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Recuerdos de la vida breve

Un grupo de poetas recuerda a Juan Gonzalo Rose: su descarnada ternura, sus versos hechos canciones, sus últimos días en el hospital del empleado y también un poema en su memoria. Un homenaje a una de las voces más importantes de esa notable generación del 50.

JUAN GONZALO ERA DEL PALERMO
4Abelardo Sánchez León
Antes que dejara de beber por prescripción médica, Juan Gonzalo era simpatiquísimo. Era un poeta fino, amoroso, de versos breves. En una oportunidad se animó a escribir un libro de vertiente histórica, llamado Informe al rey y en otra uno de tono épico, llamado Las comarcas. Pero, en general, sus poemas eran como la brisa, susurrados, plagados de figuras poéticas. En una oportunidad se apareció en casa de mis padres llevado por Ivo Pérez Barreto, mi amigo de juventud y de incursiones nocturnas. Estaba deprimido. Necesitaba oír un disco en el cual un argentino declamaba unos versos de Walt Witman. Curiosamente, Juan Gonzalo necesitaba aspirar el vigor del poeta norteamericano. Oír esos versos donde se comparaba con Manhattan. "Ni por encima ni separado de nadie". "Quien humilla a otro, me humilla a mí". No quiero recordarlo sentado en el café cercano a la Residencial San Felipe. Lo prefiero en El Palermo, aquel bar vecino al Parque Universitario, conversando en voz baja, sonriendo para sus adentro, sobreviviendo a las tristezas gracias a su sentido del humor. En El Palermo nunca estuvo solo. Carlos Calderón Fajardo lo recrea en una reciente novela. Pepe Lucho González lo recitaba de memoria. Juan Gonzalo era lo máximo, imposible no quererlo. De niño, sin embargo, la poesía lo escogió a él y no lo dejó ser feliz. 

RECUERDOS DE UNA CANCIÓN
4Rocío Silva Santisteban
La primera vez que escuché un poema de Juan Gonzalo Rose fue cuando dos chicas, Mariela Monzón y Anita Béjar, cantaban unos versos suyos, esos que dicen: "Me gustas porque tienes el color de los patios / de las casas tranquilas". Era mi primer año en San Marcos y recuerdo que corrí a buscar ese poema y a leer más de Juan Gonzalo. Por ese tiempo el poeta vivía en Jesús María y nos enteramos que iba seguido a un bar llamado Ovni por la residencial San Felipe. Un amigo, el poeta Claudio Baschuck, lamentablemente ya fallecido, fue a buscarlo al bar y le hizo una entrevista. Claudio no tenía más de 18 años y Juan Gonzalo, muy amablemente, le contestó todas sus preguntas. La entrevista salió publicada luego en una revista, en la misma edición donde, casualmente, yo publiqué mi primer poema. Después compré su obra completa y me convertí en lectora de Juan Gonzalo Rose. Entre los poemas que más me encantan está "Gastronomía", que dice "Para comerse a un hombre en el Perú / hay que sacarle las espinas, / las vísceras heridas, / los residuos de llanto y de tabaco. / Purificarlo a fuego lento, / cortarlo en pedacitos/ y servirlo a la mesa con los ojos cerrados, / mientras se va pensando que nuestro buen / gobierno nos protege./ Luego: / afirmar que los poetas exageran./ Y como buen final: / tomarse un trago". Es un poema terrible y duro, como es gran parte de la obra de Juan Gonzalo Rose. Su muerte, a los 55 años, conmocionó mucho a la gente de mi generación, a todos los que en ese momento estábamos empezando a escribir poesía.

