Rincón del autor
Por Hugo Guerra
Generoso lector, si usted está bien informado ya sabrá que "Caretas", la limeñísima revista semanal, llega a su edición 2.000, una ocasión para celebrar con todo.
Que en el Perú una publicación cumpla 57 años es milagroso, porque en el país del palo encebado resulta más fácil que broten peras del olmo antes que prospere una empresa. Además, batallar en prensa es complicadísimo cuando se tienen recursos limitados y se carece de vocación de lustrabotas.
Quien tuvo visión precisa desde el principio fue la fundadora, Doris Gibson, una mujer bella y maravillosa cuyo temple arequipeño, elegancia refinada e irreverencia total pudieron únicamente ser retratados por Sérvulo Gutiérrez.
Doris --a quien recuerdo de las tertulias en su cálido departamento del jirón Camaná-- entendió que en la década de 1950 los limeños necesitaban una revista alegre, juguetona y hasta iconoclasta por momentos, para romper con el acartonamiento de una sociedad falsamente versallesca, muy dada a la huachafería de las formas y la falta de autenticidad esencial.
Por eso el formato rompió moldes, la diagramación puso de cabeza los cánones antiguos, las fotos captadas con sutil indiscreción hicieron escuela y sus textos (obra de estupendos periodistas, bohemios e intelectuales) se convirtieron en aquellos pequeños opúsculos de buena gramática y mejor estilo que los estudiantes de periodismo tratábamos de imitar en los maravillosos años 70.
"Caretas", además, acabó con la pacatería: hincó la moralina de los curas con magníficos reportajes como aquél sobre el mambo de Pérez Prado; le contestó --y sigue haciéndolo-- a los lectores antes ignorados por los medios; ironizó amablemente desde Ellos & Ellas, hizo responsable el cotilleo político en Mar de Fondo; y, claro, introdujo las calatas de infarto en la última página, que es por donde muchos empezamos la lectura. ¿Verdad, travieso lector?
Doris supo también desde el día uno que "Caretas" debía ser una revista de "Ilustración peruana" apegada a las más estrictas reglas de la independencia política, la veracidad periodística y la defensa de los valores democráticos. Por eso, en contados pero contundentes editoriales, se trenzó con Odría, Prado, Pérez Godoy, Lindley, Velasco y Morales Bermúdez.
Enrique Zileri, digno sucesor y a estas alturas maestro del periodismo, siguió la línea crítica con Belaunde, García, Paniagua y Toledo; fue pionero del periodismo de investigación, y nos dio lecciones de entereza al oponerse --huelga de hambre y expatriación de por medio-- a la censura del velascato, la barbarie terrorista y el saqueo fujimontesinista. Enrique es, además, puntal en la defensa sistemática de la libertad de expresión desde el Consejo de la Prensa Peruana.
"Caretas", cuyas puertas siempre han estado abiertas a la reflexión sensata de propios y ajenos, se consolida ahora como parte medular de la conciencia nacional, y al enfocarse al futuro lo hace desde ese reducto de peruanidad y pluralismo democrático que justificadamente reclaman desearle dos mil ediciones más de fructífera existencia.