Por Bruno Rivas. Periodista
Es el año 1323 a.C. En un templo del oeste de Tebas, Egipto, tiene lugar el rito funerario del joven faraón. La noticia de la muerte del gobernante ha causado aflicción en las dos orillas del Nilo. Sus familiares y colaboradores son los que más lo lloran y, en consecuencia, son los que han preparado de manera cuidadosa su paso a la otra vida. El ritual de momificación de sesenta días ya tuvo lugar. Sarcófagos, esculturas y joyas adornan un templo recientemente construido.
La momia está extendida sobre una gran cama con cuerpo de animal dorado. Su viuda recita fórmulas que evocan el renacimiento del occiso. A pesar del dolor, los sacerdotes continúan con el ritual, se llevan al monarca y lo colocan en un ataúd. Cuando el gobernante queda solo entre las tinieblas de su tumba, se recuerda que en la fiesta del próximo mes se le deberá hacer una ofrenda. La medida es necesaria, ya que nadie quiere que Tutankamón termine condenado al olvido.
El tiempo pasó implacable en el desierto egipcio. Más de tres mil años después, un grupo de arqueólogos ubicado en el corazón del Valle de los Reyes, el lugar donde se encuentran la mayoría de las tumbas de los faraones del Antiguo Egipto, parece enfrentarse al fracaso. El experimentado arqueólogo británico Howard Carter veía finalizar el tiempo de su concesión tras semanas de excavaciones y sin haber realizado ningún hallazgo importante. Su mecenas, el millonario lord Carnarvon, en el Reino Unido, dudaba en seguir apoyando el proyecto.
La suerte le parecía esquiva a Carter; sin embargo, el destino les tenía deparado un final mil veces más glorioso. En la mañana del 4 de noviembre de 1922, el comienzo de un peldaño, ubicado debajo de la tumba de Ramsés VI, le llamó la atención al arqueólogo británico. Presuroso, junto a su adjunto A.R. Callender, encontró nuevos peldaños más hasta verse cara a cara con la puerta que lo llevaría a la fama, la barrera que los antiguos egipcios construyeron para separar a los vivos de los muertos y que tenía inscrito el nombre de Nebjeperura Tutankamón.
Veintiún días pasaron para que Carter y Carnarvon pudieran observar, a través de un pequeño agujero, una colección de animales extraños, estatuas y oro que sobresalían de la penumbra. El lord inglés quedó más que impresionado, según la narración hecha por el arqueólogo en su diario. "No dijo nada durante dos o tres minutos, manteniendo un doloroso suspenso. Yo pensé que estaba desilusionado y le pregunté ¿puede ver algo? Sí, sí, me respondió. Lo que veo es maravilloso", contó Carter. Un día después, se descubre la entrada y Carter, lord Carnarvon y la hija del noble inglés, lady Evelyn Herbert, se convierten en los primeros en contemplar un extraordinario tesoro funerario solo comparable en riqueza a la imaginaria cueva de Alí Babá o a los tesoros de Aladino. Una fortuna que tenía como función adornar el sepulcro de un faraón que en 1922 era un completo desconocido.
UN MONARCA NIÑO
"El misterio sobre su vida se mantiene. Las sombras se han movido, pero la oscuridad aún persiste", afirmó Carter en su diario. Muchas teorías se mantienen, pero los hallazgos arqueológicos permiten esbozar una historia que reconstruye la vida del faraón. Según los datos consignados por la Enciclopedia Británica, Tutankamón llegó al poder en 1333 a.C. tras la muerte de su hermano Smenjara. Hijo de Amenofis IV-Ajnatón nació en 1342 a.C y recibió el nombre de Tutanjatón (imagen viviente de Atón). Su padre y hermano murieron casi al mismo tiempo, dejándolo a la edad de 9 años como rey de Egipto.
Es así que, el aún Tutanjatón se volvió un monarca niño, con residencia en la ciudad de Tell el Amarna, que dependía mucho de la tutela de su visir Ay y del general Horemheb. Para darle aspecto viril, antes de la entronización, el pequeño de 9 años fue casado con la princesa Anjsenamón. Pero hubo una demora en la asignación del nombre con el que hoy en día se lo conoce. Sería tras su traslado a Tebas, ocurrido en su cuarto año de reinado, cuando se convierte en Tutankamón (imagen viviente de Amón). El cambio de nombre se explica como la búsqueda del restablecimiento del culto al dios Amón.