DOS ROSAS SOBRE MI PECHO
4Jorge Pimentel
Un gran ventanal del piso trece del Hospital del Empleado era todo lo que en la vida nos reunía a mí y a mi madre. Era marzo de 1983 y yo iba y venía de Chosica, donde terminaba de escribir un libro de poesía. Quería que mi madre viera mi libro, lleno de gatos negros, trenes mohosos, detenidos, deshabitados y lluviosos. Llegué incluso a pegar en la pared de su cuarto del hospital un afiche del libro y unas fotos que el Chino Domínguez había hecho para el dossier. Un lunes me encontré con Juan Gonzalo Rose en el pasillo del hospital, iba envuelto en una bata. Nos saludamos, le conté que mi madre estaba internada en el mismo piso, y fuimos a verla a su cuarto. Desde la puerta de la habitación la saludó con gestos mudos, con claves secretas y desapareció. Así entró a mi vida Juan Gonzalo Rose, el gran poeta, con la magia de los descubrimientos, con la magia de los solos, con el hallazgo de su mirada y su voz. Los días se sucedían. Un día, Juan Gonzalo le llevó Cien años de soledad a mi madre, y ella le dio las últimas Selecciones. Mi madre me decía: "Coco, ha venido Juan Gonzalo. Dice que lo visites de urgencia", e inmediatamente iba a su cuarto, pero siempre lo encontraba en bata por los pasillos. Conversábamos como si no pasara nada, y estaba pasando todo. Juan Gonzalo jamás me habló de su enfermedad, ni yo le pregunté. Una vez me llamó desde el corredor y me dijo: "Jorge, quiero que me hagas este encargo". No pude decir no ante su insistencia y en una botica cercana le compré lo que seguramente eran contraindicaciones médicas. Sedantes, le dicen. Cuando regresé a la habitación del poeta, me pidió que le pasara un algodón con alcohol por el rostro. Se lo pasé por la nariz, por los pómulos y seguramente cerca de la boca. Entonces, le oí decir, con esa calma que lo caracterizaba, "no me lo pases mucho por la boca porque me lo puedo chupar". Hubo después una amplia sonrisa. El 12 de abril sonó el teléfono y me comunicaron que Juan Gonzalo había muerto. Finalmente, mi libro se editó. Mi madre falleció. Y ahora tengo dos rosas sobre mi pecho.

UN CORAZÓN QUE ESTÁ DE MUERTE
4Hildebrando Pérez Grande
Pareciera ser que por un marcado pudor, una inseguridad galopante o una mal disimulada actitud frente a los sentimientos más íntimos, en la poesía peruana es difícil encontrar voces con la ternura a flor de piel como las de Carlos Oquendo de Amat y Juan Gonzalo Rose. En nuestro paisaje lírico predomina el tono bronco, duro, tristón, elegíaco. Las más de las veces los versos suenan a reclamo, a lamento, a imprecaciones, a toma que te tumbo. Por eso es que el lector comulga rápidamente con las resonancias de Rose, quien supo, en su escritura, rendirse a la ternura, achicando las palabras: a mostrar su corazón que está de muerte. Rose, pues, nos cautiva por su estremecedora ternura, incluso en los momentos más dolorosos de su existencia, el hablante de sus textos se sobrepone y alcanza su callada victoria. Sí, querido Juan Gonzalo, tu voz, persiste. Recuadro

UN POEMA EN HOMENAJE A ROSE  (*)
EL POETA
Nunca escribiré sobre Juan Gonzalo Rose. Cuando los instantes de la espiritualidad encarnan la experiencia, los cantos son espacios de olor demasiado altos hacia los cuales la palabra se arrastra sólo. Porque tú eres solo ese muchacho que vio un cuerpo conteniendo las cenizas con que se expresaba la voz redonda de la tierra plana. Esa juventud estaba arrugada y llena de alcohol y esa carne cuanto más desnuda más candente. Y un día decidí abandonar a mi pasión al filo de su acantilado para caer en la razón y verte. Y cuando yo te miraba sabía que eras el paquete de los misterios que buscan la fiesta. Y que el sol se encierra en el mal como si el mar fuera de felicidad un escándalo. Nunca fuiste triste porque en ti no había despedida. Escucho aún los cantos que hacías al ángel del humo que vivía en mí y que yo no conocía antes de haberte conocido en el bar secreto. Tu voz es una voz zafada del barro. Tú eres y has sido y has vuelto. Tu amado en la eternidad cuida el vacío de la memoria y su sola flor. Julio Heredia

(*) Julio Heredia. Obra poética (in)completa. Hipocampo Editores. Lima, 2005.

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