Por Miguel Ángel Cárdenas
Consuelo Torres no cree en el olvido, pero sí en el perdón. Es decir, es una mujer libre. Hubo un tiempo en que luchar por los más pobres era un delito de mazmorra. Consuelo lo vivió en alma propia y a sus casi 90 años acepta hablar "de lo social, no de lo político". A poco de inaugurar su propia ONG, ella recibió la visita de un psiquiatra porque, a su edad, la ley lo estipula si aspira a dirigir una asociación. El especialista se hizo su admirador: "Tiene una mente brillante". La luchadora por el voto de la mujer durante la dictadura de Odría y por la ley del inquilinato deja una lección de sabiduría: "Siempre es mejor la lucha social desinteresada que la pelea mezquina por el poder político. La gente te quiere más".
Usted es del norte. Perdone el lugar común, pero la sazón de las mujeres norteñas es insuperable. Mi abuelita paterna es de allá y ufff...
Yo nací en Monsefú, donde se hace la rica chicha, el espesado con su pescado, con su cabrilla, los cebiches. Y me encanta cocinar. Nací allí, pero mi madre murió al darme a luz. Y me quedé con mi padre y una tía... Y con los meses se mudó mi familia a Chiclayo. Y, sabe, recién he conocido mi tierra de nacimiento el año pasado, cuando ya voy a cumplir 90 años. Mi padre se retiró por trabajo, pero él siempre estaba atento de mí; mi padre era un hombre muy bueno, muy luchador en la vida; nunca se desentendió. Ahora solo quedo yo, todos mis hermanos han fallecido.
¿Cómo fue su vida en Chiclayo?
Yo vivía en una calle llamada Patasca, cerca del cementerio antiguo. Era una calle muy pobre. Fui creciendo y cuando tuve 7 años, recuerdo que iba a las huacas, ahí botaban un arroz que los ricos no querían. Y yo iba a recogerlo para comer en la familia y mi tía lo hacía en aguadito, era una comida muy rica. Yo vivía ignorando, pensando que la vida era así. Después fui despertando.
¿Cómo le fue en el colegio?
Las profesoras golpeaban antes... Cuando tenía 12 años, vi a Víctor Raúl Haya de la Torre que entraba al norte por Talara en el año 31. Lo recuerdo muy bien, porque quedó en mi mente y en mi corazón. Yo he sido curiosa para entrar a escuchar. Y hasta ahora soy así, me siento fuerte para seguir caminando. Y sus palabras quedaron en mí y yo decía cómo es el dinero, yo sin zapatos y mi ropa hecha de costalillos de arroz, porque mi familia es muy pobre. Pero con dignidad. Luego viajé a Trujillo con mi padre.
Era un orador que seducía, ¿no? Pero como usted dice su mensaje le entró más por lo social que por lo político.
Sí, hubo en mí un despertar. Nací con una estrella, con ese algo, por eso me ve usted hasta ahora caminando por acá; si me lleva a la punta del cerro, allí llego. Tengo artrosis a las dos rodillas, ya me han operado, pero sigo todavía. Ahora subo los cerros con mi andador.
Usted vivió en una época en que las mujeres tenía un rol secundario en la toma de decisiones, no trabajaban, todavía no votaban.
La mujer en ese tiempo era una esclava. Era un placer del hombre, porque no había el voto de la mujer, pero cuando luchamos por el voto, tuvimos la igualdad, igual que todos ustedes. Ya somos ciudadanas, ya opinamos, ya dirigimos, eso fue por la lucha de la mujer peruana. Lo recuerdo tranquilamente, fue en el año 56, con Odría. Pero ya venía preparándose desde antes.
Uno de sus sueños debe ser que algún día una mujer sea presidenta del Perú.
Puede ser, claro que sí. Y discúlpeme, quizá pueda ser mejor que el varón, porque hay algo básico, que no se puede abandonar: la mujer sabe el manejo del hogar, de la casa.
