Tontolín: el hacedor de risas
Por Ricardo León
El primer contacto. Las causalidades no solo existen: proliferan. Hace unos días llegó un libro a la redacción de este Diario con una carta dentro escrita a mano en una hoja de cuaderno: Soy un payasito escritor que tuvo la osadía de arañar el mundo intelectual en la última hilacha de mi vida (...) Lea mi libro, sé que le gustará (...) Si lo merezco, ayúdeme. El tiempo se come mi tiempo. Firma: Carlos Castro Pat, 'Tontolín'. El libro se titula "Caramelos para el éxito" y fue impreso en los talleres de la editorial ¡Hola Paisa!
La 'payasería' es cosa seria. En esta casa el miedo al vacío es ley. En la cocina dos cuadros de Charles Chaplin y un paisaje que puede interpretarse como un atardecer en el mar o un amanecer en el río. El paisaje es ambiguo, pero Chaplin sí se parece a Chaplin. En la sala, hacia el fondo, Napoleón Bonaparte, Winston Churchill, Albert Einstein, Louis Armstrong y Adolfo Hitler comparten una pared destinada, en palabras del dueño y autor, a aquellos personajes buenos y malos que pasaron por el mundo dejando huella. No figura ahí ningún payaso, Marceau recién ha muerto.
Sentado en un sillón viejo y cómodo (mientras más viejo, más cómodo), Carlos Castro Pat tiene las piernas cruzadas y las cejas alzadas como un gesto perpetuo. Todavía no es el payaso 'Tontolín'; se entiende que hay un período de trance previo entre persona y personaje, una etapa de concentración con la ayuda de la pista musical de "La vida es un carnaval" y cinco minutos dedicados al maquillaje: cejas negras, párpados blancos grandes y bigote a lo Charly García.
Pero eso vendrá después. Para conocer a 'Tontolín' primero hay que conocer al ciudadano Castro Pat. "A los 12 años comencé a escribir guiones cómicos. Me fui con unos a amigos a un pueblito de Arequipa y armamos un número ahí, en el teatro del pueblito", comienza. Esa primera obra de la que ya no existen copias en sus cajones se llamó "Un pacto con Don Sata". Salió del colegio y formó parte del trío artístico Los Canillas, que rápido se hizo conocido en la Lima de los años 50; Guido Monteverde lo mencionaba en varias de sus columnas periodísticas. Luego vendría el salto a Canal 7, el 'glamour' del artista y maestro de ceremonias, la fama. "No se apelaba ni a la burla ni a la grosería, era picardía pura". Castro Pat recuerda haber trabajado con Cayo Pinto, Rulli Rendo y Mario Poggi cuando era un gran fonomímico y no el vendedor de libros de escasa demanda en el parque Kennedy que es hoy.
Pero Carlos dobleteaba. Al mismo tiempo era dibujante de la Compañía Peruana de Teléfonos, un trabajo aburrido y bien pagado que le dio la posibilidad entonces inimaginable de viajar a Estados Unidos a estudiar Ciencias de la Comunicación. Ya en los 60, luego de trabajar en la televisión gringa, llegó a Guatemala a un importante cargo técnico en un canal, justo en la época de las guerrillas centroamericanas. En este punto de su línea cronológica se desarrolla un episodio traumático y, seamos sinceros, un poco borroso: la guerrilla secuestra a Carlos acusándolo de ser miembro de la CIA ("Había pasado por Estados Unidos y trabajaba en la televisión de Guatemala, mi perfil podía confundirse con el de un agente infiltrado", dice más o menos seguro de la verosimilitud de su tesis); lo torturaron sumergiéndolo en un pozo de agua y dejándole como secuela dos terribles padecimientos: la hidrofobia (miedo al agua) y la anuptafobia (pánico ante la soledad). Liberado ya, al cabo de unos meses debió regresar al país por la muerte de su padre, trayendo en sus maletas un terno y decenas de diplomas: el terno para el entierro y los diplomas para ir a uno de los pocos canales de televisión que en ese entonces había en la pantalla y para ser categóricamente rechazado precisamente por tener tantos pergaminos: nadie quería perder su puesto. Guardó todos sus diplomas y se compró un letrero para hacer taxi.
Su madre le dio la vuelta al asunto: lo animó a publicar un aviso en el periódico para armar fiestas infantiles como payaso. Era 1971. La primera llamada vino desde Chaclacayo y la fiesta fue un éxito. Las madres saben cuándo convencer: debutó 'Tontolín' y con lo que ganó esa tarde celebró como celebran los peruanos: invitó a su madre a comer chifa.
Y es verdad, soy un payaso. Inventarse uno mismo ayuda a descubrir qué no hacer: 'Tontolín' dejó de usar ratones pequeños en sus números artísticos porque a veces mordían los dedos de los niños y espantaban a sus madres. Los cambió por un conejo y una paloma y diseñó espectáculos de música, baile, humor y magia. Sin mucha competencia y en una ciudad poblándose a chorros, el payaso empezó a ganar buen dinero y algunas cosas empezaron a cambiar. "Ser payaso era lo más bajo del mundo artístico; llegábamos a las casas y nos hacían entrar por la puerta de servicio y al salir nos revisaban para ver si nos habíamos robado algo", recuerda. La calidad de su espectáculo y el buen comportamiento de su grupo (llegaron a ser hasta 20 miembros que se repartían por toda la ciudad en shows simultáneos) hizo que se le viera, lentamente, como a un artista.
Ser exitoso otra vez le trajo problemas: su compañía de payasos se empezó a desintegrar, los alumnos pasaron a ser competencia. Habían sido años de trabajo forzoso; recuerda 'Tontolín' haber tenido tres presentaciones el día en que su madre se moría en un hospital. Y, sin embargo, todo parecía irse en picada. Tuvieron que ser sus hijos ("Soy padre soltero", comenta Carlos) quienes lo ayudaron a reincorporarse; ellos trabajan con él y están definitivamente encaminados a heredar el nombre.
Sobre el papel. "Nadie en el mundo entiende a un payaso, ni siquiera otro payaso", escribe Heinrich Böll en "Opiniones de un payaso". Carlos --o 'Tontolín', en esta etapa se fusionan-- se reivindicó consigo mismo frente a la máquina de escribir. Lo suyo son una mezcla voluntaria de novelas, cuentos, fábulas y textos de autoayuda. Empezó escribiendo "De Chulucanas a Las Vegas" con la historia de un tío suyo que llega a conocer la ciudad de los casinos siendo muy pobre. Se supone que es una historia de superación personal, pero más parece una proyección de la vida de Carlos contada por él mismo, quién sabe. El último libro, "Caramelos para el éxito", es un poco más de lo mismo, pero con más 'feeling' y menos faltas ortográficas.
Mientras tanto, 'Tontolín' ha redescubierto la risa. Los espectadores que lo vieron de niños hoy lo llaman para fiestas y despedidas de solteros. Congraciarse con el público joven es difícil, pero él es como de la casa. Además, ha entrado en la tercera edad ofreciendo shows, varios de ellos gratuitos, para ancianos. De alguna forma es como haber puesto de cabeza su propia vida: ahora respira tranquilo escribiendo y trabajando para adultos y haciendo reír no solo a los niños. Además el pánico a la soledad está controlado por la presencia de sus hijos en esta casa donde el miedo al vacío es ley y donde algún día, en la pared dedicada a personajes con huellas, aparecerá él mismo.