Es una gran vergüenza para las autoridades y una burla para el país que, pese a la prohibición, sigan funcionando a toda marcha los talleres que, por solo 5.000 soles, convierten las carrocerías de camiones en los tenebrosos buses-camión.
Teóricamente, estos fueron prohibidos el 2006. Pero mientras sigue el dúctil programa Tolerancia Cero, una noticia publicada en El Comercio acerca de una fábrica clandestina en el centro del país evidencia que muchos están incumpliendo su trabajo, desde las autoridades regionales y municipales, hasta las policiales, judiciales y del Ministerio de Transportes.
El taller descubierto en el distrito Amarilis, en Huánuco, donde por pocos soles un chasís es revestido con planchas metálicas y transformado en peligroso ómnibus de pasajeros, opera con total impunidad.
Comentario aparte merece la inventiva, aunque para el mal, de estos artesanos de los buses-camión que con gran habilidad transforman las unidades con insumos artesanales y mucha improvisación. Qué suerte tendríamos si estos ingeniosos mecánicos emplearan su oficio para contribuir con el desarrollo del Perú en lugar de ser parte de la anarquía y la violencia.
Lo inaceptable es que estas escenas revelan que tanto los infractores como las autoridades tienen desprecio por la ley y desdén por la vida del pasajero. Son actitudes inhumanas que tenemos que seguir denunciando y rechazando.