Usted pasó problemas durante la dictadura de Benavides, porque se comprometió con los pobres. Y, en esa época, solo se entendía eso en las monjas.
Así es, siempre he sido inquieta, he ayudado a los pobres. Cuando había personas que fallecían, yo iba con mis amigos a pedirles una ayuda, y compraba ataúdes para enterrar a los muertos. Algo cómodo y barato, por eso me persiguieron, porque iba de un lado a otro. Recuerdo que me tomaron presa en Trujillo, en 1937. El prefecto se apellidaba Sologuren, me llevó detenida. ¿Por qué?, porque era sospechoso luchar para los pobres. Me metieron a un calabozo sin luz, sin agua, con una lata para las necesidades, donde estaban las ratas y las cucarachas, sin abrigo. Pero la mujer peruana tiene resistencia cuando tiene amor por su pueblo. Es igual que en la cocina: si no se hace con amor, se sala la sopa.
Y la trajeron a Lima...
Me trajeron de una manera cobarde, después de estar ocho meses en la cárcel de Chiclayo. Pero yo tenía orgullo, porque no me traían por ratera, sino por ayudar a los niños, a los viejos. No me comprendieron en ese tiempo, los gobiernos no entendían lo que era luchar por los pobres, por la libertad.
Ya imagino las mentes estrechas que hasta hoy existen. Le habrán dicho la típica: comunista.
Me pasearon como a una criminal. Es orden del gobierno, me decían, que por qué usted se preocupa tanto por la gente, que por qué va a pedir por acá arroz, azúcar. Me metieron al calabozo, y luego al buque Mantaro, donde con el vaivén del agua caí al suelo, estaba medio desmayada y comencé a arrojar. Qué he hecho, gritaba. Me metieron a un calabozo, donde me encontré con las mujeres equivocadas de la vida, prostitutas, todas cortadas. Fue horrible, porque me obligaron a hacer una declaración. Les dije que ellas no eran culpables de estar ahí, los culpables son los gobiernos. Fue un martirio... Y cumplí una sentencia.
Luego se quedó a vivir en Lima.
Viví en La Confianza, era un callejón inmenso, donde una tía mía. Ella era la que lavaba los servicios higiénicos y le daban esa casita. Ay, hijito, ahorita quisiera llorar, pero tengo que tragarme eso, para demostrar que sigo de pie.
Pero usted siguió en pie esa vez. ¿Cómo llegó a El Agustino para fundar el primer Club de la Taza de Leche?
Lo fundé en el año 57. Vivía en Lima en el pasaje Cánepa y había que caminar muchos kilómetros hasta El Agustino. Todo era cascajo, soledad, no había nada de nada, ahora es una ciudad. Cuando yo llegué en los años 50 llegaba gente de la sierra. Pero para ir allá mi acompañante era la oscuridad y el ladrido de los perros, las luciérnagas. Y ayudé a fundar primero el Club de Madres.
Fue la primera gran organización de madres en su época.
Llegué a organizar a trescientas madres, todas empadronadas. Tengo la lista, de los niños, dónde vivían, todo está en actas. Y luego empezamos a dar talleres de tejido, bordado, costura y dábamos charlas de salud. Yo en especial, como norteña, me encantaba enseñar la cocina. Porque a pesar de que hacía cosas, en mi juventud, primero fue mi hogar. Y no he fumado ni tomado, no me gusta.
Uno de los niños que usted ayudó a alimentar es el actual alcalde de El Agustino.
Sí, tenía 4 años, lo atendimos con sus hermanos. Él se siente muy orgulloso cuando le preguntan por mí, es un gran hombre... Ahora clubes de madres hay hasta fuera del Perú. Después fundamos el primer consultorio médico gratuito, y comprometí a grandes hombres para ir a El Agustino a cuidar a los enfermos.
Su taza de leche fue la precursora del vaso de leche...