Su período de gobierno se caracterizó por sus actividades de restauración de templos y homenajes a los dioses, con los cuales le rendía tributo a sus antepasados y le quitaba fuerza a los dioses extranjeros. Pero este, fue muy corto, solo duró diez años. A los diecinueve años murió sorpresivamente. Inicialmente, se pensaba que había sido objeto de un atentado, teoría nacida a partir de una inflamación al cráneo, descubierta en 1968 mediante estudios de rayos X. Sin embargo, una reciente investigación, publicada por la BBC, indica que el monarca probablemente murió como consecuencia de una complicación en una pierna fracturada. Lo cierto es que tras su muerte lo que vino fue silencio.
ESCAPE DEL OLVIDO
De regreso a 1922, en momentos en que la egiptología vivía una etapa importante, Carter se encuentra ante uno de los momentos más gloriosos de este estudio científico y de la arqueología. ¿Pero por qué, antes del hallazgo, se sabía tan poco de un faraón que tuvo una tumba tan fastuosa que hace pensar en una relevancia histórica importante? Según Peter Kaulicke, profesor fundador de arqueología de la Pontificia Universidda Católica del Perú (PUCP), Tutankamón no fue un faraón importante, ya que murió a corta edad después de un reinado muy breve. "La sorpresa la generó la cantidad y calidad de los hallazgos en la tumba, por lo que se piensa que no todo estaba destinado para él", añade en declaraciones a El Comercio.
Sin embargo, la reconocida egiptóloga francesa Christiane Desroches-Noblecourt expone en "Tutankhamen" una teoría diferente que explica su olvido de los anales de la historia por tanto tiempo y está relacionada con los sucesores del joven monarca. Los antiguos consejeros Ay y Horemheb fueron los que accedieron al trono, sucesivamente, tras la muerte de Tutankamón y ambos compartieron una característica: la traición. Primero Ay y luego Horemheb usurparon las estatuas y templos de su predecesor. La acción del ex general fue la más demoledora e incluyó persecuciones para borrar todo registro de la existencia del faraón, comportamiento interpretado como una búsqueda del nuevo monarca de ser reconocido como el verdadero heredero de la dinastía de Amenofis III. Y casi lo logra, su único error fue no destruir la impresionante tumba de su predecesor, una acción que la egiptóloga francesa no logra entender.
Y ese --por darle un nombre-- descuido le permitió renacer al joven faraón. Tras el hallazgo de Carter y Carnarvon, el nombre de Tutankamón no ha dejado de ser repetido no solo por arqueólogos, sino por otras personas en general. El olvido ya no es más su compañero, como lo quería Horemheb. Al contrario, la historia ha querido que pocos sepan cómo pronunciar el nombre de esa especie de general revisionista. Como lo quisieron sus súbditos, Tutankamón alcanzó la inmortalidad.
Una famosa maldición
Tal como lo indica Kaulicke, si bien las numerosas publicaciones serias han contribuido a la fama del faraón, las menos serias también han ayudado. Y entre estas está la tan nombrada maldición de Tutankamón.
Desroches-Noblecourt, buscando quitarle fuerza a esas teorías, relata su versión de la muerte de lord Carnarvon. En "Tutankhamen", explica cómo, a pocos meses del descubrimiento de la tumba, el inglés fue infectado por la picadura de un insecto. Es trasladado a El Cairo, pero días después su salud se agrava. Según lo relatado por los familiares de Carnarvon, todas las luces de la ciudad se apagaron bruscamente un segundo después de que el noble inglés exhaló su último suspiro. Luego fallecerían dos colaboradores de la expedición, Georges Bénédite, y Arthur C. Mace. Sin embargo, con ellos se acaba la presunta maldición, ya que según la egiptóloga lo que vino después fueron exageraciones de la prensa.
EL DATO
Su rostro
La momia de Tutankamón será sacada hoy desde su tumba y su rostro será develado por vez primera en la historia. Asimismo, será mostrada hoy a un grupo de especialistas, y a partir de mañana será exhibida.