparecen escalonadas, cada vez más hacia arriba, como para entonar un canto triunfal alrededor del Dios único. El aparato se encabrita y se alza con el movimiento del caballo que duda ante el obstáculo que va a saltar. La segunda barrera surge frente a nosotros, menos aguda, más maciza, muy turbia: nuestra visibilidad no llega a los diez kilómetros. Mucho menos espesa que a ras del suelo, la bruma de arena alcanza, al disiparse, una altura considerable. Todo aquello que nos podía ser de ayuda desaparece de golpe: ni pensar en la carretera -una simple pista- ni en los postes de telégrafo, y, ni siquiera, en las montañas que podrían servirnos de guía.
EL ESCRITOR EN BREVE
André Malraux (1901-1976) fue un destacado escritor y político francés. Autodidacta, durante su juventid se ganó la vida comprando y vendiendo libros antiguos y rarezas bibliográficas. Purgó prisión en Indochina y durante la Guerra Civil Española se puso a disposición de los republicanos. Después de la Segunda Guerra Mundial ocuparía puestos públicos de importancia -fue, por ejemplo, ministro del régimen de De Gaulle- y no cejaría esfuerzos por difundir la cultura francesa por el mundo. Su novela más famosa es, sin duda, La condición humana (1933).
En la web:
http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1980
http://www.proverbia.net/citasautor.asp?autor=622 http://www.alohacriticon.com/viajeliterario/article127.html