No podía ser del vaso de leche, porque un vaso cómo se lo puedes dar a un niño. Las madres sabemos que debe ser una taza, porque tiene la oreja para echar la leche caliente. Después 'Frejolito' tomó mi idea.
Y luego usted lucha por la ley del inquilinato.
Fue una lucha tremenda, en esa época había muchos desalojos y mucha injusticia. Sacaban a la calle a mujeres dando a luz con la policía, con dolores. Yo veía a niños recién nacidos botados a la calle... Y me dieron ganas de luchar. Los vecinos nos reuníamos e íbamos al Parlamento para pedir ayuda y justicia. Hasta hoy no puedo ver una injusticia, porque tomo mi andador y me subo al cerro; usted llegaría cansado y yo ya estaría arriba.
Sé que de joven se preocupaba mucho por los ancianos... Pero usted sigue teniendo la energía juvenil, ¡qué bárbara! Tiene tremenda pasión...
Y transmito, ¿no? Sé que te estoy transmitiendo. Porque te estoy hablando con alegría y con amor. Yo siempre ayudaba a los que necesitaban, no había distinción para mí... Me gusta transmitirle buena energía a quienes tienen la mirada limpia.
Pero sé que usted también es una mujer de temible carácter fuerte, eh.
Cuando me tomaron presa en Trujillo, el prefecto Sologuren me miró de frente para dominarme. Yo también lo miré fuerte, no le quité la mirada, entonces me hizo una pregunta: ¿qué vas a hacer si estás al pie de Benavides? Yo lo mataría, le dije, para darle a entender que no me vencería. A mí muchos verdugos me han mirado fuerte para bajarme, pero nunca pudieron. Tu mirada me dice que me estás investigando, quieres llegar a mi ser, adentro, ¿no?
Ahí veo un busto muy bonito con su rostro. Mucha gente la admira. Los líderes sociales que no se dejan seducir por las ambiciones de poder de la política son los más queridos, ¿no?
Fue José Miguel, un escultor de la Escuela de Bellas Artes, que dice que me admira. Yo le estoy muy agradecida.
Usted ha ayudado a tanta gente. Sé que hasta sus médicos han sido niños que acogió...
Claro, mi médico especialista en las rodillas, el doctor Julio Espinoza, un gran amigo. O mi cardiólogo, el doctor Wilmer Sandoval. Ellos están al tanto de mi salud, me entienden, me dan medicamentos, estoy feliz.
¿Qué música le gusta?
La romántica. Pero el baile moderno no me gusta, sino los valses antiguos. Yo todavía bailo marinera norteña, que no se baila con la mano, sino con el pañuelo de manera natural. Ahora es distinto. Me gusta leer libros de poesía también.
Sé que escribe poemas sobre la mujer peruana y su coraje.
Sí. Los hice con amor, con justicia, con dolor. Pero contenta. Imagínate cuántas generaciones han pasado conmigo.
Y con tanta lucha tuvo tiempo para bailar, hacer poesía... y para casarse, para tener hijos.
Tengo diez nietos y seis bisnietos y la familia del pueblo... Fue una etapa bonita con el padre de mis hijos, lo amé mucho, me quiso mucho.
Su esposo debió de ser un gran progresista, para comprender a una mujer adelantada a su época.
Me tuvo que comprender. Hace muchos años que falleció, fue un gran amor. Era judío... tenía otra mentalidad y me ayudaba en mis luchas. Son otros recuerdos que se llevan en el alma... Pero hasta aquí nomás. Esa ya es otra historia, jovencito.
LA FICHA
Nombre: Consuelo Torres.
Edad: 89 años.
Trayectoria: Fundó el primer Club de Madres en el cerro El Agustino, donde enseñó a las mujeres a educar y a alimentar mejor a sus hijos, así como oficios productivos. Fundó el primer Club de la Taza de Leche para niños, madres y ancianos. Y el primer consultorio médico gratuito. Luchó por la ley del inquilinato. Fue nominada al Premio Príncipe de Asturias.